segundo incendio grave en menos de una semana

Cuando el calor aumenta, España arde: no juguemos a la ruleta rusa con los incendios

Hasta el pasado mes de julio, los fuegos estaban conteniéndose gracias a las lluvias de primavera. Pero cuando han aumentado las temperaturas, los incendios han regresado

Foto: Bomberos continúan los trabajos para extinguir el fuego el 8 de agosto en Corgos, Portugal (EFE)
Bomberos continúan los trabajos para extinguir el fuego el 8 de agosto en Corgos, Portugal (EFE)

Este año los incendios estaban dando una tregua a la Península Ibérica. En España, hasta el 29 de julio, se produjeron la mitad de fuegos y se ha quemado casi un 80% menos de superficie que en la media de los últimos 10 años. La clave la encontramos en una meteorología anormalmente favorable: gran cantidad de lluvias en primavera en casi todo el territorio que han mantenido la humedad del suelo y la vegetación, y un verano suave en cuanto a temperaturas hasta la primera semana de agosto.

Sin embargo, estos datos no deberían reconfortarnos. La primera ola de calor nos ha recordado que en cuanto las temperaturas lo permiten, España y Portugal arden en incendios cada vez más peligrosos. Los incendios de estos últimos días como el de Monchique, en el Algarve portugués, el de Nerva, en Huelva, o el de Llutxent, en Valencia, comparten un mismo patrón extremo: incendios muy rápidos y virulentos, que sobrepasan a los medios de extinción y únicamente pueden sofocarse cuando cambian las condiciones meteorológicas o cuando no queda más combustible para arder. Incendios que además de monte, queman casas, coches y todo aquello que se le pone por delante.

Además de los trágicos incendios de Grecia, en los que murieron cerca de un centenar de personas, el centro y norte de Europa se ha visto sacudida por oleadas de incendios extremos y una sequía inédita: Reino Unido, Letonia, Noruega, Finlandia, Rusia, Suecia e incluso el Círculo Polar Ártico. Regiones nada habituadas a estos incendios, hasta ahora exclusivos de zonas más secas, pero que el cambio climático lleva a otras latitudes. Episodios extremos que vemos también en otros puntos del globo: California sigue combatiendo el peor incendio de su historia, que también se ha cobrado víctimas humanas, y ya ha quemado más de 115.000 hectáreas, cifra próxima al total de superficie que se quema en un año en España.

Parece que cada incendio que sucede, es peor que el anterior. La comunidad científica coincide en que debido al cambio climático, a la falta de gestión y planificación del paisaje, y a un caótico urbanismo que ha metido las casas en los espacios forestales, los incendios se han vuelto más rápidos, más intensos, más extremos y mucho más peligrosos: es la llamada “sexta generación” de incendios forestales. Son fuegos que ya no solo queman monte, sino que suponen auténticas emergencias civiles que ponen en riesgo la vida de las personas: en Valencia, 3.000 personas han tenido que ser evacuadas por el incendio de Llutxent, que ha devorado unas 40 casas. El cambio climático está aquí, y esto es lo que nos espera a partir de ahora si no cambiamos el enfoque en la lucha contra el fuego.

Un efectivo de la UME, durante los trabajos de extición en Llutxent (Luismi Ortiz / EFE)
Un efectivo de la UME, durante los trabajos de extición en Llutxent (Luismi Ortiz / EFE)

Apostar toda la baraja exclusivamente a unos medios de extinción altamente cualificados es jugar a la ruleta rusa. Tarde o temprano volveremos a tener las condiciones perfectas para que se produzcan auténticas tormentas de fuego, como las que se han visto en Grecia este año o en Portugal el año pasado, inabordables por los dispositivos de extinción. Y quizá para entonces tengamos que volver a lamentar decenas de víctimas.

Los incendios del futuro no tienen por qué entrañar un peligro extremo para las personas y ecosistemas. Para ello resulta urgente que cambiemos de una vez el actual enfoque en la lucha contra los incendios y pongamos el foco en la prevención, adaptando los bosques, los montes y los núcleos de población que lindan con masas arboladas a este nuevo escenario. Necesitamos un paisaje menos inflamable, y ello pasa obligatoriamente por fomentar la recuperación de usos y aprovechamientos agroforestales, por generar empleo y fijar población en el medio rural. Además, hay que trabajar con las personas, impulsar programas de intervención social que reduzcan las altísimas tasas de intencionalidad y siniestralidad. No olvidemos que el 96% de los incendios se producen por causas humanas, y el 55% son intencionados.

Desde WWF hemos pedido recientemente a los gobiernos de España y Portugal que impulsen una Estrategia ibérica de prevención de incendios que revitalice el territorio y lo haga menos vulnerable al fuego, que incluya medidas contra la impunidad y acción frente al cambio climático. Sólo así podremos desactivar el "polvorín" en el que se han convertido nuestros montes.

Lourdes Hernández es responsable de incendios forestales de WWF.

Tribuna
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