Claudia Schiffer y la fantasía sexual total: qué diablos nos pasa a los hombres

Nos llevamos las manos a la cabeza cuando se produce una agresión sexual, pero los hombres raramente nos preguntamos qué valores estamos reforzando y promoviendo en el día a día

Foto: La modelo, retratada en el festival de Cannes de 2011. (Reuters/J. P.)
La modelo, retratada en el festival de Cannes de 2011. (Reuters/J. P.)

Es muy probable que hayan oído el chiste. A causa de una gran tormenta, un barco naufraga y tan solo sobreviven Claudia Schiffer y un hombre anónimo, que se refugian en una isla desierta. Pasa el tiempo y la confianza hace que acaben acostándose a diario. Al final sobreviene el hastío, y el hombre le pide tres sorprendentes deseos a la modelo. El primero, que le deje llamarle “Mariano”. El segundo, que se vista de hombre. El tercero, dejar que le cuente algo muy serio. Schiffer, claro, se los concede. Y mientras caminan por la playa, el hombre se dirige a la modelo, disfrazada de hombre, y le espeta: “Mariano, no me vas a creer… pero ¡llevo meses acostándome con Claudia Schiffer!”.

Es un chiste antiguo, que ha ido actualizándose a medida que han aparecido nuevos iconos sexuales, pero el fondo del asunto sigue invariable. Durante los últimos días, en los que el juicio a 'La manada' ha copado la actualidad informativa, me he acordado a menudo de él. Quizá porque define a la perfección uno de los puntos más oscuros de este debate con tantas aristas, que quizá se está pasando por alto cuando se encuentra en el centro del problema: la brutal importancia que tiene el sexo en la socialización de los hombres como medalla y señal de éxito, de forma que “follarse a una entre los cinco” sea algo de lo que presumir ante los demás. Un mérito, vaya.

Si hay algo que a uno le enseñan de joven, y es una lección de la que cuesta mucho deshacerse, es que la promiscuidad está relacionada con el éxito

Al leer de nuevo los mensajes enviados por el grupo me he vuelto a sentir perturbado por esa extraña sensación de familiaridad que desprenden. Yo también he leído cosas parecidas. A veces, en comentarios de foros de internet; otras, en conversaciones de móvil; en ocasiones, salido directamente de la boca de un amigo o conocido, en un bar, una cena o de fiesta. A simple vista podría parecer la típica cháchara de machito, pero a veces ese humor negro hacía que a uno se le quedase helada la sonrisa al preguntarse si esas bromitas con el cloroformo –jiji, jaja– no eran más bien síntomas de un deseo reprimido, si no tenían un trasfondo realmente violento. Y si, en determinadas circunstancias, no podía llegar a ocurrir algo que fuese mucho más allá de la simple palabrería.

Ni siquiera hace falta irse tan lejos para recordar que es una mentalidad que los hombres hemos aprendido desde la adolescencia y que reforzamos una y otra vez en nuestras conversaciones. Tampoco hay mucha voluntad de no hacerlo: es más cómodo autodefinirse como feminista ante las mujeres mientras que uno se sigue midiendo el tamaño de las hazañas sexuales con los colegotes. Porque si hay algo que a uno le enseñan de joven, y es una lección de la que cuesta mucho deshacerse, es que la promiscuidad es la medida del éxito masculino. De ahí que Barney Stinson, de 'Cómo conocí a vuestra madre', se convirtiese hace unos años en el modelo a imitar por los hombres de la cultura 'bro'. Era divertido y ligón, el macho perfecto.

Qué 'crack', colega

Cuando era preadolescente, a eso de los 12 o 13 años, había una pregunta que me resultaba especialmente molesta. Era esa de “¿qué, te has echado ya novia?”. A veces simplemente reflejaba esa mentalidad tierna de “mira qué monos los niños, hacen cositas de mayores”, pero en ocasiones dejaba entrever que se trataba de un importante rito de paso ahora que la pubertad estaba a la vuelta de la esquina. En mi caso particular, que no era de los guapos de la clase, era una cuestión violenta, porque contribuía a esa frustración exacerbada por los amigos… y los adultos. Así que solía responder con una risa nerviosa y me salía por la tangente, hasta que un día, contesté algo en plan “mal, y no preguntes”.

