El presentador con el pijama de rayas

‘Vanitatis’ publica un artículo. Un hombre famoso, un presentador, a quien hemos tapado los ojos en la ilustración para proteger su identidad, se siente humillado. Esta es la historia de una venganza. La suya. Bueno, quizá lo sea de dos

Foto: Ilustración de Paco Sordo para 'Vanitatis'
Ilustración de Paco Sordo para 'Vanitatis'

Entre mis lecturas (mejor Lecturas) de esta semana, sin duda ha destacado una por encima de todas las demás. Me enfrento a un artículo de opinión de un señor al que no voy a nombrar en el que critica duramente a Vanitatis por un texto publicado la semana pasada sobre presentadores gais y catalanes que trabajan actualmente en televisión. No lo nombraré por dos razones. Primero porque me da la sensación (déjenme sentirme importante) de que algunos de los dardos de su artículo van directamente dirigidos hacia mi persona, a la cual nunca se refiere directamente. Así que haré lo propio. Y segundo porque, a pesar de su notable grado de celebridad, hoy me sigue pareciendo que él no soporta muy bien las críticas directas, habida cuenta de que su anterior post iba destinado a mancillar a La Otra Crónica de El Mundo por otro artículo que tampoco había sido del gusto ‘del que no voy a nombrar’, en adelante Su Merced.

“¡Anda! Se trataba de hacer un recuento, no había caído. ¿Les parecería bien a los de Vanitatis que todos los gais catalanes nos cosamos una estrella en las camisas para que no tengan que perder el tiempo frente al televisor atisbando especímenes que pertenezcamos a esta categoría? A los nazis les fue muy bien dicha práctica con los judíos”. Excelente metáfora, estarán de acuerdo. Muy agudo. Pero dejémonos de imposturas y vayamos a lo que realmente importa; a lo que verdaderamente le ha molestado a Su Merced.

“Curiosamente ­–prosigue–, el vídeo que se adjunta en el reportaje para hablar de mi trayectoria es el referido a mi célebre paso por el Orgullo Gay, allá por el Pleistoceno. Veinte años de carrera para que te recuerden que eres catalán, gay, y que te pillaron perjudicado en una fiesta. Todo tan lamentable como fascista”. ¿Fascista? Qué obsesión... ¡Si en ese resumen sale hasta bien parado! Catalán, gay y… divertido. Sin esforzarme se me ocurren resúmenes infinitamente peores de sus veinte años de carrera. Claro que, y eso hay que reconocerlo, Su Merced es claramente de ese tipo de personas que nunca se ha metido públicamente con nadie, de esas que tienen un trabajo que cualquier abuela tildaría de “decente”. Y, por tanto, solo pide que el mundo le devuelva el bien que se ha encargado de sembrar.

Me agarro los machos y sigo leyendo: “¿Podéis creer que no perdía la esperanza de que algún responsable del portal se pusiera en contacto conmigo para pedirme disculpas? (…) Por no decir que no estaría de más que si Vanitatis cuenta con algún colaborador gay expresara públicamente su rechazo ante un artículo tan asqueroso”. El cinismo aquí alcanza cotas nunca conocidas, porque Su Merced sabe de sobra, porque conoce a la mitad de la redacción, que si una mañana los gais de este medio se dieran a la huelga, vendría solo la secretaria. Lo que me deja aún más claro que, en realidad, lo suyo es teatro. Puro teatro, que diría La Lupe. Impostura dramática. Y yo no soy homófobo (al menos así lo creía hasta ayer), pero intensófobo lo soy un rato.

Desde luego hay que ser muy intenso, hay que sentirse muy importante, para robarles el sentir a las víctimas del Holocausto y quedarse tan ancho. Una forma como otra cualquiera de victimizarte hasta la médula por la vía de la identificación patética. ¿Se puede estar en contra acaso de un señor que dice sentirse perseguido como gay y catalán a ese nivel? No. Por eso todos estamos hoy contigo; lloramos contigo; frivolizamos contigo.

Luego veo a Su Merced escribir cosas como la que sigue y ya no lo tengo todo tan claro: “A partir de ahora cualquier colaborador de Vanitatis está moralmente inhabilitado para criticar la línea editorial de Mediaset, que es algo que suelen hacer bastante a menudo con artículos llenos de lecciones de moralidad y presunto buen gusto”. ¡Toma ya! De víctima a verdugo en un miserable salto de página. Hace dos líneas estaba llorando contigo y ahora miro por la ventana del nazismo y, sinceramente, te veo más con un uniforme que con un pijama de rayas. Y que conste que lo digo sin acritud, porque yo sí soy un Gay (Nacho) con sentido del humor. Y de Ávila. Que no sé si es mejor o peor que ser catalán. Tendré que preguntar a Su Merced (déjenme ironizar con esto, déjenme rebajar el componente dramático de esta historia) si mi tren también va camino de Auschwitz.

