Cómo ahorré 14.000 euros sin saberlo y por qué me lo voy a gastar todo en café

Cada vez abundan más los discursos sobre el ahorro centrados en echar la culpa a los que disponen de menos recursos por no ser capaces de sacrificarse (aún) más

Foto: Pequeños vicios, pequeños ahorros. (Reuters)
Pequeños vicios, pequeños ahorros. (Reuters)

Lo ha dicho la tele. Si usted se quita un cafelito al día y mete lo que se ahorra en una cuenta a tipo fijo, cuando se jubile tendrá nada menos que 28.000 euros. Siempre y cuando para entonces siga existiendo el dinero, claro. ¡28.000! ¡Dos años de sueldo de mileurista! La caja tonta me ha convencido, yo me subo al carro. ¿Me quito las cervezas? Venga ya, hombre. ¿Los discos? No quiero dar la última estocada a la pobre industria discográfica. ¿Los libros? Tampoco me supone tanto. Como no deje los yogures naturales, el papel higiénico o los filetes de panga, chungo.

Está difícil esto de ahorrar. Pero bueno, la clave parece estar en no consumir algo durante toda tu vida, ¿no? Y oye, fumador nunca he sido. Le pregunto a un compañero, cuya identidad no desvelaré, y me cuenta que se gasta cada día unos cinco euros en puritos olor vainilla (cada cual tiene sus perversiones). Si le hubiese seguido el ritmo desde los 25 años, aparte de unos pulmones color tizón y el aguante físico de un octogenario, tendría unos 14.000 euros más en el bolsillo. Que el destino no me haya llevado por los caminos del tabaco me ha permitido convertirme en un ejemplo de ahorro. Qué ganas tengo de decirle a mi madre que tiene la clase de hijo que todo político del PP desearía tener. Un turboahorrador, un protopensionista 'millennial'.

Qué decepción. El mismo día que descubro que soy un ahorrador fetén me doy cuenta de que no tengo en qué gastarme esa microfortuna

¿Que el razonamiento es tramposo? Nos ha fastidiado, pero también lo es vender que uno puede costearse la jubilación a base de cafés y en esas estamos. Es innegable el atractivo irónico de esta lógica, según la cual, cuanto más vicioso sea uno, más terminará ahorrando. Imagínese que en lugar de dejar de fumarme una cajetilla al día, fuesen dos. 28.000 euros en mi bolsillo a cambio de una salud de hierro. Son todo ventajas. Visto lo visto, si juntase todas esas cosas a las que he renunciado a lo largo de mi vida podría haber hecho una OPA hostil a Amazon. Pero no hay que tentar a la suerte. Voy a conformarme con esos 14.000 euros que tanto no-esfuerzo me ha costado conseguir a ver qué hago con ellos.

¿Pagar la entrada de un pisito para, no sé, encasquetárselo a una plataforma de alquiler turístico y vivir de las rentas? No sé, no sé. Incluso en el caso de que pudiese servirme para pagar la entrada de un apartamento de 20 metros cuadrados en el rincón más alejado del extrarradio madrileño, no sé si tengo muchas ganas de meterme en una hipoteca a 40 años. ¿Y un coche? Parecería una opción razonable si no fuese porque en mis circunstancias, un automóvil sería algo parecido a un agujero negro que chuparía más y más dinero en forma de seguros, plaza de garaje y gasolina. ¿Unos 'bitcoines'? Quita, quita, que ya huele a pufo.

Vicepresidente del BCE, ¡y sin renunciar a su café con leche! (Reuters/Andrea Comas)
Vicepresidente del BCE, ¡y sin renunciar a su café con leche! (Reuters/Andrea Comas)

Nada, tendrá que ser algo más asequible. Parece ser que el pequeño ahorro no da para grandes empresas, después de todo. Con 14.000 euros, eso sí, puedo comprarme 14 iPhone X, pero tener uno ya me parece excesivo. ¿Una consola para jugar a videojuegos? Para ese viaje no hacía falta alforjas. Eh… ¿discos, libros? Ya puedo comprar lo que necesito o deseo con lo poco que me sobra del sueldo; he aprendido que el lujo no es lo mío. Además, ya sabemos que los bienes materiales no dan la felicidad. Qué decepción. El mismo día que he descubierto que soy un ahorrador fetén me he dado cuenta de que no tengo ni idea de en qué gastar esa supuesta fortuna ahorrada.

