'El hoyo' arrasa en Netflix: un bombazo para no pensar... y pensar en el coronavirus

La ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia nos da algunas claves sobre el encierro que vivimos

Foto: 'El hoyo'.
'El hoyo'.

No sé si ustedes se han preguntado por qué la gente que tiene ahora mismo mascarillas en casa tiene mascarillas en casa. Yo me lo pregunté leyendo una crónica periodística en la cual su autor describía su salida a la calle con mascarilla. ¿Y por qué yo no tengo, tan mal escribo?, me dije. Luego recordé que las mascarillas, dependiendo de sus cualidades, pueden durar como mucho una semana. Esto me hizo suponer que quien tiene ahora mascarillas en casa tiene, de hecho, varias mascarillas. Fue entonces cuando me acordé de 'El hoyo', de Galder Gaztelu-Urrutia. La opera prima del director vasco se estrenó el pasado viernes en Netflix.

Seguramente tuvo un gran éxito pues se trata de una cinta entretenida, distópica, deslocalizada y con gente que se enfrenta a situaciones extremas. Todo el mundo se pondría a verla para olvidarse del encierro. Sin embargo, al verla nadie dejó de pensar en el encierro. Pasa lo mismo con 'Star Wars', 'Peppa Pig' o 'Salma H' en Pornhub, que lo ves pensando que te evades y no, no te evades.

'El hoyo' (nota: si hay una 'Salma H' en Pornhub se debe a que tampoco es muy difícil que la haya), 'El hoyo', digo, va de una institución penitenciaria de hormigón con forma de torre inacabable donde se retiene a dos cautivos por piso. Hay un agujero en el centro de cada piso por el que baja un montacargas atiborrado de la más exquisita comida. Si tu encierro se cumple en el piso 1, recibes la comida intacta; si se desarrolla en pisos inferiores al 60 o 70 (el piso 1 está arriba del todo), solo contemplas migajas o platos y cubiertos arrasados. Cada mes, los presos son dormidos por inhalación de gas anestésico y llevados a un piso diferente. Comer durante un año es cuestión de suerte.

La lectura político-social del filme tiene que ver con que nada realmente malo les pasa a los presos salvo que otros presos están por encima de ellos y no les dejan comida: a fin de cuentas, han entrado en esa torre por voluntad propia. Cada uno come y bebe todo lo que quiere y más, a sabiendas de que, cuando le toque un piso desafortunado, los que queden por encima de él harán lo mismo. Las dinámicas de sufrimiento las generan las propias personas encerradas, y son fruto del instinto de supervivencia desatado, y de cálculos inmediatos. Si se pararan un poco a pensar en su situación, todos saldrían favorecidos.

Esto justamente es lo que se le ocurre al cautivo protagonista: promover la solidaridad entre pisos. No parece tan difícil que unos dejen viandas para otros y así todos puedan comer. Obviamente, fracasa.

Nuestro doloroso presente

Entonces he pensado en nuestro presente doloroso. He pensado que quien compró mascarillas hace varias semanas o, más ladinamente, ayer mismo aprovechando agendas y apellidos, no compró una sola, sino todas las que pudo, de modo que por cada persona con mascarilla que ves por la calle hay 15 que no se la han podido comprar porque ese las compró todas. Ha sido una deducción un poco triste. Y tonto sería pensar que, mientras llegan los 1.000 millones de mascarillas que todos los políticos tienen volando desde China en estos momentos, esa gente con 30 mascarillas en casa te vaya a dar a ti una.

¿Y por qué no? Los chinos de Usera se pusieron a dar mascarillas a la salida del metro y, por muchas que tuvieran, la reclusión puede ser tan larga que no les queden ni para ellos. Los chinos de Usera (en Madrid) se han quedado todos en casa, han cerrado sus comercios mucho antes de que Fernando Simón cometiera el primero de sus 100 errores, saben que dar mascarillas les beneficia si eso impide que el contagio se multiplique. Pero tampoco podemos obligar a quien tiene muchas mascarillas a que nos dé una.

La Policía en toda España anda multando y deteniendo gente porque su libertad de pasear nos hace la pascua a todos los demás

En 'El hoyo', sin embargo, sí obligan a solidarizarse. El protagonista se alía con otro preso y juntos se suben al montacargas y atizan con un palo a quien quiere comer más de lo necesario. Así van dando de comer a todo el mundo. Ambos representan a la policía ahora. La policía y el ejército son imprescindibles porque, bien entendidos en situaciones críticas, velan por nosotros incluso en contra de nuestra propia libertad. Ahora mismo la Policía en toda España anda multando y hasta deteniendo gente porque su libertad de dar un paseo nos hace la pascua a todos los demás.

Pero no van a entrar en tu casa a requisarte mascarillas.

Me decía un amigo que sabe del paño que andan las Urgencias jodidas por dos incordios sobrevenidos, más allá de lo jodidas que están por el propio coronavirus. Uno apunta hacia abajo y otro hacia arriba. El que apunta hacia todos nosotros lo calificó como “picaresca”. Los sanitarios tienen que vérselas con la rastrera habilidad de alguna gente para conseguir lo que no necesita en un momento en el que otros sí lo necesitan de verdad. Lograr ser atendido cuando sabes que podías haberte quedado en casa. Hay gente con este talento mefistofélico. El otro me lo tildó como “enchufismo”, y tiene que ver con la cantidad de “cargos medios” en la gestión del sistema sanitario que ocupan sus despachos por simple nepotismo, y que ahora mismo no saben ni dónde quedan los hospitales de su propia área competencial.

Los sanitarios tienen que vérselas con la rastrera habilidad de algunos para conseguir lo que no necesitan cuando otros lo necesitan de verdad

Sumen a todo ello la abuela de un concejal, el tío de una consejera o la hija de un presidente —es decir, todos aquellos que no van a esperar su turno para un paquete de mascarillas, un respirador, una cama o una prueba del Covid-19— y tendrán 'El hoyo' verdaderamente profundo en el que estamos ahora.

Amigos, va a morir mucha gente. Y es mucha, porque toda esa gente no tenía que morir ahora y algunos incluso debían vivir hasta arrugarse dulcemente. Esta es una batalla contra el miedo, pero no contra el miedo al virus. Es contra el miedo a morir y ver morir a los tuyos. ¿Quién va a renunciar a ese conocido en Urgencias, al triaje de la amistad, la consanguinidad o la jerarquía? Nadie va a hacerlo.

Por ello, el héroe sanitario no será solo el que cura y sigue al pie del cañón pasadas muchas horas humanamente inasumibles, sino también aquel que sepa decir no al privilegio, a la amenaza incluso o al lloro de los más cercanos.

La dignidad hoy va de esperar turno. La heroicidad, de hacerlo cumplir.

Mala Fama
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