Vamos a firmar un manifiesto a la plaza del pueblo: el ridículo de la 'gente de la Cultura'

Nuevo manifiesto de artistas y creadores, o "gentes de la Cultura", esta vez para animar a los ciudadanos a votar contra la ultraderecha

Foto: Almudena Grandes, Joaquín Sabina y Pilar Bardem durante la toma de posesión Luis García Montero como director del Cervantes. Todos ellos han firmado el manifiesto 'Tú decides'. (EFE)
Almudena Grandes, Joaquín Sabina y Pilar Bardem durante la toma de posesión Luis García Montero como director del Cervantes. Todos ellos han firmado el manifiesto 'Tú decides'. (EFE)

Alguna vez había que explicarlo, y qué mejor que ahora, cuando un manifiesto titulado 'Tú decides' se pone en circulación para animarle a hacer algo que usted ya ha decidido hacer o no hacer: votar el domingo. Había que explicar esto de los manifiestos. De primeras, manifiesto suena a valentía y hartazgo, a paso al frente, a dignidad sobrepasada y a épica única en su tiempo histórico. Goza este gesto de cierta leyenda declinante, la que va de Zola o Sartre, y de tantos otros franceses, pasando por el Manifiesto comunista o el Dadaísta, a ese sujeto colectivo y habitualmente redondo (cien, en este caso) llamado en España “la gente de la Cultura”. De vez en cuando “la gente de la Cultura” saca un manifiesto, y durante veinticuatro horas nos enteramos de quiénes son las gentes de la Cultura.

Para el joven, el primerizo o simplemente el ciudadano con cosas que hacer, un manifiesto de la gente de la Cultura es verosímil en todos sus presupuestos: se dice algo que acoge ruptura y denuncia, y lo firman personas con crédito intelectual. Esto puede ser así toda la vida, es decir, puede uno creerse el mandoble moral aunque no le haga mucho caso, y verlos venir a lo largo de su tiempo en el mundo y parecerle siempre una cosa muy digna y respetable. Pero también puede descubrir usted el ridículo del asunto si alguna vez le toca en suerte un grato suceso: que le inviten a firmar uno.

Invitado a firmar un manifiesto, usted notará que se le tiene en cuenta, y pensará en quiénes son esos que le tienen a usted en cuenta

Es ahí, en el momento en que a uno le invitan a firmar un manifiesto, cuando se activa en usted la sospecha de que este texto público “inmerso en el aquí y el ahora” (wikipedia) no busca destinatarios ni receptores ni mucho menos respuesta pública, no tiene como sustancia una reconvención de la actualidad por sus extremos, no significa, en suma, que-algo-esté-pasando. Porque, invitado a firmar un manifiesto, usted notará que se le tiene en cuenta, y pensará en quiénes son esos que le tienen a usted en cuenta y, también, por qué no le tuvieron en cuenta en otras ocasiones y por qué no se tiene en cuenta a tantos y tantas otras gentes de la Cultura, escritores, músicos, cineastas, fotógrafos.

¿A ustedes les han invitado a firmar muchos manifiestos?

No, a ustedes no les han invitado a firmar ningún manifiesto. Esto quiere decir que, al contrario de lo que se piensa o puede pensar, sobre todo siendo joven, no existe, frente a un manifiesto, la noción de no firmar. Si ustedes no ven un nombre en un manifiesto, no significa que haya rehusado sumarse a él, sino que no ha sido invitado. Por ensanchar la paradoja, dense cuenta de que se invita a firmar un manifiesto a toda la gente que ya se sabe que va a aceptar firmarlo, porque ser invitado a firmar es ya ser señalado entre los justos, los buenos, los nobles; los decorativos. Un manifiesto es una anuncio por palabras de un grupo, una secta, una mafia, una familia, una capilla o un cabildo cultural. Anuncian dos cosas: que ellos son la Cultura y que la sociedad les debe algo. Ningún manifiesto deja fuera de su sentido el matiz de que estos-que-aquí-somos somos en cuanto víctimas. Nos han echado a un columnista (mi primer manifiesto se debió a la salida de Rafael Reig de Eldiario.es), nos han quitado un ministerio o una beca o un programa, nos han quitado el poder o amenazan con quitárnoslo; o, más humildemente -pero no menos frecuente-, nadie nos hace el más mínimo caso: toma manifiesto.

Firmar es fácil

Como es lógico, las tres, cuatro veces que me han invitado a firmar una manifiesto lo he firmado sin pensármelo un segundo, pues no firmaba otra cosa que mi propia importancia social. Firmar un manifiesto es fácil, además, porque nunca pide otra cosa que defender libertades, igualdades o cosas del más basto sentido común. Que Arcadi Espada pueda decir lo que quiera, por ejemplo, fue mi último manifiesto. En este caso, mi nombre figuraba un poco más abajo que el de Joaquín Sabina o Steven Pinker. Fui invitado a ser, realmente, a dejarme ver en el saloncito de la vida, de donde se deduce que uno no debe ser juzgado por los manifiestos que firma, sino por todos aquellos que no le invitan a firmar.

El Gran Wyoming. (EFE)
El Gran Wyoming. (EFE)

Este de 'Tú decides me parece', obviamente, una tontería, pero sólo porque Luis García Montero no me ha invitado a firmarlo. Ha invitado a firmar a sus amigos. Todos sabemos que Joaquín Sabina y Benjamín Prado son grandes amigos con García Montero, y Almudena Grandes su mujer, y Elvira Sastre su protegida. Etcétera. Luego habrá hasta cien nombres para rellenar el folio, porque los anteriores, y El Gran Wyoming, son los únicos que van a encontrar ustedes en los titulares. La gente de la Cultura.

¿Es necesaria esa violencia, esa usurpación? ¿No son Fernando Aramburu o Belén Gopegui, o Alberto Rodríguez o Rosalía gente de la Cultura? ¿Que no les hayan invitado a firmar -eventualmente- de quién habla mal en realidad? ¿No deberían estar estos manifiestos abiertos a todo aquel que desee firmarlos en primera instancia, sin necesidad de que sus promotores se reserven las plazas de salida en los medios y la estimación de si uno es o no es gente de la Cultura?

¿Por qué somos tan ridículos, gente de la Cultura?

Mala Fama
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