Antonio Garrigues Walker se pierde en la irreverencia del delicioso jardín de El Bosco
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Peio H. Riaño

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Antonio Garrigues Walker se pierde en la irreverencia del delicioso jardín de El Bosco

El tríptico dedicado al paraíso, el infierno y el pecado es el cuadro que desde muy joven más ha impresionado, divertido e interesado al jurista y político español

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Hay cuadros que están pidiendo una banda sonora desde hace siglos. Son esos mismos que tantas otras han inspirado. El jardín de las Delicias (1500-1505) de El Bosco suena a Don Giovanni de Mozart. Pero la dimensión musical de este cuadro es inagotable, como su significado, como sus lecturas infinitas. “Es un gozo comprobar cuántas veces esta obra genial ha encandilado a poetas, filósofos, científicos y religiosos”, habla Antonio Garrigues Walker (Madrid, 1934), político y jurista español, ahora presidente de honor del despacho de abogados Garrigues. “Gozar con interpretaciones muy distintas y en muchos casos perfectamente contradictorias. O sea, un lujo”.

Y junto a esta maravilla “unos cincuenta cuadros más”, porque preferiría no tener que elegir. “Pero éste es el cuadro que desde muy joven más me ha impresionado, divertido e interesado”. El tríptico dedicado al paraíso, el infierno y el pecado es una de las pocas pinturas que rivaliza en popularidad con Las meninas.

Es un cuadro irreverente, espiritual, divino y humano, en el que aparecen -sin lupa- todas las aspiraciones, deseos y pasiones de nuestra raza

La humanidad entregada al placer en el centro, la tabla más caliente del museo y la más enigmática y compleja. Y tan moralizante como tantas otras miles: esa pareja encerrada en un globo de cristal que hace alusión al refrán flamenco, “la felicidad es como el vidrio, se rompe pronto”. “Es un cuadro en el que se pueden leer cientos de historias de todos los géneros e imaginarse bastantes más con un escasísimo esfuerzo”, dice de la obra el jurista y dramaturgo en sus ratos libres.

El panel central, que da nombre al tríptico, es una jarana de seres humanos, animales, plantas, frutas, híbridos, mantienen relaciones unos con otros, algunas contra natura. Las alusiones a la fragilidad y al carácter efímero de las “delicias” que gozan los seres humanos en este jardín de la lujuria son constantes.

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"Es un cuadro irreverente, espiritual, divino y humano, en el que aparecen -sin lupa- todas las aspiraciones, deseos y pasiones de nuestra raza, a veces con alguna apariencia de dramatismo, pero en general con una refrescante ironía, un inteligente sarcasmo y un poco de regodeo”, asegura Garrigues Walker.

El Bosco la pintó al final de su vida su obra más singular, encargada por la familia de Nassau, propietaria de un castillo en Breda. Confiscado al príncipe de Orange por los españoles pasó a manos del prior de la orden de San Juan hasta su muerte, momento en el que lo adquiere Felipe II y en 1593 lo manda al monasterio de El Escorial (donde permaneció hasta la Guerra Civil, que llegó al Prado como depósito temporal).

Es la primera vez que aparece el jardín de El Bosco en esta serie diaria, pero no será la última...

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