La tristeza heroica de los meteoros
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Ricardo Menéndez Salmón

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La tristeza heroica de los meteoros

'El astrágalo', de Albertine Sarrazin, es uno de esos libros resistentes al olvido. Una historia que no es un cuento de hadas, pero que aspira a una vida mejor

Foto: Albertine Sarrazin
Albertine Sarrazin

Entre cliché y realidad, mito y verdad, lugar común y detalle íntimo, cómo encajar ciertas aventuras. Sin duda no es sencillo. Como no es sencillo aventurar pronósticos sobre la pervivencia de determinados documentos, su capacidad para convertir lo individual en símbolo e incluso su resistencia a ser expulsados de un posible canon de la singularidad.

Compredo hoy, por ejemplo, al reencontrarme con El astrágalo, que este libro ha acompañado a menudo el marco de mis paisajes sentimentales. Tanto su edición original en Lumen, de 1967, como su consagración en el hogar burgués español con Círculo de Lectores, dos años más tarde, han hecho que esta novela estuviera disponible en las baldas de las bibliotecas familiares y en sus extensiones más o menos frecuentadas: salas de lectura de hospitales, centros públicos de enseñanza, incluso esos hoteles «con encanto» que atesoran, desde tiempos mejores, junto a la cerámica del lugar y las fotografías de una naturaleza domesticada, un puñado de libros resistentes al olvido y, al tiempo, tantas veces convertidos ellos mismos en olvido. Estar en todas partes para no estar en ninguna: un curioso enigma.

Existe un aire de familia en la peripecia de Albertine Sarrazin, todo un arte de la vida peligrosa que emparenta su historia, una historia que nunca es un cuento de hadas, pero que aspira siempre a tocar el cielo de una vida más alta, digna y libre, con referentes como Toni, de Jean Renoir, Pickpocket, de Robert Bresson, y Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard. Así, entre el elogio del naturalismo de los bajos fondos y la búsqueda de un principio redentor que sustituye la religión por la alquimia de la violencia, irrumpe un arrollador espíritu de discordia encarnado en la insolencia de la juventud.

Fotograma de 'Al final de la escapada'Eso es lo que Sarrazin logró plasmar en su primera y celebrada novela: los conflictos de una mujer con una infancia difícil, condenada a prisión y lanzada por las circunstancias a la posibilidad de un mañana gracias al amor.

Porque la vida de Sarrazin, que posee matices genetianos y quizá hubiera podido conmover a Foucault e interesar a Bataille, es en efecto un torbellino: asistencia pública, familia postiza, desarraigo, problemas escolares, reformatorio, delincuencia, prostitución, cárcel, fuga, éxtasis amoroso, asilo literario, fama, muerte accidental. Todo ello, por supuesto, a ritmo de punk: la escritora falleció a los 29 años.

Portada de 'El astrágalo' (Seix Barral)La literatura testimonial siempre corre el riesgo de ser ejemplarizante. Aunque sea una ejemplaridad malévola o, si se quiere, demoniaca. No es el caso. Sarrazin es una narradora sin ánimo de lucro. Es decir: no trata de convencer a nadie de la brutalidad del sistema, del fatalismo inherente a su vida, de la fortaleza de ciertas decisiones asumidas al margen de la sociedad y sus costumbres.

En ese sentido, El astrágalo es un libro impecable, porque no tiene que justificar su razón a cada paso, y quizá por ello uno pueda comprender, aun hoy, en un mundo que sonríe con educado cinismo ante estas rebeliones sin sangre, que para alguien como Patti Smith, firmante del prólogo, semejante obra haya podido poseer el aroma de una biblia laica.

Sarrazin no es una filósofa precursora del biopoder, no hace sociología del lumpen, no escarba en las contradicciones del monstruo frío. Su texto, que es un encomio de la primera persona, atiende más a la singularidad que a la época, antes al individuo que al sistema que lo embruja. Al hacerlo, revela en definitiva un yo complejo, cuya ira es manifiesta pero al tiempo sobria, y que desde la perspectiva de quien demasiado pronto ha visto ya demasiadas cosas, apunta sin embargo a un principio no tanto de resistencia cuanto de esperanza.

Después de todo, cuando Anne, alter ego de Sarrazin, acaba siendo detenida por la policía en un hotel, piensa en Julien, su amor, desde la promesa de un reencuentro en la «plataforma luminosa».

Ese reencuentro a Sarrazin se lo concedió la literatura, que la convirtió de la noche a la mañana en una estrella emergente, y se lo robó una negligencia médica, que la mató en una mesa de operaciones en la clínica Saint-Roch de Montpellier. Conservada en esa muerte prematura, que a menudo impide juicios más hondos y significativos, y a quien el tiempo, al detenerse, deja de herir, su figura resiste con esa mezcla de heroísmo y tristeza que provocan los meteoros.

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