El coronavirus, contra el carnaval de Águilas
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Juan Soto Ivars

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El coronavirus, contra el carnaval de Águilas

Desde los tiempos de Franco, no había pasado que el carnaval se suspendiera, e incluso entonces salían los pillos disfrazados a esconderse de los picoletos

placeholder Foto: Escena típica del carnaval de Águilas. (EFE)
Escena típica del carnaval de Águilas. (EFE)

Cádiz es un prodigio de chirigotas y Canarias un prodigio de muslámenes y plumas: no les niego nada. Pero en Águilas, un pueblo de pescadores y artistas del sur de Murcia, hay de las dos cosas, cante jocoso y plumiferio desfilante, y no es esto lo que hace de su carnaval el hito que cada año nos saca la presión que hemos ido apelmazando en el cuerpo y el espíritu. Lo hermoso del carnaval aguileño, lo grande, es su libertinaje desacomplejado, su travesura: la reacción química que provoca la cuerva en el organismo hace que los tipos más adustos y las señoras más estiradas se conviertan durante una semana en simpáticos y simpáticas, en buscones y busconas. Nadie que haya estado allí se atreverá a negarlo.

El fantasma de Paco Rabal corre por las calles. Cada año, voy para allá y me cambio por otros. He sido Luis Bárcenas y he vagado con una hucha entre la gente pidiendo una ayudita para el Partido Popular, y cuando me desperté al día siguiente descubrí que era rico; me he disfrazado de activista de Femen y me han preguntado los nativos, tocándome las tetas postizas, si es que iba de 'femen fatale'; me he disfrazado de pollo humano y con mi hermano de Napoleón, porque al final esto es lo único que encaja si queremos hablar de la grandeza imperial del carnaval más gamberro, divertido y desordenado que hay en España.

Foto: Águilas con barcos y al fondo su castillo. (Foto: Ayuntamiento de Águilas/Gabriel Muñiz)

Un año, habíamos ido a una urbanización a ponernos los disfraces. De vuelta al pueblo, íbamos todos emputecidos —la teoría queer nos explicará por qué los hombres disfrutamos así vestidos de furcias y por qué tenemos piernas que ya quisieran para sí las mujeres— y vimos en la carretera a los picoletos, que nos daban el alto. El conductor fue decelerando hacia el desastre y cuando estábamos a punto de fingirnos sobrios el coche aceleró y dejó el control atrás. “¿Pero qué haces?”. El conductor gritó: “¡A tomar por culo, si el capitán llevaba el bigote torcido!”. Nunca supimos si eran guardias civiles o civiles 'disfrazaos'. No nos persiguieron.

Estas dudas ontológicas no son raras en el carnaval de Águilas. La gente, disfrazándose, se quita el disfraz. Vas al supermercado a las cuatro de la tarde y te encuentras a las octogenarias disfrazadas de coristas, lo juro. Congenian los enemigos y compadrean, bailan juntos, se enredan, intercambian sombrero y se contagian. En la arena de la playa de las Delicias y en la de la Colonia, aparecen semanas después las hachas enterradas de los que se juraron odio permanente. Dicen los antropólogos que esta fiesta, desde tiempos antiguos y también en culturas remotas, ha sido siempre esto: un corchete que suspende el recato y la norma.

Lo que en cualquier otro momento es inaceptable para la moral, en La Glorieta se permite mientras la pava de la balsa vomita su chorro entre la algarabía

En tiempos en teoría más intransigentes, cuando los curas vigilaban con tanto celo como los inquisidores digitales de hoy, este paréntesis se respetaba. Esto era antes de que a los yanquis les diera por denunciar a quien se disfraza de negro o de fulana por apropiación cultural. Las almas puritanas, los espíritus mojigatos, los acomplejados, los tiesos, los serios se replegaban en el interior de sus caracolas en vez de agarrarse a sus teléfonos para aguarles la fiesta a los demás. Se entendía entonces mejor que hoy que el carnaval solo tiene sentido si se permiten el caos, la improvisación y la simpatía, el desorden y la ofensa, porque eso, la libertad total, es lo que favorece más tarde el regreso del orden y la disciplina.

Lo he visto con mis propios ojos, desde mis gafas de Groucho con nariz y bigote postizos. Lo que en cualquier otro momento del año es inaceptable para la moral pública, en La Glorieta se permite mientras la pava de la balsa vomita su chorro entre la algarabía. Hay casetas, hay carrozas con grifos, barras de chapa, rincones extraviados, y el que quiere sobrepasar la ley y llevar el cuerpo y el cerebro más allá de lo razonable lo hace sin que nadie le importune. Todo esto, entre madres con hijos que miran atentos, tomando buena nota de lo que podrán hacer cuando se suelten de esa mano.

Águilas es una isla y su carnaval, un consuelo para sus robinsones. El año pasado no fui por problemas de agenda y me he pasado 12 meses lamentándolo

Pero la victoria de Don Carnal siempre es efímera, no hay que preocuparse. Doña Cuaresma cae rendida, ridiculizada entre los restos de la fiesta, bajo vasos de plástico aplastados, atronada de música y desde que me dejaste la ventanita del amor se me cerró, pero más tarde se levanta: regresan la ley y el orden, se restablece la jerarquía. En Águilas, se representa todavía hoy la batalla entre estos dos espíritus opuestos y los niños le tiran cáscaras de huevo rellenas de confeti a doña Cuaresma sin plantearse que esto sea violencia ni saber, tampoco, la importancia antropológica de lo que tienen entre manos.

No he visto nada igual, y eso que hablamos de un pueblo raro. Pese a estar clavada en tierra firme, puerto entre higueras, Águilas es una isla y su carnaval, un consuelo para sus robinsones. El año pasado, decidí no ir por problemas de agenda y me he pasado los 12 meses siguientes lamentándolo. Desde los tiempos de Franco, no había pasado que el carnaval se suspendiera, e incluso entonces salían los pillos disfrazados a esconderse de los picoletos. Mientras escribo, esto debería estar bajando la terrorífica musona del Castillo, apedreada, pero el coronavirus ha conseguido ser más tieso que la cuaresma y la dictadura. En fin, ya nos vengaremos. El año que viene, si Don Carnal quiere, nos encontramos allí. Otra cosa es que nos reconozcamos.

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