Las Tablas de Daimiel, un ejemplo de economía insostenible
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José M. de la Viña

Apuntes de Enerconomía

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Las Tablas de Daimiel, un ejemplo de economía insostenible

“En un lugar de la Mancha, cuyo nombre pronto se convertirá en leyenda, el muro ya ha sido alcanzado. Don Quijote lanza en ristre, a lomos

“En un lugar de la Mancha, cuyo nombre pronto se convertirá en leyenda, el muro ya ha sido alcanzado. Don Quijote lanza en ristre, a lomos de Rocinante, arremetió a galope contra él con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Fue descabalgado, pero no vencido, por el inmóvil gigante aunque Sancho Panza, hasta el momento, no haya podido acudir a socorrer al indomable caballero” (DQ cap. I y VIII, versión libre).

Hace unos meses mostramos un grandioso ejemplo de economía sostenible. Hoy, en contraposición, no muy lejos de aquellas agraciadas tierras, toca velatorio. Cuidar y reconfortar a un enfermo que está agonizando: las Tablas de Daimiel. Un perfecto ejemplo de economía insostenible. De cómo el milagro de ayer, la riqueza y los regadíos de hoy, mañana serán pobreza y desierto. Como en el mar de Aral. Vemos como el moribundo, implorante, ya no sabe qué hacer para avisar que nos deja. Fuimos poniendo en antecedentes este verano, cuando vimos pelar las barbas de nuestros vecinos asiáticos, y sugeríamos poner a remojar las nuestras. Nos ha llegado el turno.

Como se creó un milagro económico…

Desde el año 1985, el agua ya no aparece ni desaparece en los Ojos del Guadiana, como solía. Simplemente, ya no queda. La causa, el exceso de regadíos, el milagro económico de La Mancha –de momento húmeda- de la década de los setenta. Fue un toque de atención al que nadie le hizo el menor caso. La agonía de las Tablas de Daimiel, unos kilómetros más allá, es el segundo toque. Lleva años avisando. El tercero, el definitivo, lo sentirán los propios agricultores en sus carnes cuando ellos mismos no tengan agua con qué regar y vuelvan las lamentaciones. Cuestión de tiempo. Es parte del desastre hidrológico de la cuenca alta del Guadiana, que muchos entendidos califican como el más grave de Europa Occidental en materia de agua dulce.

…sin hacer muy bien las cuentas…

En cualquier negocio hay que imputar todos los costes y saber desarrollarlo de acuerdo con los recursos disponibles y de sus posibles sustitutos, si los hay. Estamos acostumbrados a que los costes medioambientales –que existen y son reales- no se incluyan en la cuenta de resultados. A que, en el mejor de los casos, cuando todavía hay solución, sea el contribuyente el que pague los destrozos, muchos años después, con lo que la sagrada economía de mercado deja de serlo, para beneficio de unos pocos. En el caso de Daimiel, la naturaleza ha tardado 36 años, exactamente, en pasar la factura al cobro.

…con graves consecuencias…

Se habla de hasta 3.000 millones de Euros lo que podría costar arreglar el estropicio, si esto es posible, cosa que muchos dudan. Porque, según dicen algunos que de esto saben, las Tablas de Daimiel jamás se recuperarán. La Unesco está amenazando con retirar la calificación de Reserva de la Biosfera. Si desaparece el parque, se esfumará una buena fuente local de ingresos provenientes del turismo de la naturaleza. Y, aparte de su valor ambiental y paisajístico per se, se perderán empleos –estos sí que son sostenibles- que irán a engrosar la nómina del paro. Muchos ya lo hicieron cuando desapareció la pesca. Y tuvieron que marcharse. ¿Por qué unos puestos de trabajo que están en armonía con la naturaleza y crean riqueza son peores que otros que no lo están y la destruyen?

…que pagaremos, para variar, entre todos.

Para más guasa, el Estado parece estar dispuesto a comprar, con nuestro dinero, unos derechos ficticios de agua para paliar el desastre. No es muy difícil constatar que el recurso que algunos agricultores “poseen” no existe. Simplemente, lo tomaron hace mucho del paraje moribundo, su titular y legítimo propietario. Es tan absurdo como pretender comprar reservas de petróleo a quien tiene un pozo agotado. Dice la lógica que si hay que hacer alguna obra que garantice la supervivencia de Daimiel, suponiendo que todavía sea posible, la deberían pagar íntegramente sus causantes, los que se han beneficiado de la agonía del parque: los regantes “dueños” de esos “derechos”. Porque todo propietario también tiene obligaciones, entre ellas la de mantener y cuidar la cosa que posee, sin abusar y sin causar daños a terceros. Y, sino, pagar las consecuencias. El Estado, simplemente, deberá cobrarles lo que deben. Y los pozos ilegales deberá cerrarlos, como en cualquier país civilizado en el que las leyes se cumplen. Ya está bien eso de privatizar los beneficios y de socializar las pérdidas –o los desastres-. O estamos en una economía libre de mercado, con todas sus consecuencias y costes, o no lo estamos. Pero esta economía social de mercado, donde se permiten todo tipo de latrocinios ahora para que luego paguen los ciudadanos, social y equitativamente, la cuenta -véase la banca actual- es realmente estúpida, inmoral y depredadora.

El ejemplo perfecto de economía insostenible

Cuando uno visita el parque, ve como lo rodean regadíos hasta donde llega la vista. No hay que ser muy listo ni experto en el tema para darse cuenta que no hay debajo agua suficiente que pueda alimentar eso indefinidamente; que toda esa riqueza es ficticia –mientras no se computen sus costes reales y sus consecuencias- y temporal. Una ilusión óptica que no puede durar para siempre. Si no ocurre un milagro, al ritmo que va el consumo de agua seguirá bajando el nivel de los acuíferos y los regadíos acabarán, también, desapareciendo. Habrá servido para que durante unas decenas de años algunos ganen dinero a cambio de empobrecer a sus hijos y de dejarles un desierto como herencia. ¿Habrá merecido la pena?

Pero estamos donde estamos. Pasará como siempre; como con las ballenas o el atún rojo; como con tantas especies y ecosistemas. Son los irresponsables promotores del desaguisado, por acción y por omisión, el gobierno de la nación y el gobierno regional. Si estuviesen encabezados por políticos dignos, podrían arreglarlo. Si les importaran algo todos los ciudadanos, toda la sociedad y, al menos un poquito, la naturaleza; si tuvieran un mínimo de sensibilidad y decencia; en definitiva, si gobernaran. Aunque perdieran hoy algunos votos cautivos de estómagos agradecidos, mañana futuros pordioseros.

Roguemos a los hados para que al grito de: ¡recordad el Mar de Aral!, Sancho Panza acuda a auxiliar a Don Quijote para que puedan salvar juntos ese lugar de la Mancha.