Los peligros de ser (a partir de ahora) Garbiñe Muguruza

Tras ganar Roland Garros, caeríamos en un error al comenzar a presionar con fuerza a la jugadora. A considerar la victoria una necesidad y su ausencia una completa anomalía

Foto: Garbiñe Muguruza levantó su primer Grand Slam en París (Gonzalo Fuentes/Reuters)
Garbiñe Muguruza levantó su primer Grand Slam en París (Gonzalo Fuentes/Reuters)

Y el Grand Slam de Garbiñe Muguruza llegó. Y lo hizo a los 22 años, con una convicción digna de personas elegidas para buscar aquello para lo que se han preparado. El deporte español asiste a la confirmación de una de sus principales figuras en el ámbito femenino, una atleta de la que disfrutar y con quien la paciencia se hace más necesaria que nunca. Acostumbrarse al éxito es tan fácil como abrigarse en pleno invierno, lo damos por hecho y muchas veces no valoramos el esfuerzo que hay detrás. Desde este lunes vemos a Garbiñe como número 2 mundial en una modalidad individual, teniendo que soportar sobre sus hombros todo el efecto llamada de los resultados. Y ahí toma especial relevancia todo lo que orbite a su alrededor. Porque una cosa es la crítica constructiva, el análisis frío y con perspectiva, y otra la exigencia del todo como norma. Una puerta fácil de abrir a partir de ahora.

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El triunfo de Muguruza fue un golpe de autoridad en la planta alta del circuito, es cierto. Y la jugadora, a fin de cuentas quien suda día a día y conoce el esfuerzo empleado para lograrlo, es la primera persona consciente de ello. Para la caraqueña, que se abrió paso en París derrotando a toda una Serena Williams, pero apartando también a perfiles veteranos como Samantha Stosur o Svetlana Kuznetsova, todas ellas por encima de la treintena y representantes de la generación anterior, fue igualmente una prueba de la nueva sangre que se abre paso. Porque Garbiñe es, por méritos propios, una de las líderes de la camada de jugadoras nacidas en los años 90 —el grupo llamado a dominar el circuito a medio plazo—.

Ahora, y con el primer Grand Slam de su carrera ya en la bolsa, se abre una nueva etapa en la carrera de Muguruza. Un proceso donde ha cumplido expectativas con tan solo 22 años, toda una prueba de madurez. A una altura en la que la mayoría aún está descubriendo cuál será su potencial en un circuito cada vez más profesionalizado, Garbiñe ya toca el techo con la yema de los dedos. Convertida en una de las deportistas más respetadas del vestuario, recibiendo halagos de figuras que vio creciendo por televisión.

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El Rubicón del primer Grand Slam

“Lo más importante es que ahora mantenga los pies en el suelo”, declaraba Manolo Santana, campeón de cuatro grandes, en las entrañas de la Philippe Chatrier minutos después del triunfo de Muguruza. Uno de los grandes pioneros del tenis español, conocedor de las sensaciones de la competición, abogaba por la calma para una jugadora todavía por curtir, con el aval de la experiencia y los años por delante para probar su altura deportiva.

“Después de un primer Grand Slam siempre existe el riesgo de relajarse un poco”, valoraba sucintamente Conchita Martínez, campeona de Wimbledon en 1994. La capitana de Copa Federación subrayó la dificultad para mantener la concentración y la intensidad competitiva tras conseguir un objetivo soñado desde la infancia, uno de los trofeos más ansiados por el vestuario y la posible sensación de deber cumplido que puede llenar el interior del deportista. Aquí entra un factor fundamental, y es la atmósfera creada en su entorno.

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Creo que caeríamos en un error al comenzar a presionar con fuerza a la jugadora. A considerar la victoria una necesidad y su ausencia una completa anomalía. “El primero de muchos”, “y ahora a por Wimbledon”, “va a marcar una era”… Son expresiones fáciles de encontrar tras el triunfo de Muguruza en París. Ahora observamos a Garbiñe sonriente con el trofeo en la mano, pero pronto olvidaremos el esfuerzo que debió derrochar para salvar una situación límite apenas en el primer encuentro —cuando Anna Karolina Schmiedlova le arrebató el primer set y tuvo hasta nueve pelotas de quiebre en el primer juego del segundo parcial para haber inclinado el choque—. Quince minutos de auténtica agonía que fueron grandiosamente aceptados. Las cosas se ganan con sudor, y no precisamente barato. Es un deporte individual, sujeto a la precisión, a la repetición de patrones y, sobre todo, a una igualdad competitiva cada vez más feroz.

Y para muestra un dato: los últimos tres Grand Slam fueron levantados por tenistas que nunca antes habían logrado tal hazaña. En los últimos dos, derrotando a Serena Williams en el partido por el título, cuando la americana apenas había cedido dos finales grandes en toda su carrera profesional. La pelea por los mayores torneos parece más abiertas que nunca, y de ahí que sea necesaria la calma y la perspectiva a la hora de valorar. Parece perfectamente lícito que la propia jugadora asegure no conformarse con un Roland Garros, especialmente con el calor y la adrenalina de la victoria todavía en el cuerpo, pero construir una presión permanente en torno a ella será dar un paso en falso. “Esto es un torneo durísimo, no me hago una idea de cómo Rafa ha logrado ganar nueve”, también destacó la jugadora —subrayando la exigencia superada para llegar a tocar la copa—.

Con un diamante por disfrutar, con un brillo que ella misma se encargará de pulir, no queda otra que disfrutar del espectáculo. Garbiñe Muguruza ha inflado el globo y solamente a ella corresponde continuar soplándolo.

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