Una herencia en juego por ver a Ferrera salir por la puerta grande de Las Ventas

Espero que mi familia entienda a qué me refiero, que ver torear a Ferrera hoy no tenía precio. Sabía que era importante no abandonar el banquete pero no podía perdérmelo

Foto: El diestro Antonio Ferrera. (EFE)
El diestro Antonio Ferrera. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, sábado, 1 de junio de 2019. 19ª de feria

Casi tres cuartos de entrada en tarde primaveral y agradable.

Seis toros de Zalduendo de entre 564 y 607 kilos, casi todos cinqueños y de seis años el tercero, de muy buena presentación, serios y con pitones, algo variados de tipos, bonitos en general excepto el sexto más feo y destartalado. Nobles y de buen juego en general tendiendo algunos a rajarse en el último tercio. Excepcional el lote de Ferrera, sobre todo el primero. Corrida lidiada apenas unos días después del fallecimiento del ganadero D. Fernando Domecq, creador del hierro y referente para muchas otras ganaderías del tipo de toro lidiado hoy en Las Ventas.

Antonio Ferrera de verde botella y oro, fue ovacionado al final del paseíllo al torear en Madrid el extraño percance y su rescate de hace dos semanas, oreja con fortísima petición de la segunda, dio dos vueltas al ruedo, y dos orejas tras aviso. Salió por la puerta grande.

Curro Díaz de azul marino y oro ovación y ovación

Luis David de obispo y oro, ovación tras petición y ovación tras aviso mientras se dirige a la enfermería.

No puedo presumir de intuitivo. No se me dan bien las predicciones. No soy bueno anticipando ni resultados ni hechos. Pero hacía ya dos días que me encontraba molesto. No con mi pobre familia, ¡qué culpa tienen de esto! No con mayo, no con la Iglesia, no con la costumbre cristiana de celebrar en la mesa esos ritos iniciarios de creer comer a Cristo, de casi vestir de largo, de sentirse menos niño. Y llegué a pensar incluso en no acudir al festejo, no al de toros me refiero, sino a la comunión de mi sobrino predilecto para acudir a los toros. Pero como es el que tengo, (siendo sólo, es predilecto), y siendo verdad que es el único y me cae tan bien en el fondo, pues me puse la chaqueta, regalé mis dos entradas, y me dije que más valdría ver comulgar a Mario, renunciar a la corrida y poder seguir aspirando a una posible herencia, que vienen tiempos muy malos.

Y allí estaba con mi novia a las siete de la tarde tomando un segundo whisky, renegando del montaje, y sobre todo pensando que me perdería seguro un evento de la Feria, algo de verdad importante.

No soy ni médium ni adivino pero al acabar la misa les comenté, no eran pocos, a los que me disputaban con fuerza la tapa de queso y el vino que hoy podría ser una tarde más que histórica en Las Ventas. Porque toreaba Ferrera de vuelta de su calvario. Porque los toros tenían que hacer honor a su dueño. Un día de vuelta al mundo para el maestro Ferrera después de extraños sucesos, y un día de ausencia forzada de D. Fernando Domecq tras luchar y no vencer a esos bichitos malignos que cuando se ponen de acuerdo apenas te queda tiempo para ordenar el garito. Don Fernando, ganadero, artista sin ser torero. Romántico en estos tiempos. Fiel y conocedor de la verdad de ese arte auténtico y verdadero que tanto gusta a los que saben de verdad de verdad lo que es esto. Se puede ser muy valiente, él lo fue qué duda cabe, incluso desde la tronera de un burladero en el campo, de una barrera en la feria, de un coloquio o de un sarao. Personaje que se ha ido, de los últimos que quedan, que entienden la tauromaquia como algo que no es de pega. Que sacrificó dineros, amigos y sementales por ser fiel a ese concepto de que el toreo es un arte y el toro no es enemigo, que es la parte más importante. Ganadero de abolengo, de tradición y de veras que ha dejado en estos tiempos el molde para que vengan toros aptos para triunfos, toros que sientan la fiesta.

