Vistalegre y vistagorda
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Juan José Cercadillo

Feria de San Isidro

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Vistalegre y vistagorda

Tarde entretenida esta primera. Con toros muy bien presentados y tres toreros elegantes. Más dificultades tenían de las que aparentaban, los toros, y se han empeñado en acreditarlo, en forma de sustos y sobresaltos, apretones y volteretas

placeholder Foto: El diestro Ginés Marín, en su faena con capote al segundo de su lote. (EFE)
El diestro Ginés Marín, en su faena con capote al segundo de su lote. (EFE)

Palacio de Vistalegre, 13 de mayo de 2021.

1ª de la Feria de San Isidro. Unos 3.000 espectadores.

Seis toros de El Pilar de entre 534 y 563 kilos, todos con los cinco años cumplidos. Muy bien presentados. Serios, con cuajo, caja y cabeza. Difíciles en general, sin romper ninguno a bueno, exigentes con los toreros y en general de más a menos. El más peligroso el cuarto.

López Simón, de verde oscuro y oro. Ovación y ovación.

Álvaro Lorenzo, de gris plomo y oro. Aplausos y oreja con protestas.

Ginés Marín, de grosella y oro. Silencio y oreja.

La deslocalización me descoloca. Pero quien sea capaz de entender esta economía moderna que lo explique. No seré yo quien lo intente. Ni lo colaborativo ni lo circular de las nuevas propuestas de organización mundial de lo productivo pueden con el anhelo desaforado e irrefrenable del ahorro de costes. Supongo que ese ahorro es el causante de dar hoy con mis huesos, y la grasa que desgraciadamente les rodea, en la noble, antigua y singular tierra carabanchelera. Deslocalizada la Feria de San Isidro de la Plaza Monumental de las Ventas sin un motivo —que no sea económico— que yo entienda, recalo con gusto aventurero de urbanita acomodado en las tierras altas y pedregosas que conquistó el gran Madrid hace ya un tiempo. Carabanchel como tantos pueblos limítrofes de la villa capitalina reclama su identidad en cada calle y muestra sin complejos su personalidad, su actualidad y su futuro en lo particular de su comercio, en lo babélico del nombres de sus bares, en lo anacrónico de sus puestos ambulantes.

En este primer día de reencuentro, mientras sigo repasando por encima las cuentas de la Comunidad de Madrid, disfruto tanto de volver al que fuera el barrio de mis abuelos como de poder ir de nuevo a los toros. En Washington empecé la tarde. En el bar Washington, me refiero, con una increíble tapa de oreja. De las del sur de Madrid que alimentaron, colesterol acredita, tantos domingos de mi infancia. Las cinco y media de la tarde sin comer no impidieron que descartara, por este orden, un chino, un cubano, un kebab y un bar Manolo con fotos de toros antes de aposentar mi debilitada anatomía en el barecito colombiano de tan intrigante nombre. El éxtasis orejil con el que doblegué, primero, mi hambre y, luego, mi gula me han impedido, ya lo siento, conocer el origen del desconcertante toponímico. Ahora que el resurgir interior que protagonizan las toreras picantes con las que obsequió mis cervezas Jenny y que parecen querer castigar mi falta de curiosidad y empatía adquiero firmemente el compromiso de conocer, y compartir, los secretos de la inspiración del titular del establecimiento y sus íntimas motivaciones para honrar la capital del Distrito Columbia. Mi deseo de repetir oreja hacen de su cumplimiento algo tan cierto como la muerte. Por colesterol en este caso, me temo.

¡Qué bonito paseo por las afueras de la plaza he disfrutado! Cuántas peculiaridades, cuánta diversidad y cuánta singularidad se aprecia en cuanto te desenclaustras del barrio estándar de Salamanca. Prometen estos próximos 10 días de feria vincularme de nuevo con el hábitat natural de mi familia, con los primeros paisajes que recuerdo. Con ese General Ricardos atascado, con esos paseos al canódromo, con esas calles sin luz a media tarde y con escombros a media obra que facilitaban al tiempo travesuras y los escondrijos necesarios cuando alguna se nos iba de las manos sin quererlo.

