Las trampas de Proust: así nos engañan los escritores en Twitter

Algunos escritores utilizan la red social para vender un éxito ficticio que apenas tiene que ver con la realidad. Aunque algo parecido hicieron Proust o Sterne

Foto: Proust. Fotomontaje
Proust. Fotomontaje

Me encontré hace tiempo un tuit en mi timeline en el que un escritor español consignaba esta buena noticia: “Mi novela Tal ha sido elegida por Tal Revista Prestigiosa Anglosajona como una de las mejores novelas en español del siglo XXI”. Incluía un link, en el cual pinché. Qué duda cabe que uno quería saber qué otras novelas en español eran las mejores del siglo XXI para tan ilustre cabecera estadounidense. No había posibilidad alguna, sin embargo, de que una novela mía estuviera entre ellas, pues nada tan largo firmado por mí ha sido traducido al inglés. Pero las listas siempre son gratificantes, pues se leen de un vistazo, la discrepancia agita un poco la inteligencia, y una eventual coincidencia hasta la alboroza.

Me llevé una gran decepción en este caso. La Tal Revista Prestigiosa Anglosajona no había decidido, ni en nombre propio ni convocando a expertos ni de ninguna otra consensuada manera establecer cuáles eran las mejores obras narrativas en castellano que se habían publicado en el siglo en curso. La realidad era un poquito más modesta: un autor español acababa de ser traducido al inglés y esta conocida publicación le había pedido una lista de títulos favoritos. Para confeccionarla, la única condición, amén de ser libros escritos en español en el original y de haber sido publicados en el siglo XXI, era que hubiera ya versión inglesa. Todo lo cual reducía la visión de la literatura en español de nuestro tiempo a un pequeño puñado de nombres.

Por si fuera poco, sopesando el asunto me acordé de pronto de que el autor encargado de elegir sus libros favoritos en español ya traducidos al inglés (para que luego uno de esos autores seleccionados afirmara que era la revista misma la que consideraba su novela entre lo mejor escrito en español en el presente siglo), este autor, digo, me había consultado a mí semanas antes vía email por algún libro mío que anduviera en lengua inglesa. “Es para una cosa”, añadió seguramente. Como no estoy traducido al inglés, perdí la ocasión de ver un libro mío entre la mejor de la literatura en español del siglo XXI. Una lástima.

El tuit del autor recibió decenas de likes, algún retuiteo, no pocas felicitaciones en los comentarios. Nadie le dijo que lo que estaba enlazando poco tenía que ver con lo que él decía que estaba enlazando. Quizá nadie pinchó en el link. Quizá, ay, a todos nos da ya un poco igual la fama vertida o propagada en Twitter, singular alcancía de lo que -finalmente hay que reconocerle utilidad al término- venimos llamando posverdad.

¿Por qué lo hizo?

¿Por qué hace esto un autor? ¿Un autor, además, sensato, serio, con libros valorados aquí o allá y publicados en sellos inmejorables en España? La respuesta la tengo clara: ni idea. En serio: no tengo ni idea.

Una mentira tan chapucera que incluye en su seno su propio antídoto es casi un suicidio, podríamos pensar. El riesgo de verse desairado inmediatamente -y lo que es peor: en una red social- debería disuadir a cualquier autor de proponer semejante bulo: dicen de mí esto y aquí está el link donde se ve que no lo dicen.

El riesgo de verse desairado inmediatamente -y lo que es peor: en una red social- debería disuadir a cualquier autor de proponer semejante bulo

Sin embargo, lo cierto es que el autor, inteligente por lo demás, leído, al que yo tengo respeto, lo propuso; y la red social, que ahora me cuadra perfectamente tildar de imbécil, se lo tragó. Y hasta la próxima.

A lo mejor nuestro autor lo hizo, superándonos a todos en inteligencia, para ver que podía hacerse, que era lo que hoy día hace todo el mundo y que nada significaba, siendo así que ni siquiera le debió parecer que su crédito -digamos- moral decaía a ojos de los que, como yo, descubrieron el desaguisado.

Pensando sobre ello, me vino enseguida a la memoria la reciente noticia acerca de Marcel Proust. El autor de 'Por el camino de Swann' pasa por ser el escritor más puro de la historia de la literatura, alguien que logró -y esto ya es de nota- que le rechazaran una obra maestra. Quizá sólo Kafka, a nuestros ojos, sea más puro que Proust.

Pues la noticia nos contaba que Proust había pagado -porque podía, además- reseñas falsas que aparecieron publicadas en la portada de Le Figaro. Ya que se pone uno -y que le alcanza- pues la portada. ¿No es fascinante? ¿No es realmente inconcebible que alguien, durante un largo rato, haga algo enorme, por encima del tiempo, por encima del bien, del mal y del vivir diario y, durante otro rato, más pequeño, caiga en la bajeza de reconocer con esa compra de reseñas falsas -que él mismo escribió, encima- que le importa muchísimo lo que digan de él sus coetáneos, los enanos del Universo? ¿Es la magdalena de Proust una forma de posverdad, al cabo?

Proust había pagado -porque podía, además- reseñas falsas que aparecieron publicadas en la portada de Le Figaro

Proust ni siquiera fue pionero en la promoción fraudulenta de la propia obra. Casi dos siglos antes, Laurence Sterne dictó una carta a la actriz Catherine Fourmantel para que se la enviara al también -y entonces muy reputado- actor David Garrick. En ella se alababa el Tristram Shandy: “le ruego que lo compre y lo lea, porque tiene fama de ser un libro brillante e ingenioso”.

Antecesores ilustres

De modo que Tal Autor tiene antecesores verdaderamente ilustres. Si Proust o Sterne, escritores con una gran obra detrás, vieron necesaria la maniobra mezquina para que ésta fuera tenida en cuenta, reconocida o valorada con justeza, ¿cómo no va a ser imprescindible que yo, con una obra mediocre en comparación, no haga lo mismo? Si los grandes futbolistas simulan penaltis, ¿no es perfectamente lógico que los futbolistas menores también lo hagan?

Y así tenemos que Proust o Sterne, y tantos otros grandes escritores, pueden servirnos de pronto como modelos de inmoralidad; o, si quieren, de picaresca y desvergüenza, algo tan inesperado como desolador.

Si los grandes futbolistas simulan penaltis, ¿no es perfectamente lógico que los futbolistas menores también lo hagan?

Volviendo al balompié, recuerdo pasar un día cerca del Vicente Calderón, donde había partido, y oír a un niño decirle a su padre: "Si ellos hacen trampas, nosotros hacemos trampas". Ambos iban vestidos con las camisetas de su equipo. Pensé enseguida que el niño repetía en realidad algo que el padre, de alguna manera, le habría dicho o explicado. Y pensé también lo siguiente: No (pensar “no” es lo más peligroso y perdedor de esta vida); no, si ellos hacen trampas, nosotros no hacemos trampas.

Nosotros debemos ser honrados. Vale que perderemos y que se harán burlas sobre nuestra inocencia, sobre lo poco que conocemos los engranajes maliciosos del mundo y que además nos olvidarán fácilmente y no habrá mérito ni honor ni estatua. Pero debemos ser honrados y no hacer trampas, porque frente a una vida de éxito forjado en el fingimiento preferimos la pequeña experiencia de una verdad: ser dignos sobre la faz de la Tierra.

Mala Fama

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios