Atraco, paliza y muerte
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Jaime M. de los Santos

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Atraco, paliza y muerte

Nao Albet y Marcel Borràs acaban de estrenar en el Teatro María Guerrero su última obra, protagonizada por Irene Escolar

placeholder Foto: Irene Escolar en 'Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach'. (Luz Soria)
Irene Escolar en 'Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach'. (Luz Soria)

Hay algo profundamente bello en 'Un chien andalou'. Y perturbador. Algo mistérico. Asfixiante. Romántico (a la manera de Rilke). Noctámbulo. Si recordara mis sueños, muchos, estoy seguro, se le parecerían. Bastante. Con esa atmósfera apremiante y severa. Cruel. Con esa imprescindible anarquía. Me gustaría que también fuesen en blanco y negro; simple razón de estética. Sobre todo las pesadillas. Un poco Murnau. El tecnicolor mata el miedo, lo funde. Para cuando Buñuel diga que su cinta no es más que “un llamamiento público al asesinato”, Federico García Lorca ya le ha dado la réplica. Con su particular 'Viaje a la luna'. Desde Nueva York; que “está de pie”. Eso dejó escrito Le Corbusier, cuando las catedrales todavía eran blancas. Un viaje en setenta y dos cuadros que se confunden y equivocan, que golpean y enamoran. Un proyecto de guion cinematográfico y un texto mucho más que extraño. Una rareza maravillosa. Las mujeres son esenciales en este viaje lunático y surreal. Como en todo. Y Marta Pazos la responsable de reconstruir en silencio el poema entrecortado, la farsa simbolista. Bailando. Con una mantilla infinita de infinito encaje. Bajo palio. Sobre un fondo amarillo. Una experiencia inmersiva y grácil, una huida. Hacia espacios ignotos. A veces velados. Una fábrica de sueños.

placeholder 'Viaje a la Luna', Federico García Lorca-Marta Pazos. (Sílvia Poch)
'Viaje a la Luna', Federico García Lorca-Marta Pazos. (Sílvia Poch)

Irene Escolar siempre soñó con ser actriz. Seguro que lo hacía en color. Yo, pienso en Lorca y la veo. Cubierta de sangre, como Julieta. Arrastrada por caballos. Leyéndole suave; en la Residencia de Estudiantes. Con amor. El público, también lo escribió Federico en Nueva York. El mismo año. Igualmente plagado de trampas, de imágenes sugeridas. Sugerentes. Se lo entregó a Martínez Nadal, en Madrid, aterrorizado, “por si no vuelvo”. Jamás regresó. Irene es una actriz grande. Hace crepitar la palabra. Administra el silencio. Se mueve con inteligencia aprehendida. Mira despacio. Siente. Nao Albet y Marcel Borràs la colocan en otro sitio. Ni mejor ni peor. Distinto. Más libre. Y baila arañando una barra. En Las Vegas. Y acaba atracando un banco. En Agbanäspach. Puro metateatro. Cuando no hay reglas, o muy pocas, fluye enérgica, poderosa. Una presencia necesaria para seguir buceando, lo mismo que Lorca, en los porqués del teatro. En los para qué. Incluso “bajo la arena”. Travestida de ladrona. Vestida de blanco.

placeholder Marcel Borràs en 'Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach'. (Luz Soria)
Marcel Borràs en 'Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach'. (Luz Soria)

La obra rebosa las tablas. Cubre el patio, una parte. Y llega a cada rincón del teatro. En forma de relámpago. Eso es, eso son, una tormenta. De ideas, todas buenas; de talento. Irene es el vórtice, la instigadora obligada. Ese material sensible que acaba por explotar. Que revierte todo. Un poco Pandora. Un poco Eva. También Melpómene. Porque lo que allí sucede es trágico. Lisérgico. Una misma realidad vista desde distintos planos. A cada cual más irreal. Por eso es creíble. Verosímil. Con guiños a Tarantino. A Woody Allen. A Luis Buñuel. Sí, también hay algo del ángel exterminador en esta triple farsa. Algo absurdo. Un grupo de personas que no pueden hacer lo que quieren. Con el tiempo trastocado. Los de la “calle providencia” arrumbados en una mansión decaída. Los de Agbanäspach en la sucursal clonada de un banco cualquiera. Los primeros vienen del teatro, de gala; y escuchan a Paradisi. Los segundos no solo hacen teatro. Lo piensan. Otro viaje a la luna. Este sin vuelta.

placeholder 'El ángel exterminador', de Luis Buñuel (1962).
'El ángel exterminador', de Luis Buñuel (1962).

En llegar a la luna, el primero de todos fue Méliès. En 1902. Mudo, sin rótulos. Dentro de una bala. A Venus lo intentaría Mecano. Más tarde. Cuando nace el cine también es teatro. Más o menos. No solo por el plano secuencia y los gestos grandes; por los explicadores. Que eran actores. Que acompañaban. Hace mucho que se hizo el camino inverso, y es el cine el que acompaña a dramaturgos, el que explicita lo que podría estar a tientas. Borràs y Albet completan su crónica con retratos heladores de este mundo, el nuestro. Casi siempre más inverosímil que el soñado. Mucho más. Sobre una pantalla. E intentan salir de su particular lodo, flotar. Pero lo único que hacen es hundirse. Es justo ahí que meditan sobre su función, la suya; sobre la razón de ser del arte escénico. Un poco como Milo Rau pero en versión punk. Y se ríen de todo para que todo parezca más serio. Para rescatar al público de ese hundimiento sobrevenido que no nos deja respirar. Que empieza a resultar eterno.

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