Por qué ganó en Madrid esa mujer empoderada
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Juan Soto Ivars

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Por qué ganó en Madrid esa mujer empoderada

Ayuso decía defender la diversión y la economía, la libertad, mientras la izquierda atacaba precisamente esos valores supremos de la sociedad de consumo

placeholder Foto: Isabel Díaz Ayuso. (Reuters)
Isabel Díaz Ayuso. (Reuters)

Para entender la victoria de Ayuso, esa mujer empoderada, o más bien la derrota de las izquierdas, analizaré un extraño episodio de la mañana de las votaciones que fue devorado por la velocidad del día. Parece una tontería, pero tiene tanta miga como un artículo de los de Ignacio Varela. Fue así: el cómico Dani Mateo dijo que Madrid seguiría siendo un sitio cojonudo ganase quien ganase y le cayeron chuzos de todos los colores.

Sí, por el tuit de aquí arriba. En pocos minutos, era tendencia en Twitter, lo que significa que le llovían insultos y que salía gente cabreadita de debajo de las piedras. Intensos chillaban que las mujeres y los gais están en peligro, acusaban a Mateo de gilipollas, de privilegiado, etc., y hubo también pedantes que, en ese tono sacramental con gotas de cinismo tan de moda, analizaban el tuit como un mensaje cifrado de la campaña de Ayuso.

¡Interesante! Vamos a ver: que Dani Mateo es poco sospechoso de apoyar a Ayuso no hace falta ni señalarlo, y esto lo sabían todos los linchadores. Por otra parte, no dijo nada que no vaya repitiendo por ahí James Rhodes entre aplausos del respetable. ¿Qué demonios pudo resultar tan ofensivo? ¿Cómo es que un mensaje blanco, limpio y conciliador como el suyo concitó tal cantidad de injurias y calumnias? No son preguntas retóricas. En esa probeta está el germen de la derrota de la izquierda en Madrid.

Foto: Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado. (Reuters) Opinión
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Lo cierto es que los pedantes tenían razón. El mensaje de Dani Mateo era parecido al de la campaña de Ayuso. Pero esto no fue un error de Mateo, sino un acierto de la pepera: incluso un cómico de izquierdas puede mirar por la ventana de su casa, o darse un garbeo, y constatar la verdad. Es decir: que Madrid es una ciudad estupenda. Que la realidad, la calle, no es tan sombría como los parlamentos autonómicos. Que hay vida más allá de los Apocalipsis de ficción habituales en Twitter y las campañas populistas.

Dicho de otra forma, Mateo, de izquierdas, salió —despistado— del torrente cenizo de su tribu y lanzó un mensaje que celebraba Madrid, esa ciudad abierta y acogedora que tan bien ha pintado Andrés Trapiello, en un momento en que los progresistas estaban obligados a tiznarla con el gris del NODO, aunque esto supusiera negar la realidad tangible de millones de madrileños. Mateo despolitizó Madrid y la colocó en el terreno al que pertenecen por derecho propio las grandes ciudades de Europa, gobierne quien gobierne: la vida.

Foto: Aguirre con un estampado de Ayuso en el cierre de campaña. (Ana Beltrán)

Y sí. Es cierto que en Madrid hay desigualdad. Pero esto pasa, mal que bien, en todas partes. La pobreza y el sufrimiento puedes encontrarlos en Berlín, Nueva York, Lisboa o París sin que por ello sea razonable negarles su grandeza. Las grandes ciudades de Occidente, con sus terrazas y clases medias, con sus hípsteres, sus teatros y sus mendigos, con sus áticos de lujo y sus desahucios, son la arquitectura de la complejidad del primer mundo. Ni lo malo las hace malas, ni lo bueno las hace peores. Pasarlo mal en Madrid no invalida pasarlo bien en Madrid.

Sin embargo, hay una izquierda plomiza para la que despolitizar algo, ni que sea en un descanso, es un crimen contra la humanidad. Sentirse bien en la ciudad que uno habita y decirlo es así, de pronto, pecado. La culpa la tienen los franceses, claro. Porque pasa esto desde que lo personal es político: de pronto lo político es una cuestión personal. Derivada: cuando politizas tanto lo personal, condenas a la gente a vigilarse los vicios y las frivolidades como si fueran colesterol. Y es una estrategia condenada al fracaso, como demuestran las elecciones madrileñas.

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Cierto que la campaña de Ayuso también era apocalíptica, sí. Pero había, sin embargo, diferencias. Ayuso decía defender Madrid de los comunistas, que en su jerga surrealista significa “persona que quiere cerrar los negocios”, es decir, los bares. Así, Ayuso decía defender la diversión y la economía, la libertad, mientras la izquierda atacaba precisamente esos valores supremos de la sociedad de consumo.

Por su parte, la izquierda decía defender Madrid del fascismo. Pero, ¡ay!, por el camino tenía que pintar Madrid como un infierno que no es, es decir, como un sitio donde el fascismo ya está operando. Problema: ¿cómo vas a sonar creíble si planteas que Madrid es una ciudad podrida y hedionda y que muchos de sus habitantes son fachas, y además propones levantar una muralla contra ellos mismos, siendo tú el que está fuera? Es decir: ¿cómo vas a gritar 'no pasarán' si eres tú el que trata de entrar?

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP a la reelección, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente del partido, Pablo Casado. (EFE)

A fuerza de narrar el mundo desde la lente de la ideología, pierde uno el contacto con la realidad y acaba viendo un páramo hostil hasta en las tabernas. A Dani Mateo lo atacaron porque señaló el traje del emperador desde las filas del ejército popular. Cuando lo vi, supe que todas las encuestas tenían razón. Que Ayuso se empoderaría de mala manera en las urnas porque había dicho todas sus mentiras desde un lugar mucho más cercano a la verdad del peatón.

Ayuso era un simple “Madrid es genial”. Sus oponentes, un “Madrid será genial cuando deje de parecer genial de esta manera que no es genial aunque a vosotros, fachas, os parezca genial”. Y, claro, con semejantes retruécanos de acróbata no hay manera. Por mucha batalla cultural que haya, al final la gente vota por los ojos y por el bolsillo. Cof, cof...

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