La cruda realidad que las escritoras jóvenes deberían saber

Numerosas escritoras españolas nacidas en los 80 llevan años liderando la literatura de su generación; la última, Silvia Terrón con 'Umbra'; pero no todo son buenas noticias

Foto: Un grupo de mujere observa libros en Barcelona durante la festividad de Sant Jordi. (EFE)
Un grupo de mujere observa libros en Barcelona durante la festividad de Sant Jordi. (EFE)

La buena noticia es que el asunto se ha convertido ya en una anomalía de tiempos pasados. La mala noticia se la doy más abajo. Hablo del dilema, misterio o cisma sobre la escasez de escritoras en la literatura española, de la mayoría masculina en las portadas de las novelas, apabullante en las últimas décadas se mire por donde se mire. Normalmente se mira mal, en los premios y en las academias, que es un lugar donde la brecha de género se me hace anecdótica. Ahí la brecha que hay es entre trepas y gente honrada. Ninguna escritora debería promover una cuota femenina de trepas.

El caso es que he leído otro libro escrito por una mujer, estos días. El libro me dio pena, porque era muy bueno. Entonces me puse a pensar en cosas que nadie ha pensado nunca, y que les ofrezco aquí en absoluta primicia. El libro se titula 'Umbra' (Caballo de Troya), y lo firma Silvia Terrón (1980).

'Umbra'. (Caballo de Troya)
'Umbra'. (Caballo de Troya)

Es una primera novela, después de dos poemarios un tanto inencontrables y de cierta labor editorial, tampoco muy visible. Normalmente se debuta con novelas más bien cortas, tanteos del talento, casi siempre autobiográficas y en seguimiento de la moda que rija en ese momento en el mundo anglosajón. 'Umbra', sin embargo, son 400 páginas, ambientadas en el año 3000, con muchos personajes y muchos lances. Silvia Terrón ha debutado al revés, haciendo su mejor novela después de no haber hecho antes ninguna otra.

Ecoral

Leer ciencia ficción no se lo deseo a nadie. A Stanislav Lem o a Philip K. Dick no los leímos recién publicados. Hizo falta que el tiempo cayera sobre ellos para que sus obras sobrevivieran, alzaran el vuelo y acabaran planeando por los cielos de lo literario. Quiero decir que hay un mundo de lectores y autores que se inventan cosas raras y publican libros de tapas oscuras con las letras de colores chillones formando sagas sobre la destrucción del mundo o el apocalipsis del espacio-tiempo; y que me parece muy bien, pero tengo cosas mejores que hacer que sufrir su sintaxis.

'Umbra' es un poco eso, un mundo entero, con sus topónimos distintivos (Torre Caléndula, Ciudad Eclipse), sus personajes bautizados boca abajo (Dimas, Atsuko, Mirko), sus pandemias (viven en la oscuridad y no saben hablar) y sus propios mecanismos sociales (sólo las mujeres pueden ser alcaldes, hay un Ruego al Sol, se divierten con duelos dialécticos mediante ecos...). Si me la cuentan como acabo de hacerlo yo, no la leo nunca.

Silvia Terrón.
Silvia Terrón.

Pero abrí el libro sin más, porque era verde, porque era de Caballo de Troya, porque abrir los libros es mi forma de creer. Y enseguida me vi arrastrado por una excelente prosa y un muy grato sentido narrativo hacia todas esas ocurrencias de la autora, que, página a página, iban tomando espesor, hasta parecer algo más que una ocurrencia; hasta parecer buenas ideas.

La más brillante -ya anunciada en la cita de Roberto Juarroz que abre la novela- tiene que ver con algo que en 'Umbra' llaman ecoral. Se trata de unas bolas fosilizadas donde han sobrevivido trozos de conversación del pasado. Hay quien trafica con ellas, quien es capaz de escuchar lo que llevan dentro sin abrirlas y quien las usa para dar discursos públicos. Como nadie puede hablar ('Umbra' es la mitad del planeta Tierra instalada por siempre en la noche, a lo que se suma una mudez connatural), la voz, la palabra dicha, los idiomas en los que se decía, se han vuelto sacramentales, la materia misma de una nueva religión.

Abrí el libro sin más, porque era verde, de Caballo de Troya, porque abrir los libros es mi forma de creer. Y enseguida me vi arrastrado

“Nada indicó que la voz estaba en peligro de extinción, a cada frase más moribunda, perdiendo timbre y brillo. Y así, de un día para otro, las cuerdas vocales pasaron a ser un apéndice obsoleto”, leemos.

