Ángel Gabilondo nota una leve conmoción en la Fuerza
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Juan Soto Ivars

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Ángel Gabilondo nota una leve conmoción en la Fuerza

Unas elecciones anticipadas serán, para Gabilondo, como una fiesta sorpresa de cumpleaños. Se levantará un mañana y, cuando salga a la calle, verá la ciudad empapelada con propaganda electoral

placeholder Foto: El portavoz del PSOE de Madrid, Ángel Gabilondo. (EFE)
El portavoz del PSOE de Madrid, Ángel Gabilondo. (EFE)

Durante la mañana del miércoles, Ángel Gabilondo notó una leve conmoción en la Fuerza y levantó pausadamente los ojos del libro de Kant que estaba leyendo. A su alrededor nada había cambiado. Los polvorones seguían sobre la bandeja, ajenos, como él, al paso del tiempo. Se cercioró de que la ventana estuviera bien cerrada, actividad que ocupó buena parte de la jornada, y finalmente agarró el periódico. Era un ejemplar del diario 'El País' de 1989 en el que se anunciaba que el muro de Berlín había caído. “Esto debe ser lo que me tiene alterado”, se dijo, antes de volver a sumergirse en la lectura del imperativo categórico.

Al otro lado de la puerta de su despacho la actividad era frenética. ¡No era Escandinavia lo de Borgen, sino Murcia! Mi región favorita se convertía en el epicentro de un terremoto político. Con toda España mirando para allá, mi abuela Pepita fue por la mañana a la peluquería. Lo cierto es que Murcia siempre te sorprende. Cuando el postre tradicional es una hoja de limonero rebozada y frita de la que solo se come el rebozado y se tira la hoja a tomar por culo, cualquier cosa puede pasar. Por ejemplo, que Ciudadanos haga de bisagra y, en el giro, reviente un Gobierno autonómico y haga temblar unos cuantos más. Entre ellos, Madrid.

Foto: La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso (PP), rodeada por sus consejeros, antes de anunciar el adelanto electoral. (EFE)

Una bestia herida arremete siempre con furia, y Ciudadanos ha visto la muerte en Cataluña. Por eso, mientras Gabilondo paladeaba a Kant ajeno a las cosas de este mundo, Isabel Díaz Ayuso agarró a Aguado por las solapas, lo metió en un calabozo y, con el flexo apuntándole a la cara, le aseguró que ella siempre lo ha querido y respetado, escrutándolo con sus ojos desbordantes. Pero las intenciones de un miembro de Ciudadanos son tan indescifrables como las de Dios. ¡IDA convoca elecciones! Y el pobre Gabilondo tiene un grave problema. Aunque no lo sepa. Aunque no se lo espere.

Unas elecciones anticipadas en la Comunidad de Madrid serán, para Gabilondo, como una fiesta sorpresa de cumpleaños. Se levantará un mañana de la cama, se duchará, tomará un café y, cuando salga pasadas las 11 a la calle, verá la ciudad empapelada con propaganda electoral. Su cara por todas partes. Pensará: “¡Qué inquietante suceso!”. Y atribuirá sin duda estos carteles a la impericia de los servicios de limpieza del señor Almeida, que no los quitaron tras la última cita electoral. Empezará a preparar una contundente respuesta. Redactará varias versiones de un texto que conmine a la señora Ayuso a tramitar el parte con su queja al alcalde de Madrid.

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“Señora Ayuso —escribirá—, sepa usted que, ante todo, hablo desde el respeto institucional más estricto cuando le comunico, como debo hacer y haré por imperativo categórico, que los servicios de limpieza municipal contratados por el buen y querido alcalde Almeida están cometiendo una serie de errores, no de poca monta, aunque tampoco muy graves, que son el motivo por el cual me veo en la situación de dirigirme a usted con esta misiva. Verá usted, señora, si pasea como hacía Kant, que algunas calles de la ciudad de Madrid, hermosa por todo lo demás, siguen mostrando la propaganda electoral habiendo ya pasado un tiempo prudente desde las últimas elecciones...”.

Foto: Ignacio Aguado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

En ese momento, un asesor vendrá a decirle que tienen que ir a los estudios de Telemadrid, y le pasará un argumentario diseñado por Iván Redondo. Gabilondo, siempre dispuesto al diálogo constructivo, se prestará encantado, se olvidará el argumentario en el despacho y en el coche seguirá preparando su discurso sobre los carteles electorales. Dispuesto a ponerle un poquito de pimienta, utilizará alguna palabra dura, como "preocupación". En los estudios se encontrará con Aguado, que está más simpático de lo habitual. Aprovechando esta cordialidad con sus reflejos felinos, le contará a Aguado que prepara una reclamación al Gobierno de Ayuso porque la ciudad está llena de carteles electorales que hubieran debido ser retirados semanas atrás. Aguado le dirá que bueno, que diga lo que quiera.

Hay que ver cuánto movimiento por unos simples carteles electorales. Gabilondo se pregunta si no estará cometiendo un error. Quizás debiera dejarlo pasar. Los operarios de limpieza no merecen el escarnio y la crispación, no merecen sentirse culpables por ello. Cuando llegue su turno de palabra —y reza a Dios para que no llegue nunca— se mostrará conciliador. Dirá, tal vez, que los carteles electorales no son un motivo para tan trifulca. ¿Por qué se gritan tanto? ¿Quién es toda esa gente?

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Es posible que Gabilondo se dé cuenta por fin de que Murcia ha provocado un seísmo y él mismo está metido en una campaña electoral durante la jornada de reflexión. ¡Qué sobresalto! Irá a toda velocidad hacia Ferraz para recibir órdenes, dispuesto a dar la batalla para romper la hegemonía de las derechas, que tampoco lo hacen tan mal, y en el momento en que flanquee la puerta descubrirá que Iván Redondo ya lo ha sustituido por Salvador Illa, que total para lo que hace en Cataluña, mejor que vaya a combatir a Madrid. De modo que Gabilondo, ya liberado de la pesada losa, podrá regresar a su despacho y sumergirse de nuevo en la lectura kantiana, que es lo que necesita Madrid y lo que necesita, también, España.

Durante la mañana del miércoles, Ángel Gabilondo notó una leve conmoción en la Fuerza y levantó pausadamente los ojos del libro de Kant que estaba leyendo. A su alrededor nada había cambiado. Los polvorones seguían sobre la bandeja, ajenos, como él, al paso del tiempo. Se cercioró de que la ventana estuviera bien cerrada, actividad que ocupó buena parte de la jornada, y finalmente agarró el periódico. Era un ejemplar del diario 'El País' de 1989 en el que se anunciaba que el muro de Berlín había caído. “Esto debe ser lo que me tiene alterado”, se dijo, antes de volver a sumergirse en la lectura del imperativo categórico.

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