Se nos hace ver que hay una relación entre el sexo, el éxito y el consumo: los hombres poderosos creen que merecen tener todas las mujeres que deseen

Afortunadamente, mis padres me han transmitido valores en los que tener o no novia (no digamos ya ligar indiscriminadamente) no tenía nada que ver con el éxito, el bienestar ni la realización personal. Otros amigos no tuvieron la misma suerte. La adolescencia de muchos hombres suele ser un proceso de aprendizaje de la vida en manada, en la que el sexo se convierte pronto en una medida de la valía personal, de la virilidad, la herramienta para ser reconocido por los demás y ocupar un lugar elevado en la jerarquía. No hace falta ni revisar las películas de instituto, que han tratado una y otra vez el tema; bastaría con que un padre o un profesor observase las relaciones de poder intragrupales para ver cómo esto se convierte en una señal de estatus. ¿Educación sexual? Me parto de risa.

La publicidad, tan centrada en la mirada masculina, lleva décadas basándose en ese principio. Poco a poco, los hombres aprendemos de otros hombres que hay una asociación directa entre el éxito profesional, el dinero y el sexo, y que por ello existe una especie de derecho por parte de los hombres poderosos de poseer a las mujeres que quieran. Detrás de los escándalos sexuales que han explotado en las últimas semanas en la industria del cine palpita un mismo principio perverso: el poder te otorga derecho a acostarte con las mujeres que quieras, reforzando de esa manera tu estatus ante tus colegas (recordemos que una de las costumbres de Harvey Weinstein era presumir de sus conquistas… ante las mujeres a las que pretendía conquistar, como le pasó a Cara Delenvigne).

Barney Stinson, el puto amo.
Barney Stinson, el puto amo.

Durante estos días ha vuelto a circular en redes sociales un artículo de 'Vice' en el que se recogían mensajes de grupos de WhatsApp en los que se compartían fotos de mujeres desnudas con sus consiguientes comentarios. La genialidad del reportaje era poner de manifiesto, a través de unos mensajes en apariencia inocentes, un trasfondo de machismo que era reforzado por los propios miembros del grupo a través de clásicos como “mira qué guarra” (ah, el viejo doble rasero). Algo que puede sorprender a muchas mujeres, pero que los hombres hemos oído o visto cientos de veces desde nuestra adolescencia, que hemos aceptado como una simple cuestión de humor y que, en cierto grado, late en el subconsciente de 'La manada'.

El sexo como experiencia turística

Hay un acuerdo tácito en que todo esto no solo es aceptable, sino que sigue siendo un criterio muy fiable para medir lo muchísimo que lo 'peta' un hombre. De ahí que celebraciones como San Fermín se hayan convertido hasta cierto punto en parques temáticos donde seguir atajos para cumplir esas fantasías y, sobre todo, poder contarlas más tarde. El placer es lo de menos –me cuesta pensar que 'La manada' obtuviese cualquier clase de satisfacción sexual–; lo que importa, en este caso, es la sensación de poder ante la sumisión de la chica, la muesca en el revólver y, sobre todo, recibir la felicitación de los demás, la fantasía máxima de la sexualidad masculina.

El peligroso subconsciente masculino, agazapado bajo la apariencia del chiste, puede ser tremendamente destructivo cuando estalla

Aún diría yo más, se trata de una expresión más de la cultura de la experiencia, un gemelo oscuro de esa mentalidad que nos lleva a buscar nuestra realización personal acumulando vivencias. No puedo dejar de pensar en la conversación del WhatsApp de 'La manada', en la que uno de los acusados decía “vaya puta pasada de viaje” y sus amigos le respondían “cabrones, os envidio” o “esos son los viajes guapos”. Vaya, lo que cualquiera de nosotros podría decir cuando un amigo envía una foto de sus vacaciones en la playa, no cuando está perpetrando algo que huele fatal a kilómetros de distancia. Lo ocurrido es terrible, pero aún más lo es la normalidad, incluso el mérito, con el que es percibido por otros hombres.

Y esto es, salvando las distancias, mucho más habitual de lo que pensamos. Puede no ser la solución más eficiente a corto plazo, pero quizá iría bien empezar a replantearnos a quién y por qué damos palmaditas en la espalda y, sobre todo, dejar de reforzar actitudes en las que subyace un trasfondo de violencia. A lo mejor, aunque suene rancio, no viene de más un poco de puritanismo en la época del ultraliberalismo sexual, sobre todo porque las relaciones entre mujeres y hombres siguen siendo entendidas por muchos de estos como una expresión más de estatus, poder, control y reconocimiento dentro del grupo. De machismo, en definitiva. El peligroso subconsciente masculino, agazapado bajo la apariencia del chiste y de la distancia irónica, puede ser tremendamente destructivo cuando estalla.

Tribuna

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