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De 'pijoprogres' a 'pijolocos': la decadencia imparable de las élites de Cataluña
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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De 'pijoprogres' a 'pijolocos': la decadencia imparable de las élites de Cataluña

El periodista Cristian Segura describe en su nuevo libro el ocaso de los mandamases catalanes, en cierta medida, por sus extravagancias ideológicas

Foto: Los expresidentes de la Generalitat Quim Torra y Artur Mas, en un acto contra la esclerosis múltiple en 2018. (EFE/Quique García)
Los expresidentes de la Generalitat Quim Torra y Artur Mas, en un acto contra la esclerosis múltiple en 2018. (EFE/Quique García)

Todos los grupos sociales cuentan con una pequeña élite que, en teoría, lidera su economía, genera ideas útiles para mantener la actividad social y conforma su gobierno porque tiene una cierta legitimidad. Sin embargo, las élites se crean y se destruyen. Pueden estar mucho tiempo al mando y crear las condiciones adecuadas para dejar a sus hijos ese poder de influencia —y el dinero que suele acompañarlo—, pero a veces esas élites toman una serie de malas decisiones, los hijos salen peor de lo que su educación selecta habría hecho suponer y el poder, poco a poco, va pasando a otras familias. Sucede todo el tiempo, en todas partes. Ahora está ocurriendo en Cataluña, y es un espectáculo digno de ver.

Ese espectáculo lo describe bien Cristian Segura en su libro 'Gent d’ordre. La desfeta d’una elit' (Galaxia Gutenberg publicará después de Navidad la versión en castellano). El retrato que hace Segura es particularmente interesante porque él, ahora periodista en El País, forma parte de esa élite y la entiende muy bien. Incluso le tiene cierto cariño. Es descendiente de las familias catalanas que viven en lo que llama el Upper Diagonal (entre la Bonanova y Sarrià), que consolidaron su prosperidad durante el franquismo, hicieron vida social alrededor del Club de Polo, el Trofeo Condé de Godó de tenis y el Barça, leían La Vanguardia, hablaban indistintamente en castellano y catalán, dirigían la industria y nunca, jamás, se metían en política.

placeholder 'Gent d'ordre' (Galaxia Gutenberg)
'Gent d'ordre' (Galaxia Gutenberg)

Estas élites, dice Segura, podían votar a Convergència en las elecciones a la Generalitat y al PP en las nacionales. Tenían servicio en casa de procedencia gallega, andaluza o extremeña —solo aquellos con un estatus realmente superior conseguían el bien más prestigioso: criadas filipinas— y llevaban a los niños al parvulario Pedralbes y luego a La Salle o el Sant Ignasi. Algunos eran de derechas, otros de izquierdas. Unos más catalanistas y otros más españolistas. Pero eran gente de orden. Sabían lo que hacían. Y mandaban desde la sombra porque nunca se dejaban ver demasiado. Ahora, dice Segura, esa élite está desapareciendo.

Estas élites podían votar a Convergència en la Generalitat y al PP en las nacionales

En cierta medida, por sus extravagancias ideológicas. Algunos partidarios sutiles del régimen de Franco se han hecho independentistas; otra parte importante de esa clase social se considera de izquierdas y progresista; hay incluso quien puede compatibilizar la presencia en el consejo del Círculo de Economía y el voto a la CUP. Segura le tiene cariño a los pijoprogres —burgueses izquierdistas, sofisticados intelectualmente y con mala conciencia—, pero se muestra perplejo ante la naturalidad con la que, en Cataluña, los millonarios clasistas que sorben cava con la élite económica en sus segundas residencias del Empordà se sienten revolucionarios y radicales. Además, muchos de los que no son pijoprogres son lo que Segura llama pijolocos: gente sin anclaje moral, que cree que puede utilizar su poder sin ninguna clase de límite, alardea de amistad con Juan Carlos I y comete extravagancias como —en un caso hilarante que cuenta el libro— alquilar el Palau de la Música y la Orquesta Simfònica del Vallès para dirigir, sin estar ni remotamente preparado, una sinfonía de Mahler ante invitados como Rodrigo Rato.

Política y negocios

“Mi tesis —dice Segura— es que la frivolidad es un rasgo fácilmente identificable en la sociedad catalana contemporánea, y entre las clases dirigentes de Barcelona, que tiene todas las necesidades cubiertas, es aún más evidente”. Pero más allá de eso, existe una realidad que Segura percibe muy bien: esta burguesía no supo entender la globalización, ni la manera en que esta podía suponer el fin de su pujanza económica. Ahora, se ve condenada a sobrevivir ligada a la política, mediante contratos de la Generalitat, cooperando ideológicamente con ella, haciendo inevitablemente algo que siempre quiso evitar: mezclar política y negocios. Es una forma de sobrevivir a la decadencia. Nada miserable, por supuesto, pero sí un tanto humillante para quienes se veían como una clase alta ejemplar y admirable.

Esta burguesía no supo entender la globalización y hora se ve condenada a sobrevivir ligada a la política, mediante contratos de la Generalitat

Segura relata con talento su experiencia en las calles por donde transitaba esta clase dirigente —Ganduxer con Diagonal, Marià Cubí, Aribau, Tuset—, los recuerdos de una infancia privilegiada y el acceso a las élites económicas y políticas que le facilitó su trabajo como periodista. El libro es irregular —a veces, Segura se deja llevar por su biografía o enfatiza demasiado que él, en el fondo, era distinto debido a su amor por la lectura y el rechazo a las convenciones educativas—, pero, sin ser un ensayo con vocación sesuda, sino una mirada personal y socarrona, resulta muy valioso. Quienes hemos conocido de cerca ese mundo, pero no pertenecemos a él, lo describiríamos con mucho más resentimiento. El afecto que demuestra Segura, aunque parezca contradictorio, hace que su retrato sea más devastador que si lo hubiera escrito un charnego como yo.

“El 20 de septiembre de 2017 fue el día en que el mundo del orden se derrumbó de manera definitiva. Hay muchas efemérides anteriores y posteriores, vinculadas al circo de la independencia, que podrían servir como señal de no retorno”, pero ese día muchos de los que pertenecían a esa clase social se manifestaron contra la operación judicial que investigaba a la Generalitat por delitos vinculados al “procés”. Eran, dice Segura”, “adultos y jóvenes cuya criada les esperaba en casa a que volvieran de hacer la revolución para servirles la cena y, además, con la urgencia de escoger en cuál de sus casas de veraneo pasarían el inminente puente de la Mercè”.

La decadencia de la vieja burguesía catalana es fruto de cierta frivolidad ideológica y el cambio del mundo, como bien apunta Segura. Su retrato de lo primero es particularmente divertido, triste y, para quienes la hemos visto de cerca, todo un espectáculo.

Todos los grupos sociales cuentan con una pequeña élite que, en teoría, lidera su economía, genera ideas útiles para mantener la actividad social y conforma su gobierno porque tiene una cierta legitimidad. Sin embargo, las élites se crean y se destruyen. Pueden estar mucho tiempo al mando y crear las condiciones adecuadas para dejar a sus hijos ese poder de influencia —y el dinero que suele acompañarlo—, pero a veces esas élites toman una serie de malas decisiones, los hijos salen peor de lo que su educación selecta habría hecho suponer y el poder, poco a poco, va pasando a otras familias. Sucede todo el tiempo, en todas partes. Ahora está ocurriendo en Cataluña, y es un espectáculo digno de ver.

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