Así crece la derecha contemporánea: el caso de la mujer del metro

Un vídeo viral que ha sido denunciado como un montaje subraya las tácticas que se están utilizando para que las revoluciones conservadoras ganen apoyo social

Foto: Feminista arrojando agua con lejía en metro de Moscú
Feminista arrojando agua con lejía en metro de Moscú

Es uno de estos vídeos virales que irrumpen cotidianamente en nuestra vida, y a los que no solemos prestar demasiada atención, pero que en este caso resulta muy útil para entender cómo ha crecido la derecha conservadora en las últimas décadas. Se trata de una grabación en la que una mujer, en teoría feminista, arroja agua con lejía entre las piernas de los hombres que practican ‘manspreading’ (es decir, que abren mucho las piernas y ocupan parte del espacio de quien tienen al lado) en el metro de Moscú. El vídeo circuló mucho por redes y fue recogido por medios internacionales y nacionales.

‘EU vs Disinfo’, un sitio web especializado en combatir la propaganda rusa, ha informado de que el vídeo estaba preparado. Fue publicado en un medio propiedad de ‘Rusia Today’, y su propósito era generar rechazo antifeminista en las sociedades occidentales, o eso es lo que afirma la página. Pero más allá de la veracidad última y de las intenciones estratégicas latentes en el vídeo, lo cierto es que pulsa un resorte muy habitual en la política, y especialmente entre la derecha de las últimas décadas.

Las revoluciones conservadoras

Desde mediados de los años 70, las revoluciones conservadoras se han apoyado en una mezcla de economía y cultura para ganar apoyo social. La llegada al poder de Reagan es un buen ejemplo de cómo la unión de discursos materiales y culturales pueden tener éxito. Tras la crisis del 73, con la recesión generando muchos efectos negativos, los asesores de Reagan entendieron que tenían que ganarse el bolsillo de la gente, pero también sus mentes gracias a nuevas ideas. Los setenta eran una época en la que se había extendido la sensación de que la era de prosperidad iniciada tras la Segunda Guerra Mundial había tocado a su fin, de que llegaban tiempos duros, y había que construir una nueva forma de pensar.

Reagan se presentó como aquel que era capaz de reconducir a la normalidad todos los excesos que la modernidad progresista había traído consigo

Reagan se dirigió a los votantes mediante dos ideas centrales. Con la primera trató de ganarse al ciudadano común, a ese que, como suele decirse hoy, igual que ayer, se levanta muy pronto para ir a trabajar. La idea de que el sentido de la comunidad se había perdido y de que las vidas eran cada vez más desordenadas, como señalaba Daniel Bell, se puso en relación con el hedonismo banal, con la falta de valores, el relativismo y el individualismo narcisista que, desde esa perspectiva, se habían apoderado de EEUU. Además, estaba el asunto de la derrota en Vietnam, con la sensación de decadencia como país que aparejó, y el auge de la delincuencia, habitualmente vinculada a las drogas, que estaba volviendo muy peligrosas las grandes ciudades. Hacía falta revertir esa situación. En ese escenario apareció Reagan, prometiendo devolver un sentido de la esperanza y del orgullo a esa parte de los norteamericanos que se sentían decepcionados, y presentándose como aquel que era capaz de reconducir a la normalidad todos los excesos que la modernidad había traído consigo.

Orden y justicia

El segundo mensaje fue económico, pero estaba muy ligado al primero. Buena parte de las batallas que desató Reagan se libraron contra el Estado, al que responsabilizaba de muchos de los males que aquejaban al ciudadano común. La Administración (es decir, Washington y sus políticos, particularmente los progresistas) gastaba demasiado y se había convertido en un provisor de expectativas exageradas. La gente se había acostumbrado a vivir de los subsidios públicos, por lo que perdían iniciativa y se convertían en perezosos que esperaban que los demás les solucionasen la vida, mientras las minorías reclamaban constantemente derechos especiales cuya factura pagaba el hombre común. Reagan prometió recompensar al trabajador que se esforzaba, liberar la iniciativa individual y traer orden a su país y algo de justicia, es decir, que los mejores dejasen de estar limitados por los mediocres.

La táctica de estos conservadores revolucionarios no puede tener éxito sin la exageración de los males sociales y culturales

Este esquema, como cuento en 'El tiempo pervertido' (Ed. Akal) se ha repetido en las sucesivas revoluciones conservadoras, y está muy presente en la Internacional de la derecha hoy en auge. Trump, el Brexit o Salvini, son exactamente esto: una sensación de decadencia, una mala situación económica y el deterioro institucional puestos en relación con el combate contra unas élites políticas (ya sean las de Washington o las de Bruselas) que son las responsables en última instancia de los males contemporáneos.

