Usted también lo piensa: "El mundo está lleno de gilipollas"

En 'La imbecilidad es cosa seria', Maurizio Ferraris descubre que la estupidez es el auténtico punto en común de todas las personas. No se salvan ni Heidegger, ni Kant ni Valéry

Foto: Trump, junto a miembros del Congreso, en la Casa Blanca. (Reuters)
Trump, junto a miembros del Congreso, en la Casa Blanca. (Reuters)

Todos somos el idiota de alguien y, sobre todo, el idiota de algo. Como prueba de lo primero nos sirven las redes sociales, donde se llama idiota hasta a Javier Marías. Pero como prueba de lo segundo tenemos que Javier Marías sí es idiota si hacemos depender en exclusiva este juicio peyorativo de su habilidad para manejarse en las redes sociales. ¡Qué idiota es Javier Marías, que no sabe hacer retuits! Tú no sabes escribir obras maestras y él no sabe hacer retuits: todos idiotas.

Rafael Reig me hizo ver en una ocasión lo curioso que era que todos tuviéramos dudas sobre nuestro aspecto físico, pero nadie tuviera la menor preocupación por su inteligencia. “¿Tú crees que soy guapo?” se pregunta mucho. “¿Tú crees que soy inteligente?”, nunca.

Yo, que me considero muy inteligente por descarte, me he sentido atraído de inmediato por este librito que acaba de publicar Alianza: 'La imbecilidad es cosa seria', de Maurizio Ferraris. Ya su diseño es completamente imbécil, pues han puesto las letras en sentido vertical, como hacía 451 Editores, en la creencia de que los libros no son para leer, sino para que un diseñador se luzca.

Gilipollas

Ferraris cita enseguida —porque es tan listo como ese lector que también se ha acordado enseguida— su precedente en exploraciones de la idiocia: 'Alegro ma non troppo', de Carlo M. Cipolla, que incluía el ensayo 'Las leyes fundamentales de la estupidez humana', tan popular en las cafeterías universitarias de los años noventa. Quiere decirse que llevamos toda la posmodernidad llamando imbéciles a los demás, pero nadie se da por aludido porque los demás —como diría Margaret Thatcher— no existen. Todos somos un único individuo inteligentísimo.

'La imbecilidad es cosa seria'. (Alianza)
'La imbecilidad es cosa seria'. (Alianza)

“La imbecilidad es lo propio de la modernidad porque con las potencialidades expresivas que ofrece el mundo actual el estúpido se pone más fácilmente de manifiesto que en cualquier otra época más recogida y silenciosa”, afirma nuestro autor, y de inmediato pensamos en Twitter.

Ferraris cita a Schopenhauer, un trozo embrollado que tiene, y luego lo corrige y aclara: “En lugar de sostener un discutible idealismo”, Schopenhauer debería haber dicho sin más: “El mundo está lleno de gilipollas”, “afirmación realista por excelencia”.

“Lo típico del imbécil es sentirse más listo que los demás”, dice en otro momento. Y así, que Paul Valéry empiece su 'Monsier Teste' con la frase: “La estupidez no es mi fuerte”, que Walter Benjamin se suicidara en la frontera con España cuando —dice Ferraris— le iban a dejar pasar al día siguiente, o que el pensador de moda, Byung-Chul Han, deplore el entorno digital lleva a nuestro autor a considerarlos, eventualmente, imbéciles.

Walter Benjamin se suicidó en la frontera con España cuando —dice Ferraris— le iban a dejar pasar al día siguiente

“Byung-Chul Han se equivoca con la web de la misma manera en que Popper se equivocó con la televisión y Rousseau y Platón con la escritura”, dice Ferraris, ya desatado. Por no hablar de Kant, otro pedazo de imbécil, pues anotó en un papel: “Olvidar a Lampe”, el criado al que acababa de despedir. Que no se me olvide olvidar a Lampe, mascullaba Kant todas las mañanas. Era un genio; o sea, muy tonto.

Todos de puntillas

Maurizio Ferraris busca en libros, biografías y discursos la estupidez humana, y casi parece que defiende al imbécil sin pretensiones, pues todo aquel que una vez dio por buena su propia inteligencia queda en este librito como un botarate. Nuestro autor se recrea, muy especialmente, en Heidegger, que escribió esta genialidad imbecilísima (en 'Discurso del rectorado'): “Únicamente la lucha mantiene abierto el antagonismo e implanta en la totalidad del cuerpo docente y el cuerpo estudiantil el tono a partir del cual la cuadratura autocuadrante de la universidad autoriza a transformar el decidido encuadramiento sintiente en la auténtica capacidad de hacer cuadrar autónomamente el propio presupuesto”.

Maurizio Ferraris.
Maurizio Ferraris.

Ferraris mismo dice una chorrada cuando afirma que no hay imbéciles en el vacío, pues “siempre es menester un contexto”. Hombre, tampoco hay artistas en el vacío y sin contexto, ni presidentes del Gobierno de burbuja exentos de entorno. Para ser idiota, como para todo, hay que estar con los demás, aunque yo creo que nos volvemos mucho más idiotas acompañados que solos en nuestras casas. Quiero decir: yo veo a siete tíos juntos y me parecen todos imbéciles, aunque uno por uno sean, de hecho, amigos míos. La imbecilidad de la masa —siendo 'masa', a mi juicio, más de cuatro personas— es la única imbecilidad (todo esto lo digo yo, no Ferraris: es que me he venido arriba) peligrosa.

Es en 'Los novios', de Manzoni, donde encuentra al fin Maurizio Ferraris una escena que señale estupideces no rutilantes, o sea, no propias de genios, sino de la gente. La situación es muy simpática y la he buscado yo mismo en 'Los novios' para citarla en palabras del propio Manzoni: “Y poniéndose todos de puntillas, se volvieron a mirar hacia la parte en donde se anunciaba la llegada del Canciller. Levantándose todos, veían lo mismo que si no se hubiesen levantado, pero esto no impidió que cada cual se empinase cuanto podía”.

Mala Fama

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