Tras mucho pensar, he descubierto a qué voy a destinar esos 14.000 euros, y va a ser algo que realmente me gusta, que ocupa un papel importante en mi vida diaria y que considero que me va a convertir en una persona feliz. Me lo voy a gastar en café. Sí, sí, en café. Está rico, me da un chute de energía y oye, es un buen carburante para el 'networking', que como dicen los que saben, es lo que hay que hacer para trepar. Es un placer y una inversión: más de uno se ha abierto su camino hasta la cima de cafelito en cafelito. Lo siento, pero parece ser que quitarse de los vicios cotidianos no da más que para disfrutar de otros vicios… ya sea hoy o cuando tengamos 65 años (como poco).

El Ferrari invisible y el chocolate del loro

Como el buen lector sospechará a estas alturas, esta lógica del ahorro de baratillo no tiene ni pies ni cabeza. Es, de hecho, un 'remake' alargado del chiste del Ferrari. Ya saben, un amigo le pregunta a otro cuánto dinero se gasta al día en tabaco y desde hace cuánto. Le saca la cuenta y le reprocha que, si hubiese metido todo lo que ha dedicado a fumar en un fondo de interés fijo, podría haberse comprado un Ferrari con todo ello. La reacción del fumador es sorprendente pero palmaria. "¿Tú fumas?", le pregunta al otro que, claro, le dice que no. "Entonces, ¿tu Ferrari dónde está?".

Tener un Ferrari no quiere decir que dispongas de 100.000 euros, sino que puedes comprarte un cochazo, un casoplón y todo el café que quieras

No conozco a nadie que se haya comprado un cochazo por renunciar a sus pequeños vicios cotidianos (o haya dejado sin chocolate a su loro). Nuestros poderes políticos y mediáticos siguen promoviendo el ahorro a partir de premisas falaces que bajo una apariencia de ultrarracionalidad pasan por alto, por ejemplo, que tener un Ferrari no quiere decir que dispongas de 100.000 euros, sino de que tu nivel de ingresos es tan elevado que puedes comprarte un cochazo, un casoplón y, muy probablemente, permitirte todos los cafés que quieras. ¿Quién querría presumir de Ferrari entre sus colegas precarios si ello le obliga a renunciar al café para siempre? (Es decir, ¿se puede ser más hortera?)

Puede que mi mentalidad sea la de un perdedor que nunca romperá el techo de la clase media-baja, lo admito. Aunque sospecho que no estoy solo. Esta misma semana, los datos del INE recordaban que el ahorro familiar en España se encuentra cerca de su mínimo histórico, una noticia que coincide con la recomendación del gobierno a los españoles a ahorrar para complementar sus pensiones, que es como decirle a una persona que se está ahogando en el mar que no sea tonto, que dé brazadas más fuertes o si no terminará hundiéndose.

Yo me quedo con mi café, que aparte de estar bueno, es un símbolo de resistencia cotidiana. ¿De qué? De la defensa de un nivel de bienestar básico, que nos debería permitir disfrutar de los pequeños placeres de la vida sin tener que preocuparnos continuamente por el dinero; de la experiencia compartida, que siempre es más valiosa que adquirir esos caros cachivaches que la industria publicitaria nos vende sin parar; pero sobre todo, de rebeldía ante ese rancio paternalismo culpabilizador e interesado que intenta que nos sintamos mal por tomarnos un triste y barato café. Parafraseando a María Antonieta, no podemos comer Ferraris.

Tribuna

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
9 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios