¿Una víctima, yo?

La derecha que denunciaba las políticas de la identidad ha acabado por asumirlas como propias, solo que en defensa de su grupo y para atacar a los demás

Foto: El líder y fundador de Vox Santiago Abascal (Carmen Castellón)
El líder y fundador de Vox Santiago Abascal (Carmen Castellón)

Desde hace un tiempo, muchas conversaciones políticas en las que participo ―con gente de partidos, en el debate tras las presentaciones de libros, en charlas universitarias― acaban centrándose en las políticas de la identidad. Cuando me piden mi opinión sobre ellas suelo empezar respondiendo que soy escéptico, pero que también soy muy consciente de mi privilegio y de cómo este influye en mi parecer. Soy un hombre blanco, heterosexual, de clase media y europeo, y nunca he sido discriminado por mi aspecto, ni siquiera por mi ideología, aunque en algunos aspectos esta sea minoritaria. Por eso quiero ser cauteloso: quien nunca se ha sentido marginado por ser quién es no debería dar lecciones a quien es mucho más probable ―por ser mujer, por pertenecer a una minoría, por tener unos orígenes muy humildes― que sí haya sufrido discriminaciones. Pero soy escéptico con las políticas de la identidad.

Con frecuencia, mis interlocutores me miran con extrañeza, sobre todo si son de derechas. ¿No te agobia la corrección política? ¿No crees que, en el discurso público, los hombres son ahora las nuevas víctimas?, me preguntan. ¿No te parece que las feministas van a por hombres precisamente como tú? ¿No percibes un racismo inverso? Por ser de clase media, ¿no crees que la izquierda te persigue?

Tengo distintas respuestas a estas cuestiones, aunque al principio solo balbuceara, "¿Una víctima, yo?". No siempre estoy de acuerdo con algunas partes del pensamiento feminista, quizá no me encante la política fiscal de Podemos y la corrección política no siempre me parece beneficiosa. Pero, ¿una víctima?

Determinados individuos intentan blindarse de las críticas en razón de su identidad

Con el tiempo, he creído entender lo que ocurre. Las políticas de la identidad de izquierdas parten de la idea de que muchas personas han sido tradicionalmente marginadas de los puestos de poder, o siquiera de lograr una respetabilidad y una consideración básicas, por pertenecer a determinado grupo social. Esto es evidentemente cierto. Para corroborarlo, basta con leer un puñado de libros de historia. A veces, en el discurso público actual, la consecuencia de estas políticas es que determinados individuos intentan blindarse de las críticas en razón de su identidad: bajo este criterio, toda crítica a una mujer es machista; toda crítica (o hasta la indiferencia) hacia una práctica cultural propia de la gente que tiene ingresos bajos es clasista; toda oposición a unas medidas políticas concretas delata un interés perverso de quien la expresa por mantenerse en el poder.

El giro sorprendente, me ha parecido detectar, es que muchas personas de derechas que denuncian estas políticas de la identidad también las han asumido como propias, solo que en defensa de su grupo y para atacar a los demás. Algunos de mis interlocutores de derechas sienten de verdad que su identidad ―en casi todos los sentidos privilegiada, pero estoy seguro de que no siempre es el caso― está amenazada por poderes oscuros o visibles, reales o imaginarios. Ahora, para ellos su visión de la política también consiste en reafirmarse frente al otro, siempre desde el papel de víctima inocente a la que la sociedad quiere marginar, y que debe resistir y postularse en público. Al parecer, ya todos somos víctimas.

Identidad para todos

En última instancia, no se trata de una cuestión de izquierda y derecha. La política de la identidad se ha vuelto prácticamente ubicua y universal; se utiliza por igual para reivindicar poder ir al centro de Madrid en coche y para exigir que se dejen de utilizar expresiones que incluyan violencia contra los animales; para defender los toros o simular que el catolicismo está perseguido. Todos estamos atrincherados y con la sensación de que un simple debate democrático ―a veces inevitablemente agrio y faltón, en ocasiones tristemente repugnante, lo cual no es una novedad― es un intento de arrasar a nuestra tribu, acabar con ella, echar sal en sus cultivos. No soy ingenuo con respecto a las luchas de poder: algunas son juegos de suma cero, en los que si alguien gana X (por ejemplo, las mujeres), otro (por ejemplo, los hombres) pierde X. Pero en las sociedades liberales no siempre es así. Y deberíamos intentar evitar una de las características más habituales de la historia humana: adoptar exactamente los rasgos que más criticamos de nuestros adversarios.

Todos estamos atrincherados y con la sensación de que un simple debate democrático [...] es un intento de arrasar a nuestra tribu

Eso es aparentemente lo que está haciendo la derecha en España. Criticar la política de la identidad de la izquierda y a la vez adoptar sus peores estrategias (sí, hablo de Vox). Censurar los discutibles pactos que ha hecho el PSOE para llevar a cabo otros igualmente discutibles (sí, hablo de Vox). La vara de medir la moral se ha vuelto peligrosamente dúctil: todos estamos legitimados para adoptar la peor estrategia de nuestro adversario.

La democracia liberal debería consistir en lo contrario ―aunque tampoco debamos hacernos muchas ilusiones―, en admitir las cuestiones identitarias que no suponen un juego de suma cero e incluso aceptar algunas que lo son (como las cuotas de mujeres). En nada afecta a un católico que yo no lo sea; en nada afecta a mi matrimonio heterosexual que exista uno homosexual; en nada afecta a un omnívoro que haya vegetarianos; la mayoría de las cosas que yo decido hacer en nada afectan a la gente que decide hacer las contrarias. Lo que sí resultan perjudiciales son las tentaciones de convertir en normativa la propia conducta: creer que todo el mundo debería ser como yo, y pensar lo que yo pienso, y hacer lo que yo hago, o de lo contrario resignarse a asumir una posición secundaria. En eso consisten las insoportables guerras culturales, que no entienden que el pluralismo no es ni bueno ni malo, sino inevitable, y que a lo máximo que podemos aspirar es a gestionarlo con cuidado y saber que generará frustraciones. Nadie debe quedar del todo contento, con la salvedad de quienes merecen ser resarcidos por haber sido tradicionalmente marginados, pero no con la mirada puesta el pasado (ahí tengo dudas, pero diría que es así) sino en el futuro.

Existen las víctimas. Después están los perdedores temporales, pero eso todos lo somos alguna vez: cuando no nos gusta el partido que gobierna, nos perjudica determinada política fiscal o nos repele cierta tendencia cultural. Pero hay que distinguir claramente entre las dos cosas. Si no, corremos el riesgo de crear, en lugar de democracias plurales, guetos que compiten entre sí, algunos de los cuales lo forman privilegiados que se sienten legítimamente víctimas, pero que objetivamente no lo son.

Otra cuestión es a quién demonios le importa la objetividad hoy en día. Como tan a menudo ha hecho la izquierda, hoy la derecha piensa que la objetividad se puede construir a su medida.

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