El progre blando

Este esquema no puede tener éxito sin el concurso de dos factores. El primero es la exageración de los males sociales y culturales, y fue muy evidente en los medios de comunicación, en las series y películas anglosajonas y en los ensayos de la década de los 70. Un ejemplo: la idea de que las ciudades estaban tomadas por delincuentes peligrosos, que no pisaban la cárcel a pesar de ser detenidos porque los jueces liberales les ponían en libertad, la blandenguería de los políticos, siempre pendientes de la reelección, a la hora de acabar con las amenazas a la seguridad, así como las frecuentes noticias acerca de sucesos graves causados por criminales desatados crearon un escenario de pánico moral que ayudó mucho a los propósitos de Reagan.

La creación de alarma alrededor de los inmigrantes cumple una función similar a la de los delincuentes de Reagan: son una grave amenaza

Del mismo modo, las sátiras acerca de las prácticas de los progresistas, de los hippies reconvertidos y de las minorías tomaron buena parte de sus discursos públicos, y el individualismo, la autoexploración y el autodesarrollo que se pusieron de moda en aquella época fueron utilizados también con propósitos políticos, amplificándolos e ironizando sobre ellos, en tanto costumbres desnortadas de seres egoístas que solo pensaban ya en sí mismos.

Un mundo de fantasía

Hoy podemos ver algo muy similar en varios aspectos. La creación de alarma alrededor de los inmigrantes, que fue muy frecuente durante los meses anteriores a las diferentes elecciones occidentales recientes, cumple una función similar a la de los delincuentes de Reagan: genera una amenaza grave para la convivencia a la que hay que poner freno mediante una actitud firme. Del mismo modo, las sátiras y exageraciones sobre las costumbres progresistas y sobre el feminismo, el veganismo, las bicicletas y demás, sirven a los efectos de mostrar cómo personas que han perdido el rumbo y que viven en un mundo de fantasía, que nada tiene que ver con el de la gente común, se han adueñado de las instituciones y de los medios.

Estas tácticas no funcionan si no tienen cierto sostén en la realidad. Pueden ser exageraciones, pero necesitan un punto en el que apoyarse

Este tipo de propaganda es sistemáticamente utilizada por las revoluciones conservadoras porque les permite situarse como personas razonables y sensatas que simplemente se limitan a poner freno a los excesos de un mundo que está perdiendo el norte. Necesitan amplificar los riesgos, los abusos y los desafueros porque eso les otorga la legitimidad y permite que sus propuestas dejen de ser inconvenientes o radicales para convertirse en puro sentido común. Sin esta exageración, que les permite construir un escenario diferente, tendrían menos éxito.

El efecto buscado

El problema de estas tácticas es que no funcionan si no tienen cierto sostén en la realidad. Pueden ser simples exageraciones, anécdotas elevadas a categorías o asuntos sacados de contexto, pero necesitan un punto en el que apoyarse. La delincuencia en los 70, con el auge de la drogadicción, en particular de la heroína, era un hecho, que utilizaron para sus propósitos, pero un hecho. No pueden señalar algo completamente falso, porque sería contraproducente. De modo que toman aspectos reales, aunque sean residuales, y los llevan a su terreno. Asuntos como los patinazos progresistas con el uso excesivo de la corrección política, el lenguaje inclusivo o las opciones de vida alternativa son algunos de sus blancos preferidos. Es en este entorno en el que el vídeo de la feminista del metro se encuadra: las revoluciones conservadoras siempre han dicho de sí mismas que vienen a combatir los peligros y los excesos, y echar agua con lejía a gente en el metro porque lleva las piernas abiertas puede ser percibido como tal. Ese era el efecto buscado por los promotores de la grabación (y si no lo era, es lo que mayoritariamente generó).

Los activistas adoptan una actitud desafiante. Si la extrema derecha afirma que hay demasiados emigrantes, ellos contestan “que entren todos"

Sin embargo, cuando los revolucionarios conservadores amplifican estos asuntos, los grupos liberales y activistas contestan de un modo que refuerza el apoyo social de los primeros. En lugar de plantarse frente a los excesos y de señalar que eso no es lo habitual, prefieren negar el asunto de fondo. Cuando el dextropopulismo coloca su objetivo en la delincuencia, los liberales niegan que exista, porque sus estadísticas dicen todo lo contrario, que el número de delitos es muy aceptable; si afirma que económicamente nos va mal, contestan que no es así, que los indicadores son más que buenos y que hay muchos menos pobres en el mundo. De modo que mientras unos exageran, los otros describen un tipo de sociedad en el que, a lo Pinker, todo parece ser guay. Al hacer eso pierden, porque ni se combaten las percepciones con estadísticas, a menudo tan irreales como las primeras, ni se solucionan los problemas de fondo negándolos, simplemente porque los enuncie una fuerza política que te disgusta. Y en el caso de los activistas, van aún más allá, porque adoptan una actitud desafiante. Si la extrema derecha contemporánea afirma que hay demasiados emigrantes, ellos contestan “que entren todos”.

En esta pelea discursiva se juega buena parte de la política contemporánea y es una de las causas principales del crecimiento de la extrema derecha, ya que frente a una táctica bien tejida, los liberales y los progresistas no han sabido enfrentarse. O peor aún, con sus respuestas simples, han contribuido a darle mayor aceptación social.

Tribuna

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