Marcel Proust no es para tanto (y otras barbaridades)

Javier Cercas repasa y asume en 'El punto ciego' todo el canon de la literatura universal. Sin embargo, ¿nos tienen que gustar todos los clásicos? ¿Es posible la disidencia?

Foto: Javier Cercas en una imagen de archivo (Efe)
Javier Cercas en una imagen de archivo (Efe)

El otro día me dio por volver a leer 'En busca del tiempo perdido'. Habían pasado casi veinte años desde la primera vez que me atreví con la obra maestra de Marcel Proust. Ya saben, siete tomos, a razón de quinientas páginas por tomo. En seis o siete días terminé 'Por el camino de Swann'. Lo más interesante que extraje de mi lectura es que a finales del siglo XIX se celebró en Francia una colecta en favor de las víctimas de un terremoto ocurrido en Murcia. Por lo que fuera, ver la palabra “Murcia” entreverada en la prosa de Proust me dio subidón.

No me gustó 'En busca del tiempo perdido' cuando la leí con veinte años, pero con veinte años no te atreves a decirlo. Y no me gustó demasiado 'Por el camino de Swann' leído ahora, con cuarenta y uno. La encontré demasiado sensorial, demasiado pija, demasiado frívola. Consideren este trocito:

No me gustó 'En busca del tiempo perdido' cuando la leí con 20 años. Y no me gustó demasiado 'Por el camino de Swann' leído ahora, con 41“Chic es una emanación de unas cuantas personas que lo proyectan en un radio bastante amplio -y con mayor o menor fuerza, según lo que se diste de su intimidad- sobre el grupo de sus amigos o de los amigos de sus amigos, cuyos nombres forman una especie de repertorio (… ) así que Swann, sin necesidad de apelar a su ciencia del mundo, al leer en un periódico los nombres de los invitados a una comida, podía decir inmediatamente hasta qué punto había sido chic”.

Estas cruciales preocupaciones llenan cientos de páginas. Quizá Carmen Lomana debería prologar una nueva edición de 'Por el camino de Swann'.

En cualquier caso, que no te guste Proust no es lo importante. Lo importante es defender la rebeldía del lector.

Lectores sumisos

Leyendo poco después 'El punto ciego', de Javier Cercas, recopilación de conferencias dictadas en la cátedra Weidenfeld de la Universidad de Oxford, llegó un momento en el que la sucesión de nombres de escritores archiconocidos de la literatura universal, aparejada a esa otra sucesión de sofisticados parabienes por parte de Cercas hacia la obra de estos escritores, me llevó a preguntarme: ¿pueden los gustos de un lector, y más de un lector-escritor, coincidir tan milimétricamente con lo que entendemos por canon? ¿No es más difícil esta total coincidencia que la aparición de disconformidades puntuales?

En 'Opiniones contundentes', Vladimir Nabokov se lleva por delante tanto la poesía de Federico García Lorca como las novelas de William Faulkner; Tolstoi aborrecía la obra de William Shakespeare; Francisco Umbral detestaba a Pérez Galdós; Javier Marías ha mostrado su pasmo ante el éxito de Michel Houellebecq. Puede afirmarse incluso que no hay un sólo gran autor de la historia de la literatura universal que no haya sido menospreciado por otro gran autor de la literatura universal.

La sumisión al canon que muestra Cercas no debe llevarnos a deducir que Cercas es un autor menor y, que, por tanto, admira a discreción; de hecho, un tic intelectual muy propio de los grandes escritores consiste en ordenar la historia de la literatura de tal modo que la propia obra se vuelva, en función de las etapas y desarrollos que se han detectado en la literatura pasada, inevitable. En los ensayos de Javier Cercas, después de Cervantes va Flaubert, y después Proust, y después Vargas Llosa, y finalmente Emmanuel Carrère y Javier Cercas.

Un tic intelectual propio de los grandes escritores consiste en ordenar la historia de la literatura de tal modo que la propia obra se vuelva inevitable

Lo que me escamó de estas páginas, por lo demás, interesantes, no fue, obviamente, que Cercas entendiera imprescindible la obra de Cervantes, Joyce o Kafka, sino que no fuera capaz de rescatar de entre todo lo escrito en los últimos quinientos años una obra o un autor que no conozca cualquier estudiante de primero de Periodismo. 'Simplicius simplicissimus', de Grimmelshausen, por ejemplo; 'Adolphe', de Benjamin Constant, también; 'Michael Kohlhaas', de Kleist, por decir otra.

Hay tantísimos grandes libros escritos por tantísimos grandes escritores completamente olvidados que extraña que un lector-escritor no emprenda una campaña privada señalando al menos uno.

En todo caso, mientras leía, muy a gusto, eso sí, este ensayo, remontando las dogmáticas linealidades que traza Cercas desde 'El Quijote' a' La ciudad y los perros', no identifiqué con claridad el pequeño chirrido intelectual que me devolvía mi cerebro. Fueron sus últimas páginas las que me abrieron los ojos.

Secundar el éxito

En ellas, Javier Cercas cita a algunos autores contemporáneos. Leo: “Mi lucha', el admirable ciclo autobiográfico de Karl Ove Knausgaard”. Leo: “Tal vez el primer escritor postmoderno de mi generación que lo vio fue David Foster Wallace.”

Marcel Proust no es para tanto (y otras barbaridades)

Fíjense si hay escritores en el mundo, a día de hoy; sin embargo, Javier Cercas cita y aprueba justamente a aquellos que gozan de una fama, diríamos, corriente; es decir, siendo o no buenos escritores, son sobre todo escritores populares, conocidos incluso por aquellos que no han pensado nunca en leerlos, y que ejercen de epítome de la figura del escritor en la actualidad. ¿Por qué Karl Ove Knausgaard y no Kjell Askildsen? ¿Por qué David Foster Wallace y no David Markson?

Es curioso, por otro lado, que Cercas considere ya admirable todo el “ciclo” de novelas de Karl Ove Knausgaard cuando en España sólo se han publicado tres de los seis volúmenes. (Quizá los leyó en inglés.)

Lo que quizá se da en Cercas -y aquí incurro en psicoanálisis literario- es un reconocimiento de estatus; es decir, él considera y secunda solamente aquellos autores que están traducidos a cuarenta idiomas, escritores que, como él mismo, han triunfado, lo cual, unido a la facilidad de deslizamiento hacia arriba que tiene el elogio entre los escritores jóvenes (pues siempre apuntan hacia esos mismos autores “consagrados”) contribuye definitivamente a reforzar un statu quo que, para el lector común o el no lector, acaba por entenderse como inobjetable.

Lo que luego llamaremos “canon”, en suma.

Mala Fama
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