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Maquiavelo en Kiev: lecciones siniestras (y una pequeña esperanza para Ucrania)
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Maquiavelo en Kiev: lecciones siniestras (y una pequeña esperanza para Ucrania)

¿Cómo interpretaríamos hoy 'El príncipe' si se hubiera escrito en la capital del país invadido por Rusia en 2022 y no en la Florencia de 1513?

Foto: Maquiavelo.
Maquiavelo.
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Ningún escritor ha sido interpretado de maneras más dispares que Maquiavelo. Como recuerda el filósofo Isaiah Berlin en un célebre ensayo sobre su obra, convertido ahora en el prólogo de la nueva edición de 'El príncipe' que ha publicado Página Indómita, se ha considerado que sus escritos son los de alguien angustiado por la crueldad de los hombres, una celebración de esa misma crueldad y una parodia de la política real —porque nadie en su sano juicio, dicen los partidarios de esta visión, describiría al ser humano con esa crudeza—. También los de un impasible técnico de la política o los de un mero esteta que retrata la brutalidad del mundo y recomienda que nos encerremos en una torre de marfil y encontremos consuelo en el arte.

La interpretación de Berlin difiere de todas ellas. Para él, el mensaje último de Maquiavelo es que, por mucho que las virtudes cristianas sean respetables, y que quienes las cumplan sean “buenos hombres”, un gobernante que actuara según ellas fracasaría y sería derrotado. “Maquiavelo no condena explícitamente la moral cristiana —dice Berlin—: tan solo señala que dicha moral, al menos en los gobernantes (…) resulta incompatible con esos fines sociales que, según él piensa, es natural y sabio que los hombres busquen. Uno puede, por un lado, salvar su alma y, por otro, fundar, o mantener o servir un gran y glorioso Estado, pero no siempre es posible hacer ambas cosas a la vez”.

Foto: Vladímir Putin. (EFE/Mikhael Klimentyev)

Mientras releía el ensayo estos días, pensaba inevitablemente en la invasión de Ucrania por parte de las tropas rusas, cada vez más brutal. Vladímir Putin la inició, en parte, por motivos religiosos: cree que la religión del mundo eslavo es una, la ortodoxa, y que los contornos de su Iglesia —hoy dividida en la rama rusa y la ucraniana— deben coincidir con los de un solo Estado, que se apoyará en ella para luchar contra el liberalismo, los gais y la cultura occidental. Putin ha decidido, como en cierta medida insinuaba Maquiavelo e interpretaba Berlin, que para restaurar el imperio del cristianismo es inevitable llevar a cabo acciones definitivamente no cristianas: matar, destruir e incluso utilizar, como anunció, a mercenarios musulmanes para conseguirlo. Maquiavelo no se sorprendería, le parecería una situación tristemente realista, que forma parte del inherente drama humano. Ahora bien, ¿cómo interpretaríamos hoy 'El príncipe' si lo hubiera escrito en el Kiev de 2022 y no en la Florencia de 1513?

placeholder 'El príncipe'. (Página indómita)
'El príncipe'. (Página indómita)

'El príncipe' pretende ser un compendio de consejos para el buen gobernante, y uno de los primeros es particularmente siniestro: “A los hombres se les ha de mimar o aplastar, pues se vengan de las ofensas ligeras, ya que de las graves no pueden: la afrenta que se hace a un hombre debe ser, por tanto, tal que no haya ocasión de temer su venganza”. Es decir, en un mundo ideal, el gobernante debe intentar seducir a sus gobernados, colmarles de halagos e incluso de bienes materiales. Sin embargo, debe tener claro que se tomarán mal cualquier ofensa, y tratarán de vengarse de ella, por lo que, si se les va a agraviar de alguna forma, lo mejor es hacerlo de manera drástica, expulsándoles de la ciudad, encarcelándoles o matándoles: solo así estará seguro el gobernante de que sus gobernados no ejecutarán su venganza. Es un consejo particularmente ominoso en una guerra de conquista como la actual.

De Pedro el Grande a Putin

Maquiavelo consideraba que el gobernante debía buscar en el pasado su modelo de conducta. Encontrar en alguno de los grandes políticos que le precedieron la senda a seguir: “aunque no se pueda seguir con estricta fidelidad los pasos de los demás, ni sea tampoco posible alcanzar la virtud de aquellos a quienes imitas (...) un hombre prudente debe discurrir siempre por las vías trazadas por los grandes hombres e imitar a aquellos que han sobresalido extraordinariamente por encima de los demás”. Vladímir Putin es consciente de esto y ha declarado en varias ocasiones que su gobernante histórico preferido es Pedro el Grande, de quien tiene una estatua de bronce en uno de sus escritorios. Pedro el Grande fue el creador en el siglo XVIII del Imperio ruso moderno, algo que consiguió tras dedicar cuatro décadas a la guerra y la conquista: arrebató para su país tierras de Finlandia, los actuales países bálticos y el mar Negro, del que hoy tanto volvemos a hablar. En una entrevista de hace un par de años, Putin afirmó que Pedro el Grande “seguirá vivo mientras siga viva su causa”. Parece claro a qué gobernante del pasado quiere emular.

Es la fortaleza inesperada de los ucranianos y el imprevisto liderazgo de Zelenski lo que está desmoralizando a los soldados rusos

Pero en Maquiavelo también hay alguna esperanza para Ucrania, o al menos una advertencia sobre la imposibilidad de conquistar el país tal como pretende Putin: “Los hombres se apartan siempre de las empresas en las que aprecian dificultad, y ninguna facilidad puede verse en asaltar a alguien cuya ciudad está bien defendida y que además no es odiado por el pueblo”. ¿Es eso, la fortaleza inesperada de los ucranianos y el imprevisto liderazgo de su líder, Zelenski, lo que está desmoralizando a tantos soldados rusos, haciendo incluso que abandonen sus puestos y su material bélico? Eso también tiene un reverso: la moral del ejército, a veces, se mantiene alta mediante la crueldad con el enemigo: “cuando el príncipe se encuentra con los ejércitos y tiene a sus órdenes a multitud de soldados, entonces es absolutamente necesario que no se preocupe de la fama de cruel, porque, de lo contrario, nunca mantendrá al ejército unido ni dispuesto a acometer empresa alguna”.

Pero en Maquiavelo hay muchas más lecciones, la mayoría de ellas, la verdad, funestas. Por ejemplo, “La naturaleza de los pueblos es inconstante: resulta fácil convencerles de una cosa, pero es difícil mantenerlos convencidos. Por eso conviene estar preparado, de manera que cuando dejen de creer se les pueda hacer creer por la fuerza”; O bien: “Vale más ser impetuoso que ser precavido porque la fortuna es mujer y es necesario, si se quiere tenerla sumisa, castigarla y golpearla. Y se ve que se deja someter antes por estos que por quienes proceden fríamente”.

La obra de Maquiavelo no solo ha sido interpretada de muchas maneras, también se ha valorado su vigencia en la actualidad, en un mundo democrático, interconectado e impregnado de una cultura liberal. Si me hubieran preguntado hace tres semanas, habría dicho que ahora sus enseñanzas solo pueden aplicarse de una manera retórica, estratégica y posmoderna: como una versión descafeinada del brutal mundo del siglo XVI. Al releerlo con el trasfondo de una guerra, y con Putin en mente, créanme que ahora pienso de otra forma.

Ningún escritor ha sido interpretado de maneras más dispares que Maquiavelo. Como recuerda el filósofo Isaiah Berlin en un célebre ensayo sobre su obra, convertido ahora en el prólogo de la nueva edición de 'El príncipe' que ha publicado Página Indómita, se ha considerado que sus escritos son los de alguien angustiado por la crueldad de los hombres, una celebración de esa misma crueldad y una parodia de la política real —porque nadie en su sano juicio, dicen los partidarios de esta visión, describiría al ser humano con esa crudeza—. También los de un impasible técnico de la política o los de un mero esteta que retrata la brutalidad del mundo y recomienda que nos encerremos en una torre de marfil y encontremos consuelo en el arte.

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