Política y malas hierbas

La eurodiputada de ALDE reflexiona sobre la prohibición de herbicidas como el glifosato.

El día 14 de mayo, se publicó en El Confidencial un artículo que llevaba por título: 'Hace un año prohibieron el glifosato. Hoy tienen malas hierbas hasta en los bolardos'. En él, el autor nos llevaba de paseo por las aceras de Madrid, Sevilla y Talavera de la Reina, cuyos ayuntamientos, siguiendo a otras ciudades, restringieron el uso del herbicida. ¿Y ahora qué? Nos hablaron de un herbicida que era cancerígeno y muy peligroso, nos convencieron de que los partidarios de su uso eran unos desalmados a sueldo de la industria. Nos insistieron totalmente convencidos de que en lugar de “productos químicos” existían alternativas “naturales” igual de eficaces o más, y que, por lo tanto no tenía ningún sentido usar tales venenos. Y por último (la bomba), el fabricante es Monsanto, empresa que para muchos es el demonio encarnado.

Así lo explicaban lobbies como Greenpeace, una organización muy influyente, y con una gran capacidad para elaborar un relato perfectamente vendible (una empresa movida por la codicia, unos políticos corruptos y por último, las víctimas, la población cuya salud estaría en juego). Los medios de comunicación, por supuesto, acabaron rendidos ante una melodía tan bailable. Con estas premisas, ¿qué espacio va a quedar para la duda? ¡Prohibición!

Éste es más o menos el relato que protagoniza el glifosato, un herbicida muy efectivo para acabar con las malas hierbas, y que emplean tanto agricultores como servicios de limpieza de grandes ciudades. Los ayuntamientos estuvieron entre las primeras instituciones públicas en reaccionar ante este discurso en contra.

Y por supuesto, la discusión se trasladó al Parlamento Europeo. ¿Era necesario prohibir este producto en toda Europa? Mi opinión era que no, pero no fue ni mucho menos la mayoritaria. Todos los estudios sobre glifosato hasta la fecha habían mostrado que era inocuo, y sólo en caso de que un individuo sufriera una grave intoxicación –consumiendo dosis casi imposibles de alcanzar– podría desarrollar un cáncer. Esto mismo explicó la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), cuyo trabajo consiste en «evaluar aquello que pudiera contribuir a que los alimentos sean inseguros». La EFSA es una institución de un gran prestigio internacional. Los mejores expertos colaboran con ella para confeccionar sus informes. Y, a pesar de ello, sus resultados no vinculan y se toman únicamente como referencia.

Y la EFSA, para sorpresa de muchos eurodiputados (encandilados por la melodía Greenpeace), emitió un informe explicando que el glifosato era seguro. ¿Qué deberían hacer los eurodiputados cuando un organismo europeo divulga una información que va en contra sus prejuicios? Obviamente, tirar los prejuicios por la borda y asumir la resolución científica. ¿Qué hacen en realidad? Atacar a los científicos encargados de preparar el informe, a los que acusaron –sin pruebas– de estar compinchados con Monsanto. Al cabo, el consenso al que se llegó no dejó a nadie satisfecho: aunque se aceptaba seguir usando glifosato en Europa (hasta 2022, momento en que se revisaría de nuevo la concesión de la licencia de venta), se instó a crear una comisión política cuya función sería fiscalizar la labor de la EFSA sobre los pesticidas, incluyendo, ahí es nada, ¡cuestiones relativas al método científico! En resumen: la política más prejuiciosa, anticientífica e inoperante pretendía impedir que este organismo pudiera seguir siendo independiente.

He de decir que el grupo al que pertenezco, ALDE, también votó mayoritariamente en contra de esta resolución, que al final se aprobó con los votos de los grupos políticos más sensibles a este tipo de discursos. El director de la EFSA, Bernhard Url, escribió un artículo con el título 'No ataquen a la ciencia por réditos electorales', en el que aseguraba que «erosionar la confianza en las agencias reguladoras no mejorará la responsabilidad democrática».

El penúltimo episodio de esta saga ha sido enterarnos, recientemente, de que los famosos «remedios naturales» con los que se pretendía sustituir a la «química» (palabra que en su boca es sinónimo de veneno, y que ignora que todo lo es) son inútiles. Estaban convencidos de que remedios como el limón harían la misma labor que el glifosato. El limón, sí. ¡Sólo nos faltaba el limón! Pero la realidad es mucho más contundente, y ahora esas ciudades han introducido unas medidas que en vez de ser el colmo de la modernez, tal como pretendían, han resultado ser el colmo de la ignorancia y la insalubridad pública. Por todas partes, en monumentos, edificios, por las calles, asoman hierbajos. ¿Organizarán esos medios de comunicación alarmistas brigadas de limpieza de malas hierbas? Esos políticos que no se atreven a dar un paso por temor a lo políticamente incorrecto, ¿saldrán a arrancar verdura en la calle de su barrio? Apuesto a que no. Al final, hay moraleja: nuestro bienestar y progreso depende del conocimiento, y el populismo (también en la discusión sobre pesticidas) sólo conduce al fracaso.

Cierro el artículo con una hermosa imagen del texto de Villarreal: “Como dijo Homer Simpson mientras se dirigía con su coche hacia un lago helado: "¡Oh! ¿Por qué mis acciones tienen consecuencias?".

María Teresa Giménez Barbat es una escritora y política española. Actualmente es eurodiputada por el grupo Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

Tribuna

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