Y la ciudad se quedó desierta

La calle sin gente no es calle, es otra cosa, no sé cual, pero una que dista mucho de ser calle

Foto: 'La ciudad ideal' (¿Piero della Francesca?).
'La ciudad ideal' (¿Piero della Francesca?).

Llevamos tanto tiempo viviendo bajo severas arquitecturas, a la sombra de pórticos, en mitad de planimetrías henchidas de aleros y estandartes, de soportales y pasillos, que, en parte, hemos abandonado nuestra naturaleza para ser yeso, para transformarnos, también, en bronce y piedra. Siglos abrazando columnas, ascendiendo por interminables escaleras, como en 'Ordesa', soportando el peso de claves y nervios, de cúpulas y linternas. Toda una vida —mil vidas— convertida en escenario, devorada por la tramoya.

Y ahora, confinados en nuestras habitaciones, de vuelta a nuestros cuartos, al mirarnos al espejo descubrimos que, todo eso, los adoquines y las pizarras, el granito y el cristal, sigue ahí, pero que, sin nosotros, está muerto. Naturalezas verdaderamente muertas y no como las de Sánchez Cotán (“siempre vivas” para Jorge Guillén). Naturalezas artificiales, artificiosas, de las que inexorablemente somos directa y obligada prolongación. Pero, hoy, desde la ventana, recuperado ese yo que se convirtió en estatua, miramos un mundo sobrevenido en telón de fondo, en simple decorado; y todo es silente, siniestro, casi absurdo.

'Bodegón de caza, hortalizas y frutas', de Juan Sánchez Cotán (1602).
'Bodegón de caza, hortalizas y frutas', de Juan Sánchez Cotán (1602).

La calle sin gente no es calle, es otra cosa, no sé cual, pero una que dista mucho de ser calle. Como la plaza que, vacía, ahora, es contenedor de nadas, experimento centrífugo de un nuevo orden. Y es que, si el hombre es medida del mundo, un mundo sin hombres deja de ser tangible, deja de ser pensable. Pura confusión.

De repente los muros, mejor o peor ornados, más o menos célebres, pasan a ser fronteras del aire, límites de un tiempo que tampoco existe. Estructuras geométricas que se superponen para atrapar al euclidiano caos. Todo un juego de planos que se adhieren hasta conformar la maqueta de aquello que, un día, soñamos que queríamos ser.

La virtud de la soledad

Sorprende que la ciudad ideal del Renacimiento, la que quizá pintara Piero della Francesca, aparezca, también, ordenadamente desierta, como si en esa autoimpuesta soledad se hallara parte de la virtud. Fachadas marmóreas con sus órdenes alineados se suceden en mitad de un sordo mutismo, bajo un profundo y artificioso cielo azul. Pozos, como el de Pienza, elevados como altares. Todo bajo el taimado y matemático estigma del horizonte inmóvil, de un peligroso y único punto de fuga.

Así emergen, también, las ciudades en las pinturas de Giorgio de Chirico, rotundas pero vacías, impasibles y, sin embargo, bellas. Una belleza que podríamos decir clásica porque resulta eterna. Edificios suaves y redondeados. Apagados frontones. Pilastras escurridas y sin rastro de acanaladuras. Condotieros congelados arrojando fantasmagóricas siluetas sobre un pavimento casi virgen. Restos de una sociedad enclaustrada que se proyecta en forma de cuerpos destartalados, a base de maniquís con alma de héroe que llenan la escena.

Giorgio De Chirico, 'Presente e passato'.
Giorgio De Chirico, 'Presente e passato'.

Siempre inquieta una iglesia vacía, un cine vacío, uno de esos museos atestados de espíritus curiosos sepultado, de repente, en la más absoluta insignificancia, en el más severo aislamiento. Aterroriza pensar que esas privilegiadas cáscaras puedan, un día, quedarse vacías, sin nadie que las mire, sin nadie que las sienta; como si el ojo de Candida Hofer fuera la tónica, la pauta, la única certeza posible en medio de un mundo cada vez más incierto.

De todas sus fotografías, de toda su colección de ausencias, de perfectas anomalías, las obras más inquietantes, las más severas, son, sin duda, las que presentan teatros vacíos (si es que un teatro vacío se puede llamar teatro). Butacas inertes engastadas, unas junto a otras, como cuentas de un rosario. Pesados telones, nacidos para ocultar de la vista la liturgia de las tablas, echados sin más. Escenarios que anhelan ser pisados, que necesitan del poder del gesto, de la palabra, de la inagotable fuerza de la interpretación. Como esos que retrata Juan Baraja, atravesados por la fría luz del silencio. Y, aunque allí sigan todas las historias, todos los poemas, como Pascal Rambert dice en su 'Ensayo', algunos queremos saber “cómo sigue”, necesitamos “comprender los actos y su estructura de hierro (…), de dónde procede, cómo toma forma, (…) cómo nace una pasión”. Porque, en definitiva, eso es el teatro, pura pasión.

Juan Baraja - Teatro Real
Juan Baraja - Teatro Real

Si, como aseguran, los amores imposibles no terminan nunca, el teatro ha de ser, por fuerza, una de esas quimeras. Como el amor, te colma, te merma, te vacía. Te excita, te arroba. Te conduce por terrenos que pensabas huecos. Te increpa. Huyes y te persigue. Te encuentra. Regresas y no hallas respuesta. Lo anhelas. Lo odias. Lo deseas. Como el amor, “tanto engorda como mata; hace más cortos los días”.

Por eso, ahora, reconvertidos en hombres, en mujeres, de nuevo carne, y mientras dure el encierro, es tiempo de pensar en teatro, de leer teatro, de soñar con teatro. Y volveremos a llenar las salas. Y regresaremos ante ese espejo, cóncavo o convexo, para que nos ofrezca un reflejo del mundo que nos rodea, ese que intenta devorarnos hasta volvernos piedra. Pero, mientras, aprovechemos para tomar conciencia de que, nosotros, también somos actores de un drama, de una comedia. Nosotros, espíritus encerrados en escenarios pequeños desde donde ser vistos, esas mismas ventanas que, hoy, nos permiten mirar. Nosotros, a fin de cuentas, personajes en busca de autor.

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