¿Vargas Llosa no tiene nada mejor que hacer?

Nueva novela ('Cinco esquinas') del escritor en español más poderoso del mundo. Su decadencia puede verse como una ofensa a los lectores o como la heroicidad de la senectud

Foto: Mario Vargas Llosa.
Mario Vargas Llosa.

Enrique Vila-Matas desplazó el término 'bartleby' para que designara a aquellos escritores que, llegado un punto no demasiado avanzado de su obra (o no habiéndose atrevido siquiera a iniciarla), renunciaron a escribir. Habría que buscar otro epónimo para esos escritores que, sobrepasadas todas las metas de una vida dedicada a las letras, siguen escribiendo incluso en detrimento de su propio prestigio.

[Lee aquí: Vargas Llosa frenó en seco su 'offshore' días antes de recibir el premio Nobel]

Mario Vargas Llosa es, en este sentido, infatigable. Figura capital de aquello que llamaron 'boom', autor de sucesivas obras maestras antes de cumplir los 40 y premio Nobel de Literatura cuando tanto ser de derechas (o liberal) como representar cierto periodo narrativo ya amortizado hacía pensar que nunca se lo darían, nuestro autor comparte hoy en día intransigencia con ciertas míticas bandas de rock: esas que, en concierto, nunca tocan las canciones que quieres oír.

'Cinco esquinas', de Mario Vargas Llosa.
'Cinco esquinas', de Mario Vargas Llosa.

Después de aflojar su maestría en la, con todo, entonada 'La fiesta del chivo', Mario Vargas Llosa se entregó con furor a la manualidad narrativa, escribiendo una novela cada tres años: 'El paraíso en la otra esquina' (2003), 'Travesuras de la niña mala' (2006), 'El sueño del celta'  (2010), 'El héroe discreto' (2013) y (ahora) 'Cinco esquinas' (Alfaguara, 2016).

Sumamos aquí más de 1.500 páginas escritas con cerca de 70 años, edad a la que la mayoría de los seres humanos apenas tienen ánimo para volcar sobre la mesa una caja de fichas de dominó.

Cinco novelas, también, que, si las hubiera escrito alguien que no se llamara Mario Vargas Llosa, le habrían hecho acreedor de algún predicamento, así fuera solo como artesano abnegado de la ficción histórica.

Sin embargo, Mario Vargas Llosa lleva adjunta su propia obra como ciertos militares llevan pegada la abundancia de medallas: el peso de la condecoración hace que se choquen con los muebles.

Poder absoluto

Ese reconocimiento es el que convierte a día de hoy a Mario Vargas Llosa en el escritor más poderoso de los que escriben en español en todo el mundo. Cuando alguien se pregunta qué propicia el éxito de una novela, se puede hablar de buena crítica, portadas en revistas o inundación de escaparates, pero lo verdaderamente culminante es que Mario Vargas Llosa recomiende la obra, como hizo en su momento con 'Soldados de Salamina'.

Mario Vargas Llosa es el escritor más poderoso de los que escriben en español en todo el mundo

Así, el autor de 'La ciudad y los perros' es asediado por los jóvenes autores, que se las apañan para hacerle llegar sus novelas, le piden cartas de recomendación (todos los que Vargas Llosa apadrina consiguen la beca BBVA, por ejemplo) o arrastran durante décadas una frase suelta que el Nobel dedicó a su humilde firma. 

A diferencia de Javier Marías o Antonio Muñoz Molina, Vargas Llosa es una eminencia receptiva a las nuevas voces, alguien que reparte juego en lugar de pintar a sus pies la raya final de todas las grandes narrativas de la historia. Fue uno de los pocos autores de su generación que alabaron públicamente la obra de Roberto Bolaño, sin ir más lejos.

¿Vargas Llosa no tiene nada mejor que hacer?

Además, después de algunas becas, asesorías y padrinazgos de toda laya, Vargas Llosa ha creado un premio homónimo a la mejor novela escrita en español en los últimos dos años, galardón dotado con 100.000 dólares, lo que unido a decenas de charlas y conferencias y homenajes por todo el mundo, colaboraciones periodísticas, declaraciones en la prensa y apariciones puntuales para ejercer la oficialidad solidaria de la literatura frente a determinados desmanes de actualidad, nos lleva a preguntarnos por qué sigue escribiendo Mario Vargas Llosa.

Vida y biografía

Alguien dijo que la vida era más larga que la biografía, y es en la negación de este aserto donde se sitúa la grafomanía manifiestamente objetable del anciano Mario Vargas Llosa.

Sus obras capitales ('La ciudad y los perros', 'Conversación en La Catedral', 'Los cachorros') trasladaban a América Latina la predisposición poética de William Faulkner por sus principios menos folclóricos (mientras que García Márquez y otros se quedaban en la anécdota del “territorio mítico”).

Así, la novela como estructura anómala que practicó Faulkner se encontraba en el autor peruano con las pasiones encarnadas en los personajes de Flaubert o Balzac, dando lugar a esa novela máxima, amplia, con normas propias, que le hizo llevar la literatura escrita en español a una nueva modernidad.

Las novelas de Vargas Llosa de ahora, todas las del siglo XXI, han renunciado a la complejidad que propusieron los Joyce, Woolf, Dos Passos o Faulkner

Sus novelas de ahora, todas las del siglo XXI, sin embargo, han renunciado a la complejidad que propusieron los Joyce, Woolf, Dos Passos o Faulkner, y, en cierto sentido, han desaprendido la lección de rebeldía y dinamita que dictaron a la literatura mundial esos autores.

Son novelas que, simplemente, da pereza leer.

Derecho de aguado

Es costumbre alabar al escritor que publica poco o que deja de escribir cuando su producción se le antoja de calidad insuficiente. Rulfo o Salinger serían buenos ejemplos.

Sin embargo, ¿por qué dejar de escribir si a uno le gusta escribir? ¿No asiste a los autores un cierto derecho de aguar su propia obra con nuevos títulos innecesarios? Es más: ¿innecesarios para quién, para el 'lector exigente', el crítico y el manual de literatura? ¿Acaso hay muestra mayor de amor suicida por la escritura que mandar al carajo al crítico, al manual y al supuesto 'lector exigente'?

Sin embargo, ¿por qué dejar de escribir si a uno le gusta? ¿No asiste a los autores el derecho de aguar su propia obra con nuevos títulos innecesarios?

Como sucede en España con José María Merino o Luis Mateo Díez, el empeño de Vargas Llosa por mostrarse mediano, por reinventarse como autor regular en vez de lucir para siempre las mejores galas de su talento, quizá sea lo más grande que haya hecho nunca, la ratificación definitiva de una pasión artística, pues, si uno le pregunta si acaso no tiene nada mejor que hacer que desorientar su propia obra escribiendo libros por los que nadie entendería su condición de Premio Nobel, Vargas Llosa podría decir: "No, no tengo nada mejor que hacer que escribir hasta mi fin".

No lo tengo.

Mala Fama

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