Un millón de hombres humillados: ¿alguien recuerda la objeción de conciencia a la mili?

Más de un millón de jóvenes se negaron a hacer el servicio militar y cumplieron con trabajos sociales alternativos

Foto: Manifestación del Movimiento de Objeción de Conciencia en Las Ramblas, Barcelona.
Manifestación del Movimiento de Objeción de Conciencia en Las Ramblas, Barcelona.

No tiene que ver con nada, pero me apetece escribirles hoy sobre la objeción de conciencia. Alguien afeó a un político hace dos semanas llevar mascarilla con logotipo militar sin haber hecho la mili. Eso me llevó a acordarme de cuando había mili y, por tanto, objeción de conciencia.

Lo primero que me vino a la cabeza, al calor de los debates actuales, fue la igualdad de género. Hasta finales del siglo XX, la mitad de la población española, por razón de su sexo, debía perder un año de vida aprendiendo a matar y comiendo de peroles gigantes. No recuerdo que a nadie, a ningún hombre, digo, le importara demasiado que, por ser varón, un año entero de su existencia se echara a perder; un año, además, de juventud. Eran tiempos en los que la gente no lloraba por cualquier estupidez.

También eran tiempos en los que se podía objetar y se hacía tranquilamente, yendo a un registro o secretaría, rellenando un formulario y empezando a pedir prórrogas. Yo objeté y no recuerdo ni cómo lo hice. Lo he buscado en internet para refrescar la memoria y no lo he encontrado. En internet está todo menos aquellos bonitos años de prestación social sustitutoria.

Ahora, la gente defiende muchas causas nobles. Ponen iconos en Twitter, ponen un cartelito en la ventana. Creen además que eso es luchar, y que hay alguna épica en sus cartelitos, sus camisetas y sus 'hashtags'. No hay épica alguna en tus cartelitos, amigo, que además duran tres días en tu ventana y no los 11 meses que te caían por objetar a la mili, que solo duraba nueve.

Qué suerte que la mili acabara antes de que empezaran Twitter e Instagram

Si hoy hubiera mili y, por tanto, objeción de conciencia, la gente se haría selfis en el registro ese que digo que no recuerdo, con el pulgar levantado y cara de ir a acabar con todas las guerras del mundo. Qué selfis no se os ocurrirían, rebeldes míos, al declararos objetores de conciencia. Qué suerte que la mili acabara antes de que empezaran Twitter e Instagram.

La búsqueda 'objeción de conciencia mili' en Google me llevó, eso sí, a un supuesto 'movimiento objetor de conciencia' con entrada en la Wikipedia. Una chorrada. Yo, la verdad, no estuve en ningún movimiento, no hice otra cosa que ir individualmente a decidir mi futuro a un registro, como —según he mirado— 1.028.000 varones jóvenes más en toda la historia de este supuesto jurídico, que abarcó 17 años. Tampoco hubo teoría previa apabullante, campañas insistentes, heroínas o mitos antimilitares ni, en fin, confeti mediático. Uno a uno, los españoles de 18 años decidían no hacer la mili y eso era todo. Fue fácil, indoloro, inmaculado y sensato. No nos dábamos aires.

Si otro hacía la mili, tampoco pasaba nada. Mi hermano mayor sí cumplió con el servicio militar, y se pegó nada más llegar con dos o tres, que luego fueron sus mejores amigos. En la mili no te hacías un hombre, sino que te hacías amigos, bien que un poco magullados. No era tan mala.

Plaza de Castilla

La objeción de conciencia la hice en los juzgados de plaza de Castilla en Madrid, después de acabar la carrera de Periodismo, así que supongo que sería en 1999. Nunca he conocido a nadie que haya cumplido, como yo y de verdad, con la prestación social sustitutoria. Todo el mundo tenía un amigo o familiar en algún sitio (una asociación vecinal, inmejorablemente) que le ofrecía el apaño de llevarle como objetor y así no tenía que ir nunca. Se firmaba la falsa asistencia y arreglado. España, en fin, es un país de listos y de idiotas, y los idiotas, ay, estamos tan cansados de los listos.

Eché todas las horas del mundo en los juzgados de plaza de Castilla, por algo así como 1.500 pesetas al mes: tampoco he encontrado cuánto te pagaban, pero era ridículo. Firmaba al entrar y al salir. Pasé la mitad de mi prestación en la Oficina de Peritos Judiciales, y la otra mitad en la Oficina de Orientación Jurídica. Para que se notara que yo era el objetor del juzgado, vestía más o menos como los que llevaban detenidos.

Eché todas las horas del mundo en los juzgados de plaza de Castilla, por 1.500 pesetas al mes

El departamento de peritos judiciales era curioso. Una sala vieja y destartalada con mesas reunidas en el centro y siete u ocho peritos y peritas que se dedicaban a tasar las cosas que a la gente le robaban o le dañaban, para ver qué pena podía caerle al ladrón o agresor. Si algo valía más de 50.000 pesetas, uno podía acabar en la cárcel. Los peritos tenían cierta obsesión con que las cosas costaran 49.999 pesetas. Ahí eran buena gente.

Su trabajo no tenía mucho sentido, pues consistía en llamar a Benetton si a alguien le habían robado un jersey de Benetton y a Sony, o al departamento de electrónica de El Corte Inglés, si lo que le habían robado era una tele Sony. Entonces hacían su informe con lo que una tienda les decía que costaba una cosa. Una vez, tuvieron que tasar una bolsa de marihuana y no sabían qué hacer. Uno de los peritos dijo: “Pásasela al objetor y que te lo diga”.

Mi trabajo consistía un poco en trabajar lo que a los peritos judiciales no les daba la gana de trabajar, que era bastante. Se pasaban tomando café un par de horas. Así que leí muchos atestados policiales, para localizar la cosa que le habían robado o dañado a alguien y dejar el atestado en la mesa del perito experto en ese tipo de artículo. Leyendo decenas o incluso cientos de atestados policiales, aprendí una cosa importante si acaso me quería dedicar a la delincuencia: no hay que correr. Buena parte de los atestados empezaban su relato con una patrulla que simplemente pasa por una calle y de pronto ve a alguien echarse a correr. La policía detenía a mucha gente solo porque esa gente creía que la policía era más lista de lo que es.

El caso es que acabaron echándome del departamento de peritaje, por una fuerte discusión que tuve con una de las peritas. Otro día les cuento lo de la filtración de los exámenes de oposición a los interinos.

Orientación Jurídica

La Oficina de Orientación Jurídica, por su parte, era desoladora. Mi labor ahí consistía en repartir juego entre los abogados de oficio. Desde primera hora de la mañana, decenas de personas hacían cola para consultar graves problemas personales con un abogado que, de otro modo, no se podrían pagar. Yo los recibía en la ventanilla, y con los días me di cuenta de que mi capacidad para ser amable no era tan pequeña como suponía. Era muy amable con gente muy triste.

Como estas personas no sabían que yo solo estaba allí para dar paso, se ponían a contarme sus problemas nada más saludarles. Yo les cortaba enseguida, un poco por pudor y otro poco por no perder el tiempo. Enseguida asumía la naturaleza de su caso y les indicaba qué abogado les tocaba.

De los cientos de personas cuyas historias escuché (el día empezaba ya con una cola de más de 50), saqué la estadística personal de que había dos asuntos principales por los que venía más de la mitad de la gente. Uno era la violencia de género y otro las disputas en las comunidades de vecinos. O sea, la convivencia era la fuente de casi todos los males. Ya lo dijo Pascal en el siglo XVII.

La convivencia era la fuente de casi todos los males. Ya lo dijo Pascal en el siglo XVII

Las mujeres maltratadas venían muchas veces en compañía de sus hijas, y era muy triste ver cómo la hija llevaba las riendas de todo el proceso, como si la madre —esto es, la persona más adulta de las dos— no fuera capaz de pedir ayuda por sí misma.

Muchos hombres en la ventanilla, al preguntarles yo por su estado civil (ahora recuerdo que rellenaba una ficha básica con los datos de los peticionarios de orientación jurídica) me decían: "¿Estado civil? Cansado". El chascarrillo me lo soltaban cinco veces al día.

Les pedía a todos el DNI. Recuerdo que el de una chica que quería ser un chico tenía el campo de Sexo agujereado en su documento. Con 24 años, me impresionó bastante la frustración que se deducía de agujerear un documento oficial plastificado.

¿Por qué les cuento esto? No lo sé. En el año 2001, el Gobierno de Aznar acabó con el servicio militar obligatorio y, por tanto, con la prestación social sustitutoria y con el delito de insumisión aparejado. Un amigo del pueblo estuvo en caza y captura varios años, lo cual no le impidió llevar una vida completamente normal. Los insumisos encarcelados eran muy numerosos en Navarra, pero de los de Segovia parece que no se acordaba nadie.

Ahora, de hecho, nadie se acuerda de la objeción de conciencia, de la prestación social sustitutoria, de ese añito fugitivo en las biografías de un millón de hombres. Parece que al menos cotizará en la Seguridad Social si acaso no cuentas con los años suficientes para cobrar la pensión.

Ya ven que hay que humillar a algunas personas hasta el final.

Mala Fama
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