En busca del leopardo de las nieves
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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En busca del leopardo de las nieves

El ensayista francés Sylvain Tesson urde en su último y encantador libro estrategias para escapar del mundo moderno con la ayuda de los animales

placeholder Foto: Un ejemplar de leopardo de las nieves. (CC/Pixabay)
Un ejemplar de leopardo de las nieves. (CC/Pixabay)

'El leopardo de las nieves'

Cuatro de la madrugada, -35 grados centígrados. Un hombre de mediana edad, escritor sofisticado y de éxito, que soñaba en las terrazas de París con cambiar de vida, que fantaseó con irse a vivir a la Provenza, se despierta en las montañas del Tíbet. Para no congelarse, se viste dentro del saco: encuentra un guante, se ata las botas, se quita el guante para apretar una hebilla. “Si tardabas un poco, el frío se apoderaba de un miembro y solo lo soltaba para morder otro”. Dos de sus compañeros, más experimentados, lo hacen más rápido. Pero a él le cuesta. Al final, sale de la tienda, aliviado por ponerse finalmente en marcha. ¿El objetivo del día? No mucho más que mirar animales.

Pero mirar animales es un asunto serio. Al menos, tal como lo cuenta Sylvain Tesson en (Taurus). Hastiado de la vida urbana, de las formas extrañas y agobiantes que ha adoptado la modernidad, Tesson acepta la invitación de Vincent Munier, un fotógrafo de la naturaleza que le propone ir al Tíbet en busca de un animal “que persigo desde hace seis años […] El leopardo de las nieves”. “Creía que había desaparecido”, le responde Tesson. “Eso es lo que quiere que creamos”, le dice el fotógrafo.

placeholder 'El leopardo de las nieves'. (Taurus)
'El leopardo de las nieves'. (Taurus)

Munier es un tipo peculiar, según el retrato del libro. Los científicos que colocan anillas a los colibríes y destripan animales para conocer sus sistemas digestivos, quienes ven el mundo natural en términos de estudio, datos y clasificación, le desprecian. Porque él no observa la naturaleza de esa manera. No le importa tanto el conocimiento como la poesía, dice Tesson. El fotógrafo “presentaba sus respetos al esplendor y solo a él. Veneraba la gracia del lobo, la elegancia de la grulla, la perfección del oso […]. Siempre parecía estar incubando una melancolía. Nunca elevaba el tono, para no asustar a los gorriones”.

Contra el mundo moderno

Tesson también es un tipo peculiar. Es uno de los escritores más abiertamente conservadores de una Francia dominada por una mezcla de progresismo racional y afición a la oscuridad conceptual. Detesta el mundo moderno, cree que los humanos no solo se equivocan al vivir como lo hacen, sino que su confianza en la ciencia y la tecnología les hace ser arrogantes y estúpidos. La gente entiende la vida como un conflicto permanente porque cree que puede abarcarlo todo: por eso, desde siempre, el hombre “ardía en deseos de hacer lo que temía, aspiraba a transgredir lo que acababa de construir, soñaba con aventuras recién vuelto a casa”. Como explicó en su libro anterior, 'Un verano con Homero', todos somos un poco como Ulises: queremos salir a la aventura, pero en cuanto nos hacemos a la mar, añoramos la casa con Penélope. En este libro —como todos los suyos, encantadoramente desordenado, demasiado poético para mi gusto, atrabiliario y caprichoso—, ve en los animales una huida de la angustia que esto le provoca. “Incapaz de fijarme una dirección única, vacilando entre la parada y el movimiento, sometido a la oscilación, envidiaba a los yaks”, el enorme animal tibetano, “monstruos encadenados en su determinismo y por ende dotados de la satisfacción de ser lo que eran, plantados allí donde podían sobrevivir”.

Todos somos Ulises: queremos salir a la aventura, pero añoramos la casa con Penélope

Por eso, el libro, que es esencialmente un relato de viajes por el Tíbet cargado de impresiones subjetivas, consiste sobre todo en esperas, en lo que llama “recechos”: esperar a que aparezcan animales para que Munier los fotografíe y Tesson, simplemente, los vea y los interprete como aquello que los humanos quizá deberían ser. Esperas, esperas. “De momento, solo el tiempo pasaba. Llegó un quebrantahuesos dando vueltas sobre nosotros con la esperanza de que estuviéramos muertos. Un lobo trotaba, sombra sin vergüenza. Una vez pasó un cuervo, tormento en la memoria del cielo. Otra vez un gato de Pallas sacó la cabeza de su escondrijo, adorable y arisco, como si nuestras ganas de acariciarle le enfurecieran. Pasamos tres días enteros recorriendo las hondonadas. El leopardo podía ser una roca y cada roca un leopardo, teníamos que andarnos con cien ojos”.

Uno no tiene por qué compartir el conservadurismo de Tesson, su visión de la naturaleza y su tendencia a las imágenes poéticas para entenderle y encontrar sentido a lo que escribe. Su mundo es un intento continuo de escapar de las modas, la tecnología, la política. Esperar tiene sentido. Fumar mientras se espera. Andar. “Saber desaparecer era un arte”, dice con admiración de Munier, un especialista en no ser visto y en no tener prisa. Pero no es necesario hacerlo en una meseta tibetana a 5.000 metros de altitud. “La grandeza de este ejercicio practicable en cualquier parte era que siempre deparaba lo que se esperaba de él. En la ventana de tu cuarto, en la terraza de un restaurante, en un bosque o a la orilla del agua, en sociedad o solo en un banco, bastaba con abrir bien los ojos y esperar a que apareciera algo. De no haber estado vigilantes, nunca lo habríamos visto. Y, aunque no pasara nada, la calidad del tiempo transcurrido había mejorado con la atención prestada. El rececho era una manera de proceder. Había que convertirlo en estilo de vida”.

Es poco probable que la mayoría de nosotros pudiésemos vivir así, recechando, contemplando, esperando a que un animal —o cualquier otra cosa— se presente ante nosotros. Pero la excentricidad de Tesson, su rareza y su personalidad son también una especie de desconexión de los grandes fastidios modernos a los que somos adictos y de los que, por mucho que a veces nos lo prometamos, ni siquiera intentamos desconectar. Por eso, a pesar de su escritura en ocasiones quebrada o lírica, siempre vale la pena acercarse a Tesson y, en especial, a 'El leopardo de las nieves'. Porque no les he dicho si al final encuentran al leopardo. Pero como pueden imaginar, eso apenas importa. Y a veces, está bien que sea así.

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