El presentador Jorge Javier Vázquez en 'Supervivientes' (Gtres)
El presentador Jorge Javier Vázquez en 'Supervivientes' (Gtres)

Mientras lo averiguo, veo en Telecinco el estreno de Supervivientes, que es un programa que presenta un señor llamado Jorge Javier Vázquez, que por supuesto no tiene nada que ver con todo lo escrito anteriormente. Me encantaría contarles lo absolutamente bochornoso que me resultan ciertos capítulos de nuestra historia reciente, sin necesidad de remontarme siete décadas en el tiempo, hasta el nazismo, para empatizar con ustedes, queridos lectores. Sin embargo, no puedo. Recuerden que me han inhabilitado moralmente para tal misión. Así que apago la televisión de inmediato. En mi pecado, que en realidad es este, el de no aplaudir cada tarde, cada noche, estaba mi penitencia. ¿Verdad, Jorge?

Me pongo una telenovela venezolana para desengrasar. Aunque por lo que parece soy manifiestamente homófobo, me gustan las telenovelas, qué le vamos a hacer. Penúltimo capítulo de La Dueña. Adriana llega a la casa de Purificación Burgos. No se sabe cuál es más mala de las dos. La Puri está medio moribunda en la cama. Y va la otra, una cabrona integral, y le suelta:

“Estás vieja, Purificación. Eso me sorprende. Eso también es una mala noticia para alguien como tú. La muchacha de capacho que se hizo a sí misma desde abajo. Tan meritoria… Y ahora, tu reputación arruinada. Eres frágil. Un papelito… Un miserable anónimo te descompuso…”.

Lo quito inmediatamente. Después de leer el artículo acusatorio de marras, me siento muy identificado con Adriana cuando aplasta verbalmente a un ser tan indefenso. Y no me gusta. Además, lo que peor le viene a mi estado de ánimo en este momento es el acento venezolano (¿seré también xenófobo?).

Cada vez dudo más de mí y me siento peor persona, así que pongo la televisión de nuevo en busca de peores personas que yo que me hagan sentirme mejor. Telecinco es el canal. “¿Cuántas muertas se habrán quedado sin pelo para llevarlo tú?”, le dice Jorge Javier Vázquez a una morena tetona repleta de trenzas sintéticas. Apenas son las 22:00 horas. Muere el horario infantil en el canalillo de esta señora salida de Gandía Shore. ¿Dónde están mis sobrinas, que no están viendo esto? Perdón, no recordaba que estoy incapacitado moralmente para juzgar el percal, así que vuelvo a cambiar de canal.

Eva al desnudo. Lo que me faltaba, otro duelazo de divas. Pillo a Bette Davis en su máximo apogeo, en pleno Holocausto sentimental:

"Todos me conocen a mí, todo el mundo… Yo, en cambio, no he conseguido conocerme todavía. Soy Margo; eso, Margo... ¿Y eso qué es, aparte de una palabra en un letrero luminoso, aparte de algo llamado temperamento, que consiste en desmelenarse como una furia y gritar hasta el límite de su voz? Los niños también se comportan igual que yo, se tiran por el suelo y patalean, se emborracharían si pudieran cuando no consiguen lo que quieren, cuando se sienten faltos de apoyo, o de cariño..."

Me sé el texto de Margo Channing casi de memoria. Pobre. Mientras me voy a la cama, pienso que hay personas, como Margo, que ven muchos verdugos a su alrededor pero que en realidad solo son víctimas de sí mismas. En ese preciso momento, desconozco la razón, vuelve a mi cabeza Su Merced, ese que me ha hecho sentir hoy tan mala persona, tan Adriana, tan nazi. Me convenzo de que tengo que compensarle de algún modo. Pienso… Llego a la conclusión de que si él se ve a sí mismo vestidito con un pijama de rayas, mañana, recién amanezca, le pediré a Paco Sordo, un caricaturista con “supuesto buen gusto”, que se lo haga a modo de homenaje. Eso sí, con los colores de la Carta de Ajuste que, por mucho que se empeñen algunos en hacer creer lo contrario, son los únicos con los que hacemos ‘trajes’ en Vanitatis.

Carta de Ajuste
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