Los ciudadanos de 'Umbra' hablan táctil, otra idea muy buena. Se tocan en los brazos, y sobre la piel tamborilean lo que quieren decirse. El hecho de que ahora mismo esté usted leyéndome en su móvil y vaya a tuitear este magnífico artículo usando la yema del dedo da una riqueza de sentido aún mayor a este “lenguaje táctil”.

En fin, 'Umbra' es una novela entretenidísima y muy original, con páginas perfumadas de poesía (sobre todo las que se adjudican a un Coro) y una extraña fuerza de apelación. Vale, pero me dio pena.

Cruda realidad

Volvamos al comienzo: ¿por qué hay tan pocas autoras nacidas en los 60 o en los 70, y casi ninguna nacida en los 50? Quiero decir autoras conocidas y reconocidas, incluso -si me apuran- autoras que me gusten. Siempre ha habido dos posibles respuestas: pues que las discriminan y no las publican; pues que las mujeres no saben escribir. Obviamente la segunda explicación es indefendible; pero la primera, siendo más cómoda, también es indefendible.

Yo he visto muchas editoriales por dentro -quiero decir, en el bar- y nunca he oído a ningún editor o editora manifestar su rechazo por los manuscritos que le llegan firmados por mujeres. He oído muchas veces, sin embargo, lo contrario: que les llegan muy pocos originales de autoría femenina, y que qué van a hacer ellos. El único dato público con el que contamos para trabajar esta cuestión desde una mínima objetividad nos lo daba el premio de cuentos Ribera del Duero que, no se sabe por qué, incluía el dato del sexo del autor en sus recuentos: en la primera edición participaron 514 autores, de ellos 412 eran hombres y 102 mujeres. En las siguientes ediciones, este 80%/20% permaneció inamovible. El palmarés, sin embargo, arroja un 3/2 bastante razonable.

Lo que sucede con los autores españoles nacidos en los años 80 es esto: hay el triple de autoras que de autores

La cuestión, ya digo, quedará sin explicación fundamentada, pues lo que sucede con los autores españoles nacidos en los años 80 es esto: hay el triple de autoras que de autores; son las autoras jóvenes las que año a año se ponen de moda y es siempre el libro de una autora joven el que llama la atención entre los lectores literarios (con total justicia, debo añadir).

Así que pasamos pantalla y llegamos a una que, a la manera de la ciencia ficción, aparece en negro y en la que, de pronto, afloran unas letras verde fosforito, que dicen: CRUDA REALIDAD.

La cruda realidad de los tiempos masculinos de la literatura española era que, si bien se publicaban más hombres -echen un vistazo al catálogo de Lengua de Trapo, por ejemplo-, también se silenciaban y frustraban más carreras literarias de hombres. Ver uno de esos catálogos de pequeñas editoriales es como ver un parte de bajas en una guerra. Nunca más, a lo Poe. Nunca más dijeron nada, cientos de autores, aunque siguieran escribiendo y enviando.

Así, la buena noticia es que tenemos todo esto: Aixa de la Cruz, Sabina Urraca, María Sánchez, Almudena Sánchez, Gema Nieto, Marta Caparrós, Gabriela Ybarra, Sara Cordón, Aroa Moreno, Mireya Hernández, Jenn Díaz, Aloma Rodríguez, Alicia Kopf, María Folguera, María Cabrera, Lucía Baskaran, Sara Herrera Peralta, Ángela Medina, Esther Ginés, Lucía Marín, Laura Ferrero, Cristina Morales, Katixa Aguirre, Ana Pacheco, Elisa Victoria, Clara Morales y ahora Silvia Terrón.

La mala noticia es ésta: que ahora una autora puede desaparecer completamente aunque escriba muy bien

Y la mala noticia es ésta: que ahora una autora puede desaparecer completamente aunque escriba muy bien. Tengo la sensación -perfectamente discutible, como es obvio- de que con las pocas autoras de los 60 o 70 que llegaban a despuntar se generaba una suerte de seguridad editorial que las blindaba (por ejemplo, determinadas autoras de estas generaciones estaban siempre en los festivales y mesas porque eran la única opción), mientras que las autoras de los 80 se enfrentan a un escenario muy distinto: ya no juega a su favor ser mujer; es decir, ya no juega a su favor que jugara en su contra ser mujer, una vez llega su novela a la librería.

De modo que al lamento colectivo (de género) le sustituye un drama estrictamente individual: que a las mujeres las sigan publicando mucho, pero a mí (mujer escritora) no. Es una circunstancia que me da mucha pena, cuando repaso la lista de nombres que incluí más arriba: anticipar tanta frustración.

Mala Fama

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios