Operación Truhan. El marrón que une las carreras de Ferreras y Julio Iglesias

Se cumplen 40 años de las primeras elecciones democráticas. La noche electoral de 1977 tuvo como estrella televisiva al cantante galáctico. Ayer y hoy de los especiales informativos

Foto: Julio Iglesias con Ferreras (montaje: Carmen Castellón)
Julio Iglesias con Ferreras (montaje: Carmen Castellón)
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No hay discusión posible: el momento político más aparatoso de 2016 fue el tragicómico Comité Federal del PSOE en el que le segaron la cabeza a Pedro Sánchez. Por su parte, el momento televisivo más espectacular lo protagonizó Antonio García Ferreras en el ‘Especial Al Rojo Vivo. La guerra de Ferraz’, que cubrió el ‘psoecidio’ en directo desde las 8.45 de la mañana y durante una cantidad absurda de horas: ¿Comió Ferreras ese día?, ¿se alimentó vía sonda gástrica?, ¿orinó en una bacinilla?… Son interrogantes que aún están por resolver de esa histórica jornada informativa.

El caso es que un desatado Ferreras logró mantener la tensión informativa hora tras hora, y oiga, no era sencillo: cubrir durante tanto tiempo un antievento televisivo –no había imágenes del interior del Comité Federal– era una mezcla de reto y marroncete. La Sexta batió récords de audiencia ese día y martirizó a la competencia, algo que en 2017 se da por sentado que hará cada vez que ‘pasa algo’, pero que hasta hace poco era ciencia ficción: la idea de que un canal generalista pudiera triunfar con un modelo basado en la acumulación de formatos informativos era considerada un disparate la pasada década; recuerden: el 15M (2011) lo tuvimos que seguir por Intereconomía porque era el único canal dispuesto a hacer una cobertura en directo de tal cosa…

No obstante, la cobertura informativa más rumbosa de la democracia no la ha protagonizado Ferreras, sino Julio Iglesias, en 1977. Ferreras antes que Ferreras: bienvenidos al loco mundo de 'Yulieras'.

He aquí una historia subterránea sobre la transición informativa en España: de la precariedad y el desvarío 'yulista' en el 77 a la abundancia ferrerista de recursos de hoy día.

La 'rave' de la democracia

Sucedió hace ahora 40 años. Corría el mes de junio de 1977, se aproximaban las primeras elecciones democráticas (15J) y el canal único (TVE) debía idear la primera noche televisiva electoral de la nueva era. ¿Especial informativo? ¿Tertulia con invitados, quizá? No exactamente: qué mejor que una gala en Florida Park con lo más granado de los baladistas románticos españoles, de Julio Iglesias a Isabel Pantoja, con conexiones en directo con la oficina electoral para conocer los últimos datos del escrutinio. O sea, un especial ‘Esta noche… fiesta’ (de la democracia), presentado por José María Íñigo, de cinco horas de duración…

Puede que a usted le suene disparatado dar los resultados electorales mientras ‘Yulio’ canta una balada vaporosa, pero tenía lógica histórica: 1) En 1977, las coberturas electorales estaban (lógicamente) en pañales. 2) El tamaño y la importancia de la industria informativa no tenía nada que ver con el que tiene ahora (el primer mitin de campaña de la UCD lo cubrieron… 12 periodistas). 3) TVE optó por el perfil bajo durante la campaña electoral para resguardarse de las críticas (los telediarios se abrían con noticias internacionales en lugar de con la actualidad política española), aunque su apariencia de neutralidad era engañosa: el presidente del Gobierno Adolfo Suárez utilizó habilidosamente la tele pública para reforzar su imagen. 4) El baladismo romántico, que ejercía el rol de apaciguador social, jugaba a favor del centrismo oficial (como se explica en el despiece que cierra este artículo).

Vamos, que España dejó el marrón televisivo de la entrada en la democracia en manos de Julio Iglesias (que se dice pronto). Y ‘Yulio’ no defraudó

José María Íñigo arrancó la gala explicando el objetivo de todo aquello: que a los españoles “no se les hiciera demasiado larga la noche electoral”; es decir, amenizar los resultados con “canciones que nos recuerdan a otra época, las canciones de toda la vida”. En otras palabras: 'catenaccio' de baladistas románticos para oír en familia y evitar sobresaltos innecesarios (la primera noche electoral iba a tener, oh sorpresa, más de continuista/reformista que de rupturista).

Por allí pasaron la flor y nata de la canción melódica: Manolo Escobar, Lolita, Karina, José Vélez, Alberto Cortez, Albert Hammond, Georgie Dann, el italiano Sandro Giacobbe y el francés Joe Dassin. Además de una indescriptible representación del humor celtibérico: del sainete sexual de Manolo Codeso al costumbrismo vocinglero de Pepe da Rosa, pasando por el incombustible caricato chileno Bigote Arrocet (que 40 años después sigue al pie del cañón en ‘Supervivientes’).

Cuesta abajo y sin frenos

Pero la verdadera estrella de la noche fue Julio Iglesias, al que Íñigo presentó como un hombre que lo ha “conseguido todo a golpe de pecho y espalda”, y al que se dio perfil altísimo durante toda la gala: primero, porque era la mayor estrella internacional de la música española; segundo, porque estaba a punto de irse a vivir a EEUU, como adelantó un afligido José María Íñigo.

No me voy de España, solo voy a pasar un poco más de tiempo en EEUU, aquí seguiré siempre, soy español hasta la médula

Julio, que actuó con un orquestón y cerca de la plenitud como intérprete, estuvo sembrado: cantó con la boca a 40 centímetros del micro (marca de la casa que ha debido infartar a toda una generación de técnicos de sonido), contó chistes picantes, disertó sobre su vida, se imitó así mismo, ligó con varias “señoras” del público, practicó el populismo (“no me voy de España, solo voy a pasar un poco más de tiempo en EEUU, aquí seguiré siempre, soy español hasta la médula”), y soltó 'weahs' sin ton ni son.

No fue un bolo cualquiera: Julio Iglesias cantó por primera vez una canción nueva con la que rompería las listas de éxito al año siguiente: ‘Soy un truhan, soy un señor’ que, como explicó el cantante en directo, era un traje biográfico a medida compuesto por el Dúo Dinámico. He aquí la esencia del ‘yulismo’ resumida en tres minutos…

Confieso que a veces soy cuerdo y a veces loco
Y amo así la vida y tomo de todo un poco
Me gustan las mujeres, me gusta el vino
Y si tengo que olvidarlas, bebo y olvido
Mujeres en mi vida hubo que me quisieron
Pero he de confesar que otras también me hirieron
Pero de cada momento que yo he vivido
Saqué sin perjudicar el mejor partido
Y es que yo
Amo la vida y amo el amor
Soy un truhan, soy un señor
Algo bohemio y soñador

Lo subrayamos por si no han entendido bien la trascendencia histórica del momento: la llegada de la democracia a España coincidió con la conversión de Julio Iglesias en personaje. El locurón, sí. Y luego dirán que la Transición fue un camino de rosas…

Contexto para entender la importancia de la transformación de Julio en personaje: no hay buena estrella del pop sin excesos disparatados, de Michael Jackson a Kanye West; y en España ese rol no lo cubren los cantantes 'indies', sino las folclóricas y los baladistas románticos: de la deriva corrupta y carcelaria de la Isabel Pantoja marbellí a los ademanes absurdos de Raphael sobre el escenario. Aunque si de vida exagerada hablamos, nadie hace sombra pop a Julio Iglesias: sus ‘chorrocientos’ millones de discos vendidos, sus disparatadas villas de ensueño en Miami y Punta Cana, su fama de haber copulado con cualquier mujer dispuesta entre Pitis y Alfa Centauri, sus declaraciones públicas dadaístas ("España me llena la boca, y la vesícula biliar")… Pues bien: todo arrancó el 15 de junio de 1977. Es el momento en que empieza a hablar de sí mismo en tercera persona, muta en un personaje (‘Yulio’) cuyas fogosas peripecias sentimentales pueblan sus canciones y salta a EEUU, donde su fama se exacerba hasta el punto de hacerle perder (a ratos) el contacto (sensato) con la realidad.

El rodillo liberal

Pero volvamos a la gala electoral: Julio reservó para el final las declaraciones políticas: “Hoy ha sido un día de concordia para todos nosotros, cada uno ha votado por su ideal, ojalá que salgamos ganando todos los españoles de este ideal”. Por la concordia y el borrón y cuenta nueva. Dicho lo cual, procedió a cantar ‘Minueto’, lo más parecido que tiene a un himno político junto a ‘Quijote’ (la de su inmortal ripio “soy cantor de silencios que no vive en paz, que presume de ser español donde va”).

Dentro extracto de ‘Minueto’:

Soy de un lugar
donde el viento se calma al llegar,
donde nadie es mejor ni peor,
sino igual,
no importa su ideal.
No, no tengo edad,
ni presumo de ser liberal
,
ni me gusta que hable
quien no puede hablar,
ni que me juzgue el azar.
Entre bohemia y burguesa,
mi sangre se queja
.

Moraleja: la canción con la que recibimos la democracia tuvo algo de conciliador y algo de profético. O 'Minueto' como himno para el suarecista de ayer y el riverista de hoy, como oda definitiva al 'mainstream' liberal (ese al que le obsesiona la libertad… y no tanto la igualdad). Al fin y al cabo, todos y cada uno de los presidentes del Gobierno de la democracia bien han sido liberales declarados (Suárez, Aznar, Rajoy), bien no han presumido de ser liberales… aunque en el fondo lo eran: recuerden a ZP cambiando la Constitución para blindar la austeridad o al felipismo solchaguista diciendo que España “es el país del mundo donde es más fácil hacerse rico”; frase que sería una versión sofisticada del delirio perpetrado por ‘Yulio’ en la cima de su popularidad ochentera: “La mayor ilusión de mi vida es que todos los españoles tengan un avión privado”. ¡Weah! ¡Larga vida al socialismo tropical!

El baladismo romántico de la UCD

La elección de una turbamulta de baladistas románticos para la noche electoral no estuvo exenta de sutiles significados ideológicos, como explicó Manuel Palacio en su ensayo ‘La televisión durante la Transición española’.

“Para la lógica de aquellos años del posfranquismo, la elección parece adecuada. Me explico. La derecha reformista, que dirigió el proceso que llevó a las elecciones democráticas de junio de 1977, había encontrado en los programas nocturnos de entretenimiento el refugio más sólido para sus presupuestos ideológicos. En un nivel más profundo, ese género se había utilizado en la España del franquismo para la creación de un imaginario edulcorante de la cultura popular, transmisor de valores conservadores… Los programas de entretenimiento tenían, si cabe, especial mala prensa para la opinión pública progresista; tal vez por las dificultades que ésta siempre tiene con la cultura popular; pero más tangiblemente porque consideraban que el franquismo había erosionado toda forma de cultura popular hasta el límite de prohibir las apariciones públicas y actuaciones de artistas de izquierda como Joan Manuel Serrat o, en los días del 77, de los exiliados latinoamericanos (y en este último caso, para escarnio adicional, eran frecuentes las presencias televisivas del humorista chileno Bigote Arrocet, que, se decía, era ‘pinochetista’ confeso)”, escribe Palacio.

El ensayista analiza cómo las galas de ‘Esta noche… fiesta’ del periodo 1976/1977 reman a favor del nuevo reformismo conservador. Y cómo nuestros cómicos y baladistas se adaptan a marchas forzadas a la nueva realidad democrática: 

“Las estrellas locales que habían crecido como artistas en el franquismo tenían que ir acomodándose a una nueva situación política que no acababan de comprender. Esos artistas formaban parte de una especie de derecha populista, pero parece evidente que su desorientación política frente a las cámaras de TVE podía ser un elemento que favorecía, por empatía con los televidentes conservadores, a los objetivos electorales del centrismo gubernamental. Un repaso de las entregas de ‘Esta noche… fiesta’ permite comprobar la confusión con la que vivían el periodo esas estrellas locales que habían sido ‘conformistas’ en la dictadura y que formaban parte activa del bloque social del que se nutría electoralmente el luego triunfante centrismo gubernamental".

El ensayista aporta como ejemplo un 'sketch' de Andrés Pajares titulado ‘Cómo votan los españoles’: "sale Andrés Pajares, con un público entregado que no para de reírse, e interpreta a un hombre simple que dice: ‘Hay un jaleo con esto de los diputados y el Senado; como hay tanto partido; está el POS, y el TS y el RTS. Un amigo mío se ha hecho un lío y ha votado a la RENFE’. Carcajadas generales”.

Palacio concluye así: “Si bien es posible que los valores simbólicos que emanan de los programas de entretenimiento y espectáculo televisivo sirvieran para vehicular mensajes que transmitían a los conservadores españoles que la democracia no significaba cambios realmente profundos (y que el mejor guardián y protector de sus intereses sería uno de los suyos como Adolfo Suárez), también en esos tiempos comienzan los gérmenes que rompían el monopolio de este tipo de valores en los programas de entretenimiento nocturno”.

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