Ganadero de abolengo, de tradición y de veras que ha dejado en estos tiempos el molde para que vengan toros aptos para triunfos

Y yo ya durante el postre del evento sacramental me revolvía en la mesa por no querer ingerir la tarta de chocolate, razones de peso tenía, y por no poder acudir a ese cartel de la feria que, no es que me apeteciera, es que estaba convencido, dados los precedentes de Ferrera y el ganadero, de que el cielo compensaría con un éxito de altos vuelos. Me acerqué al responsable del banquete mencionado y le pregunté si tenía una tele en algún lado. Milagros se dieron dos, que mi sobrino integrara en él el cuerpo de Cristo y que el restaurante tuviera pagado el canal plus de los toros. Me excusé amablemente con mi hermana y su exmarido y le pedí a mi novia que por favor me acompañara a ese arrinconado sitio donde acabarme el whisky y ver qué estaba pasando con toreros y con toros.

Buena televisión, buena barra, buena amiga y muy buen 'timing'... que llegué justo saliendo una pintura de bicho como hubiera dibujado D. Fernando en cualquier sitio.

Y entonces salió Ferrera con la muleta al hombro, con un aplomo y una entrega templada y de otros modos. Original y distinto empezó a pegarle pases y a poder sentirse él mismo. Y yo en aquella barra dando saltos, bebiendo whisky y explicándole a mi novia por qué el toreo aún existe. Pases largos y sentidos, Ferrera en estado puro. Puro toreo antiguo y ese toro que empujaba, embestía, remataba y que con su bella bravura y su excelsa y total nobleza permitía la belleza del triunfo de un renacido y homenajeaba la esencia de otro artista recién ido.

Puro toreo antiguo y ese toro que empujaba, embestía, remataba y que con su bella bravura y su excelsa nobleza permitía la belleza del triunfo

Tal fue la emoción que sentí en aquella escorada barra que al doblar veloz el toro después de certera estocada y ver que ese presidente no le daba dos orejas cogí a mi novia del brazo, me despedí del banquete, esquivé a los pesados, lancé un beso al sobrino enzarzado con el iPad y me monté en mi coche buscando solo un objetivo: llegar a ver a Ferrera en su segundo toro y asesinar al presidente si no había más orejas.

Llegué desde Guadalajara en no más de veinte minutos, aparqué justo en la puerta y entré en las Ventas sin entradas, sin vergüenza y ya sin whisky.

No soy bueno anticipando pero arriesgué la herencia por ver una puerta grande. Porque viéndole a Ferrera en esa barra escorada improvisar con el toro, toreando al natural sin espada con la diestra, caminando despacito, dándole su sitio al toro y sobre todo citando a recibir desde lejos, lejos no, desde diez metros, y culminando así la primorosa faena, yo sabía lo muy poco que podría hacernos falta para que este torero se encumbrara en esta plaza y para toda la feria.

No soy bueno anticipando pero arriesgué la herencia por ver una puerta grande

Y con la suerte del parking, de la dejadez del portero, fue justo entrar al tendido y ver salir otra pintura de toro para el delirio. Cuarto, bello, serio ancho, noble y Domecq en el fondo. Y como yo había intuido, y visto por televisión, un Ferrera inspirado, pleno de poderío, artista, torero entregado que volvió a cuajar una faena preciosa de cabo a rabo. Mató encima recibiendo y consumó la apoteosis de tres orejas a un tiempo que es algo que no se ve aquí desde hace mucho tiempo.

No se si se enfadarán, no se si estoy desheredado, solo sé que no podía perderme lo que ha pasado. No les puedo explicar la belleza de esos pases, el aplomo del torero, la clase de sus andares, la embestida del Zalduendo. Yo solo puedo decirles que lo que hoy hemos visto hará durar esta fiesta y que, sé que es inexplicable, me temo que lo sabía.

Espero que mi familia entienda a qué me refiero, que ver torear a Ferrera hoy no tenía precio. Sabía que era importante no abandonar el banquete pero es que también sabía que no podía perderme ni a Ferrera ni a Zalduendo en un día como este.

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