David de Miranda sale confirmado y a hombros por la puerta grande de Las Ventas

Nos encaminamos a una de las mejores ferias de San Isidro de la historia si siguen, de forma tan evidente, materializándose milagros

Foto: El diestro David de Miranda. (EFE)
El diestro David de Miranda. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, viernes, 24 de mayo de 2019, 11ª de feria

Lleno de no hay billetes en tarde de buena temperatura pero con viento que ha molestado mucho a los toreros. Asistió de nuevo el rey emérito D. Juan Carlos I que estuvo acompañado por Enrique Ponce en el tendido que, estando anunciado en este mismo cartel, fue sustituido por 'El Juli' por su gravísima lesión de rodilla.

Seis toros de Juan Pedro Domecq de entre 541 y 605 kilos, muy serios por delante, astifinos, con caja y más altos de lo que viene siendo habitual en este encaste, sin responder ninguno a la típica bonita estampa de procedencia Domecq. Con movilidad y juego variado e interesante excepto el primero flojo y el lote de 'El Juli', incluido el sobrero que lidió de Algarra en sustitución de su segundo, que no ofreció ninguna posibilidad. Destacó por bueno y bravo el sexto, un toro que transmitía en cada embestida y que propició el triunfo del torero.

Juli de verde oliva y oro, silencio y silencio tras aviso.

Paco Ureña, de obispo y oro vuelta al ruedo y oreja tras aviso.

David de Miranda de blanco y oro que confirmaba alternativa, silencio y dos orejas.

Sacramento cristiano peculiar la confirmación. Bautizado sin consultar superas una infancia, ya sin riesgos de acabar en el temido limbo, que acaba de forma inexorable en una pubertad en la que tus hormonas toman el control sin avisar y sin complejos. Momento clave de tu vida en el que, en medio de la tormenta hormonal, de los primeros atisbos de tu vocación reproductora y tras la primera eucaristía, tienes que decidir si te haces de la Iglesia o de los otros. De pago o concertado, el consejo suele apuntar, al menos hasta ahora, a que te impongan unas célibes manos y unos óleos que, ungidos convenientemente, enfoquen tu vida al estándar familiar que Dios te manda. En la edad de discreción, dice la Iglesia, que ha de estar el ungido, salvo causa mayor que hiciera al ministro ordinario, o sea el obispo, recomendar otra cosa. Decides finalmente que sí, aún sabiendo que con las hormonas al mando eres incapaz de discernir nada y optas por hacerte del equipo.

Decisión natural que tomas por no hacer un feo a tu abuela ni perder de vista a, digamos, Laura. Y decides buscar referencia espiritual y moral que te acompañe en tan crucial tránsito vital en la figura referencial del padrino. Y le miras (si eres capaz de dejar de mirar a Laura), formal y bien vestidito, y te convences de que llegando hasta ahí haces lo correcto y con el soporte de su mano en tu espalda otorgas a coro con el resto de los formales adolescentes un consentimiento que ya no permitirá ni honrosa ni coherente marcha atrás, tras la crismación, ni de tu heredada tradición católica ni de tu autoimpuesto y preventivo distanciamiento de las homónimas hormonas de Laura.

Curioso rito la confirmación en la fe católica. Nada que ver a pesar de la coincidencia del nombre y de la presencia de un padrino con la relevancia vital que tiene para un torero su primera tarde de matador en Las Ventas. Confirmar es, en tauromaquia, alcanzar un hito casi inalcanzable. Es llegar a ser matador de toros y ser capaz de despertar el interés de la plaza más importante del mundo. En términos que se entiendan podemos decir, sin ofender, que es la hostia, puestos a seguir con comparaciones religiosas.

Pues si de natural confirmar es como un milagro imagínense poder hacerlo después de sortear la muerte o como mínimo la silla de ruedas de por vida tras una voltereta que te parte literalmente el cuello mientras toreas en Zamora. Recuperarte, resucitar, volver a la vida y a poder torear era algo que por aquel agosto de hace un par de años parecía algo imposible para un David de Miranda roto en dos cachos. Anunciarse y hacer el paseíllo hoy en Madrid para David debía ser como la doble confirmación: la de la alternativa y la de que Dios existe. Ser capaz de salir a hombros por la puerta grande como ha salido este chico solo puede ser la confirmación de que Dios, además, es su amigo o adora Huelva, tierra natal del torero. Ni Pi tiene decimales para cifrar las posibilidades de que lo que ha ocurrido hoy pueda volver a ocurrir. Salvas la vida por milímetros, consigues recuperar tu movilidad, decides seguir queriendo ser torero, te anuncian con El Juli y con Ureña en San Isidro, te toca el toro de la feria, te quedas quieto como un clavo, le pegas un estoconazo, te toca un presidente honesto, la gente entiende por lo que has pasado y ahí estás en medio del ruedo con dos orejas en la mano.

Confirmado, también hay milagros en las ventas.

Ureña volvía a Madrid también después de otro grave percance que le dejó de forma dramática sin la visión de un ojo. Confirmado: Madrid a veces tiene criterio y es capaz de mostrar sus buenos sentimientos. La comprensión de la plaza premió con vuelta y oreja la actuación valiente y entregada del Paco Ureña más mártir y más entonado.

Confirmado, a Madrid le cuesta El Juli. Hoy no tubo opción ninguna y eso tratándose de este pedazo de torero explica muy bien lo malos que fueron sus toros.

Confirmado: nos encaminamos a una de las mejores ferias de San Isidro de la historia si siguen, de forma tan evidente, materializándose milagros.

Feria de San Isidro
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