Anthony Burgess: la ultraviolencia salvó al escritor católico más pecador del siglo XX

Se cumplen cien años del nacimiento del autor de 'La naranja mecánica', novela cuya fama eclipsó el resto de su extraordinaria producción, casi inencontrable hoy en España

Foto: 'La naranja mecánica'
'La naranja mecánica'

Dios y la ultraviolencia salvaron a Anthony Burgess. Dios en 1960 y la ultraviolencia en 1971. Primero vino Dios a verlo y luego lo llamó Stanley Kubrick. Los cinéfilos quizá confundan ambas apariciones.

Anthony Burgess forma parte del triste batallón de buenos escritores que están condenados al olvido. Ahora mismo es como si se sostuviera del acantilado de la inmortalidad con una sola mano. Es la mano de Alex, el vándalo con bombín de 'La naranja mecánica', película cuya estética forma parte de la cultura popular, al punto de que se siguen viendo camisetas serigrafiadas con bombines, pósters y tazas, memes; y, cómo no, reediciones recaudatorias de la novela.

Alberto OlmosAlberto Olmos

Los buenos escritores que ya nadie lee cometieron un error: no inventaron nada. Son autores que siempre fueron un paso por detrás de la vanguardia de su tiempo. Un caso muy claro en España es el de Gonzalo Torrente Ballester. En la obra de estos escritores pueden localizarse las tendencias formales de una época, tendencias de las que nunca fueron pioneros.

Sin embargo, los manuales de literatura son catálogos de pioneros, no les interesa el asentamiento en terra incognita, pues siempre hay otra tierra que descubrir. Por eso, los colonos literarios, como Anthony Burgess, Alan Sillitoe o Robert Stone, no tienen ninguna oportunidad.

Anthony Burgess: la ultraviolencia salvó al escritor católico más pecador del siglo XX

Un año para morir

Anthony Burgess tenía cuarenta y dos años cuando la cosa se puso fea. Le diagnosticaron un tumor cerebral y le dieron un año de vida. Él se sentó a escribir para que su mujer tuviera un sustento en el futuro. Planeó escribir diez novelas en un año, pero sólo escribió cinco y media. Era un flojo.

Pero no murió. La que murió fue su mujer, de cáncer de hígado, después de varios intentos de suicidio y un Támesis entero con gusto a ginebra bebido con su marido. Tomaban en cantidades navegables, como dice Fernando del Paso en algún sitio.

Burgess tenía 42 años cuando la cosa se puso fea. Le diagnosticaron un tumor cerebral y le dieron un año de vida. Pero no murió él sino su mujer

Era 1960 y Dios lo quiso entre los vivos. Burgess, como buen hijo de puta, era muy católico. Vivía de escribir reseñas y de vender las novedades editoriales que recibía. Iba regularmente a una librería a hacer negocio, “un dinerillo estupendo” para gastar en “puros, coñac y Gentleman´s Relish” (pasta de anchoas). Cuando uno de sus pocos lectores le enviaba un libro suyo para que lo firmara, e incluía los sellos para el envío de vuelta, Burgess se quedaba con los sellos y además vendía el libro a su librero de confianza. Llegó a escribir una reseña sobre una novela suya que acababa de publicar bajo pseudónimo. Le pillaron y le despidieron. Y eso que ponía a parir el libro.

'Ya viviste lo tuyo'
'Ya viviste lo tuyo'

Todo esto y mucho más lo cuenta Burgess en sus memorias, 'Ya viviste lo tuyo', un libro animado por el espíritu del Rousseau de las 'Confesiones'; esto es, un libro escrito contra uno mismo.

Así sabemos que Burgess y su mujer no perdonaban una infidelidad. Quiero decir: eran infieles todo lo que podían. Nuestro autor llegó a tener un hijo con una traductora italiana, paternidad de la que sólo fue informado cuando su esposa murió; el niño contaba ya cuatro años de edad. Burgess le concedió seis meses de duelo a Lynne y luego se casó con la traductora, Liana.

Se empieza robando sellos y se acaba en el poliamor.

La naranja mecánica

Cuando Stanley Kubrick se fijó en 'La naranja mecánica', Burgess ya tenía algún dinero. Colaboraba en televisión, había escrito varias decenas de novelas con la intención de que fueran best sellers (sin conseguirlo, pero algo le daban) y sus conocimientos musicales eran valorados y requeridos. No parece mucho, pero a su muerte en 1993 su patrimonio era de tres millones de dólares.

En todo caso, la película de Kubrick, brutalmente escandalosa para la época, afianzó su supervivencia de burgués insolidario: se había ido de Inglaterra para no pagar impuestos, y se había establecido en Mónaco.

La película de Kubrick, brutalmente escandalosa, afianzó su supervivencia de burgués insolidario: se fue a Mónaco para no pagar impuestos

El cine siguió dándole alegría a su cuenta bancaria durante toda su vida (creó la lengua cavernaria de 'En busca del fuego', por ejemplo) y empezó a asomar en su obra el lado más académico y menos comercial de su talento; esto es, su pasión por Shakespeare y Joyce.

Biografías suyas de ambos genios salieron en los años 70, década en la que publicó libros tan curiosos como '1985' (homenaje a '1984', de Orwell, el hombre que inventó la novela de anticipación política antes que él) o 'Abba Abba', sobre los últimos meses de vida de John Keats. 'Abba Abba' es también el epitafio de nuestro autor, enterrado en Mónaco.

En 1980 apareció su gran obra -a mi juicio-, 'Poderes terrenales', con un personaje protagonista basado en la figura de William Somerset Maugham.

Y en 1990 se publicó 'Ya viviste lo tuyo', segundo tomo de sus memorias, y, también, uno de sus tres o cuatro libros excepcionales. A España llegó en 1993, en traducción brillante aunque algo intrusiva de Ramón Buenaventura. Como obra maestra que es, el libro lleva muchos años descatalogado.

Pero no se preocupen, lo pueden tomar prestado de una biblioteca.

O comprarlo en Amazon, de segunda mano, por 300 euros.

Mala Fama

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