¿Dolera o el feminismo capitalista?

Parafraseando a la propia Leticia Dolera, sería interesante no poner el foco en un caso sino en la "cultura de la discriminación" en la que está inmersa la mujer en el ámbito laboral

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Querida Henar Álvarez, te agradezco profundamente tu análisis sosegado sobre la situación generada en torno a la no-contratación de Aina Clotet por parte de Leticia Dolera. Coincido contigo en la cuestión de que para una actriz, su cuerpo es su herramienta y que, en España, los presupuestos para producciones audiovisuales no son los mismos que en Hollywood. Por eso, no me atrevo a juzgar si tendría o no que contratar sí o sí a Aina Clotet. También quiero pensar que el valor de la actriz va más allá de su torso, aunque tampoco tengo criterio para valorarlo.

Sin embargo, y parafraseando a la propia Leticia Dolera, quizá sería interesante no poner el foco en un caso concreto sino en la "cultura de la discriminación" en la que está inmersa la mujer en el ámbito laboral. Por eso, vale la pena reflexionar sobre estas tres cuestiones:

La marginación en el mercado laboral

Dices que "cuando se hace un 'casting', se busca también un perfil físico determinado". No te quito razón. Lo cierto es que las mujeres, además de superar cientos de 'castings' diariamente en miles de procesos de selección, asumimos (como todos) que no debemos dejar el puesto de trabajo salvo causa de fuerza mayor accidental. Y a veces los embarazos lo son y el empresario/a prefiere directamente eliminar la posibilidad. Por eso, el caso de Clotet y Dolera abre la brecha para que se justifiquen despidos en otros ámbitos. En mi caso, por ejemplo, mi cuerpo es 'mi vehículo'. Gran parte de mi trabajo es comercial y, a estas alturas de embarazo (estoy de algo más de 30 semanas), no puedo hacer muchas cosas, como coger un avión para ir a ver a un cliente. Y, en cierto modo, no puedo desempeñar al 100% "el papel para el que se me contrató". ¿Justificaría esto que me despidieran? No sé por qué es más disculpable una discriminación por razón de género en el cine que en otros ámbitos, o si eso lo hace una activista del feminismo en vez de un hombre. Ojo con las puertas que abrimos…

El compromiso con la causa

Parece indudable que Leticia Dolera es una firme activista del movimiento feminista (su trayectoria pública de los últimos años así lo demuestra). Pero quizá no sea una persona comprometida con la mujer en un sentido integral. Me está costando mucho encontrar declaraciones suyas apoyando a las mujeres que nos sentimos "empoderadas" trabajando embarazadas y teniendo hijos que, además de luchar contra los elementos, estamos haciendo un gran bien por la continuidad de la especie y del Estado del bienestar. Parece que las madres o la maternidad no es sujeto digno de sororidad entre nuestras compañeras. Su activismo (que no compromiso) ha chocado de pleno con el capitalismo rampante en el que, por suerte o por desgracia, todos estamos inmersos y participamos, ella también. Y, como todo, la consecución de la igualdad es mutlifactorial, por lo que no valen soluciones unívocas o consignas pegadizas y parciales.

El feminismo igualitarista quizás haya muerto

Leticia Dolera no es una empresaria "más mala o más buena" que la media de empresarios. Busca proteger sus intereses. Lógico. Legítimo. Necesario. Pero ella ha sido la que ha abierto la caja de pandora al, por ejemplo, explicarnos qué es feminismo, cómo se puede ser o no ser feminista y tachando directamente de machistas a las que no hemos comulgado con las ruedas de molino del discurso oficialista. Estas mujeres, no es que no hayamos querido morder la manzana o hayamos mordido una "manzana envenenada". Sino que nuestra vida profesional, muchas veces ligada al sector privado y sin posibilidades de subvenciones o ayudas públicas cercanas, nos ha hecho ver la realidad y, por eso, no nos sentimos ni apoyadas ni representadas por el feminismo callejero. Quizás es que tengamos que mojarnos y fundar otra vía de feminismo al que podríamos llamar feminismo capitalista. Porque la realidad es que ser mujer, sentirse personalmente realizada, profesionalmente valorada, socialmente respetada y familiarmente querida, nos obliga a hacer el doble para, muchas veces, conseguir la mitad. Y es ahí donde todas las mujeres tendríamos que ir a una y convertir la sororidad (si alguien sabe lo que significa) en nuestro 'leitmotiv'.

Tampoco quisiera hacer más leña del árbol caído, pero sí abrir un debate más profundo. Si este es el momento de la presencia femenina en cualquier ámbito de la sociedad, quizá sea interesante tener en cuenta las dimensiones que hacen que todo sea más complejo para nosotras. De todas formas, me ha gustado leerte. Seguimos la conversación con un café cuando quieras.

*Carolina Díaz-Espina es doctora en Comunicación y analista de medios y redes sociales.

Chanquete ha muerto

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