Hay que reconocerle a la empresa, y a los toreros, la voluntad y la determinación de sacar este evento, imprescindible para la fiesta, adelante

Carabanchel a efectos de toros no ha sido ni un barrio ni un pueblo cualquiera. Construyeron en la finca de Vistalegre una coqueta plaza en 1908 y la tradición taurina de los extremeños y andaluces que poblaron el municipio la mantuvo en un más que digno nivel de competencia con las Ventas. En los años esplendorosos de “La oportunidad” o del lanzamiento del por entonces novillero Curro Vázquez por ejemplo llegó algunos meses incluso a superarla en cantidad y calidad de festejos. Ese aroma de tradición taurina es lo que más he echado hoy de menos. No ayuda el diseño semiprefabricado del ahora denominado Palacio de Vistalegre. No ayuda su tamaño, que lo encaja sin dejarle opción de que respire, arquitectónicamente hablando. Ni tampoco ayuda haberlo encaramado al techo de un centro comercial. Literalmente parece que alguien la apoyó ahí porque no había otro hueco en la zona. Las limitaciones del covid tampoco ayudan al ambiente prefestejo. Las medidas de prevención, irreprochables, abundantísimas y muy bien ejecutadas gracias a un descomunal despliegue de personal enfrían los ánimos del reencuentro de los aficionados. En la distancia impuesta entre ellos languidece la energía que normalmente se retroalimenta y que tanto y tan bien preparan el ambiente emocional que disfrutas, por ejemplo, en la Plaza de toros de Las Ventas prepandemia.

Siendo cierto no es lo más importante y estoy seguro de que a medida que avance la Feria, aparezca el relumbrón de sus carteles, se colmate el aforo permitido y entendamos que este es el San Isidro que tenemos, que no va a haber otro, tendrán menos importancia estos detalles. Desde luego hay que reconocerle a la empresa, y a los toreros, la voluntad y la determinación de sacar este evento, imprescindible a estas alturas para la fiesta, adelante. Espero que la afición reconozca este esfuerzo con su asistencia.

placeholder El diestro Alberto López Simón, volteado por el segundo de su lote. (EFE)
El diestro Alberto López Simón, volteado por el segundo de su lote. (EFE)

Tarde entretenida esta primera. Con toros muy bien presentados y tres toreros elegantes. Más dificultades tenían de las que aparentaban, los toros, y se han empeñado en acreditarlo, incluso a los ojos menos avezados o más alejados de la arena, en forma de sustos y sobresaltos, apretones y volteretas. Especialmente el cuarto con una muy peligrosa al banderillero Jesús Fernández y otra muy contundente a López Simón. Le lanzó contra el suelo con tal poderío que le costó al madrileño varios minutos poner en orden su anatomía, que hubo momentos que estoy seguro no manejaba total consciencia de la ubicación de sus miembros. Afortunadamente su encuentro con el suelo comenzó con su cadera, no con su cuello, y su pundonor hizo el resto en el remate de una faena de mucho mérito. Lo que nadie podrá evitar será un moratón que en un par de días será más grande que sus bermudas.

Serio, firme y en torero Álvaro Lorenzo lo pasó peor con el segundo y con la espada. En el quinto, con una paciencia muy inteligente, hilvanó una faena que acabo un poco a menos, lo que seguramente hizo que algunos protestaran en la recogida de una oreja, para mí, muy bien ganada.

placeholder El diestro Álvaro Lorenzo, con el trofeo conseguido al segundo de su lote. (EFE)
El diestro Álvaro Lorenzo, con el trofeo conseguido al segundo de su lote. (EFE)

Ginés Marín se mostró como es él en el sexto. Toreó con temple, sinceridad y originalidad con el capote y aguantó mucho más de lo que se aparentaba con la muleta. Un toro grande, el más basto de la corrida, que pasaba por allí a duras penas y que domeñó con maestría Ginés antes de volcarse en la estocada que consiguió la unanimidad en el reconocimiento. Una oreja que hubiera cortado aún con más fuerza en esa plaza cerrada a la que, haciendo la vista gorda, no haré más referencias.

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