Una COP25 tan seca como inundada

En el balance global de la COP, hay poco que resaltar, ya que ha sido una 'patada a seguir' hasta la siguiente COP26, cuando está previsto que los países presenten sus nuevos compromisos

Foto: La ministra de Medio Ambiente de Chile y presidenta de la COP25, Carolina Schmidt (c), y el subsecretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Ovais Sarmad (i). (EFE)
La ministra de Medio Ambiente de Chile y presidenta de la COP25, Carolina Schmidt (c), y el subsecretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Ovais Sarmad (i). (EFE)

Es lo que ocurre en algunas regiones ya devastadas por el cambio climático, como lugares del Sahel o del Cuerno de África, donde fuertes inundaciones suceden a largos e inusuales periodos de sequía que han dejado la tierra seca, lista para ser arrasada por el agua torrencial. Los animales mueren, las cosechas languidecen y la gente se tiene que marchar para malvivir en ciudades.

Esa realidad es la que no han querido ver los gobiernos reunidos en la COP25 de Madrid. Sobre todo los bloqueadores, habituales como Estados Unidos o recientes como Brasil, que han hecho lo posible por inundar de tecnicismos cualquier avance en esta conferencia. Tampoco han escuchado la voz de millones de personas, sobre todo jóvenes, que claman por una acción urgente para defender su planeta y su futuro, amenazados por la crisis climática.

En el lado español, espléndida la organización en semanas de una conferencia de esta magnitud y complejidad, un espacio multilateral indispensable que solo se queda seco por la inacción de algunos gobiernos. Loables los esfuerzos de la ministra Ribera, una experta en la materia, y su equipo para empujar la ambición de la UE y facilitar la negociación buscando salir de mínimos que nos conducirán al desastre. Dicho esto, aún queda mucho por hacer en casa. Entre otras cosas, aprobar una ambiciosa ley del clima e incrementar la cooperación internacional y financiación verde, muy por debajo de lo exigible a España. Nuestro país se encuentra entre los que más empujan en la buena dirección y la sociedad española ha dado muestras, alrededor de esta COP25, de una mayor sensibilidad hacia la emergencia climática.

Lástima que algunos grandes bancos y eléctricas se hayan apoyado en esa sensibilidad para lavar sus oscuros negocios climáticos.

En el balance global de la COP, hay poco que resaltar, ya que ha sido una 'patada a seguir' hasta el siguiente COP26, que se celebrará en Glasgow el próximo año, cuando está previsto que los países presenten sus nuevos compromisos. Lo preocupante es que visto lo que se ha discutido en esta COP, seco de compromisos inundado de palabras, las expectativas para Glasgow y para el futuro de la humanidad son grises. Mucho por hacer durante 2020. El tiempo se acaba.

Aun sin compromisos efectivos, ha costado acordar mensajes de ambición en el texto final de la conferencia frente a grandes emisores como Estados Unidos o China. Finalmente, se ha recogido la apelación a que los países renueven al alza sus planes de recorte de emisiones en línea con limitar el calentamiento global a 1,5-2ºC, cuando ahora estamos encaminados a los 3ºC o más. Los países más ambiciosos tendrán que acelerar la aprobación de sus nuevos compromisos al inicio de 2020 para poder presionar a otros para que lo hagan antes o en Glasgow. Es el caso de la UE, que debería hacerlo antes del verano para así poder negociar a tiempo con otros grandes contaminantes como China.

La regulación del mercado de derechos de emisión de CO2, el artículo 6 de la Convención, ha quedado pospuesta para más negociaciones técnicas durante 2020 y la expectativa de cerrarla en Glasgow. Mejor así, mejor un no acuerdo que un pésimo acuerdo en el que se apuntaba a un mercado laxo, susceptible de contabilidades creativas y precios de ganga para grandes corporaciones. Las menciones a respetar los derechos humanos en estas transacciones fueron secándose con el paso de la negociación.

Apenas unos euros más comprometidos en financiación verde para ayudar a los países vulnerables a transitar hacia un desarrollo bajo en carbono, adaptarse al desastre del cambio climático y reparar lo irrecuperable, tierras y casas perdidas, para siempre. Al menos, se reconoce que hay que seguir trabajando este asunto de las 'pérdidas y daños' y se encarga al Fondo Verde para el Clima que se ocupe de ello, eso sí, sin aportar más recursos ni blindar una parte de los existentes. Las comunidades inundadas tendrán que seguir valiéndose por sí mismas.

En el lado positivo, además de los mensajes alentadores citados, así estén secos de números, hay que destacar la aprobación del Plan de Acción de Género, con un texto potente en cuanto al protagonismo de las mujeres que ahora debe trasladarse a los planes nacionales.

Y desde luego la calle, la movilización, la juventud y la senectud a una por el planeta. Pueblos indígenas afectados por la industria extractiva y chavales que quieren vivir en un planeta sano. La esperanza está en la sociedad, en lo que hagamos cada uno y lo que exijamos a empresas contaminantes. La mirada dura sigue puesta en esos gobiernos que bloquean, que emiten y niegan el impacto, que son autoritarios y acallan a la gente que protesta.

Hay que seguir. No queda otra. Es una emergencia climática que seca e inunda. Por más que algunos lo nieguen o se nieguen a cambiar.

*José María Vera, director general interino de Oxfam.

Tribuna
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