Confianza, vida y trabajo en tiempos de covid-19

En tiempos de problemas que desbordan las fronteras nacionales, sean pandémicos, climáticos o de globalización, no parece inteligente menoscabar aquello que nos permite trabajar juntos

Foto: Foto: EFE.
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No faltan razones de peso para que la atención de todos esté volcada en las dramáticas consecuencias del covid-19 y en la repercusión del confinamiento sobre la actividad económica y el empleo. ¿Pero qué sabemos a ciencia cierta sobre el impacto en determinados aspectos de nuestra calidad de vida y de trabajo? Una reciente encuesta de Eurofound recoge la experiencia de más de 80.000 europeos en los 27 Estados miembro y es un buen espejo en el que mirarse.

Cuando apenas hemos conocido la punta del iceberg de los primeros datos de empleo a través de las encuestas y registros oficiales, este estudio ilustra el impacto sobre el mercado de trabajo hasta abril. Casi un tercio de los trabajadores encuestados en España reporta haber dejado de trabajar de manera definitiva (6%) o temporal (24%). De los que continuaron trabajando, más de la mitad dicen haber visto reducido su tiempo de trabajo, y un quinto cree probable perder su empleo en los próximos tres meses. Cifras todas ellas ligeramente superiores a las medias europeas.

Desde una perspectiva más positiva, el teletrabajo ha permitido la continuidad de muchas actividades durante el confinamiento de una manera poco imaginable hace solo unos años. Estamos, posiblemente, ante uno de los cambios en nuestra forma de trabajar que ha venido para quedarse, como ilustra el ejemplo de Twitter que, tras la experiencia de las últimas semanas, acaba de ofrecer la posibilidad de seguir teletrabajando 'para siempre' a todos sus empleados. Después de este experimento masivo, muchas empresas y empleados mirarán con ojos distintos esta forma de trabajo. Y lo harán más conscientes de sus potencialidades y ventajas, pero también de los riesgos y problemas que conlleva, por ejemplo, en materia de prevención de riesgos o de conciliación con la vida familiar.

Casi un tercio de los encuestados en España (31%) declara haber empezado a teletrabajar como consecuencia de la pandemia. Una cifra notable, sin duda, pero siete puntos por debajo de la media europea y la sexta más baja de los Veintisiete. Esta proporción es coherente con una menor prevalencia del teletrabajo en España ya antes del confinamiento, un 68% declara no haber teletrabajado nunca, frente al 60% de la media europea. La diferencia puede obedecer en cierta medida al peso en nuestra economía de algunos sectores en los que, como el transporte o el turismo, no es posible el teletrabajo, pero probablemente se vea también influida por el equipamiento, infraestructura, formación y pautas organizativas preexistentes, áreas todas ellas en las que es posible plantear mejoras a futuro.

La situación económica de los hogares debe ser, más allá de las cuestiones de salud, la principal preocupación. Cerca de la mitad de los encuestados en España (46%) declara que su situación económica ha empeorado y un porcentaje similar cree que continuará deteriorándose en los próximos meses, ambas cifras ampliamente superiores a la media europea. El ahorro en España parece compensar esta diferencia y, aunque resulta alarmante que más de la mitad de los encuestados (un 54%) declare que no aguantarán tres meses sin ingresos, esta cifra está ligeramente por debajo de la media europea, que se sitúa en un 56%.

La consecuencia quizá más obvia de esta situación distópica es el deterioro del bienestar subjetivo de los ciudadanos. Los encuestados, tanto en España como en el conjunto de Europa, se dicen menos felices y satisfechos con su vida. Su bienestar psicológico ha caído y está en niveles preocupantemente bajos, particularmente en países como Francia e Italia. También se declaran menos optimistas. Quizás a la vista de estos datos, sea posible entender mejor las expresiones de frustración que empiezan a emerger. En España, solo el 41% es optimista acerca de su propio futuro y solo el 31% respecto al futuro para sus hijos y nietos, cifras algo inferiores a la media europea (con un 45% y un 33% respectivamente).

Tres colectivos llaman la atención como los más afectados en el conjunto de indicadores. Los autónomos, los desempleados y los jóvenes en general. Por citar a estos últimos, una quinta parte de los jóvenes que trabajaban dice haber perdido su empleo, comparado con el 6% del conjunto de trabajadores.

Las autoridades, en sus distintos niveles, autonómico, nacional y europeo, han adoptado un gran número de medidas para combatir o mitigar el impacto de esta crisis, y los servicios públicos se han desplegado, en ocasiones casi a un nivel heroico, para hacer frente a la pandemia y sus consecuencias. ¿Pero cómo lo están percibiendo los ciudadanos?

Mientras que las instituciones que están en primera línea, como los servicios de salud o la policía, ven refrendada su actuación con un alto nivel de confianza por parte de los ciudadanos europeos, ni los gobiernos nacionales ni la Unión Europea reciben su aprobado e, incluso, parecen haber dilapidado el crédito recobrado en los últimos años de recuperación económica tras la gran recesión.

Los encuestados sitúan España como el cuarto país de los Veintisiete que más confianza muestra en su sistema de salud y, en contraste, como el quinto que menos confía en la Unión Europea. Este último dato es llamativo, tanto por el tradicional apoyo a la Unión como porque su valoración solía estar por encima de la del Gobierno. Y no es que este último pueda tirar cohetes. Si la UE recibe un nivel de confianza de 4 (en una escala de 1 a 10), el Gobierno alcanza apenas el 4,3. En términos académicos, ambos equivaldrían a suspensos, y son cifras que se sitúan por debajo de la media europea, que ya de por sí muestra una baja confianza en estas instituciones en la mayoría de los países durante la crisis.

Sin duda, las instituciones europeas deben hacérselo mirar si quieren mantener su credibilidad, sobre todo cuando en países fundadores del proyecto europeo, como Italia y sobre todo Francia, muchos indicadores están en niveles alarmantes. Pero si las mayores frustraciones con la Unión se atribuyen al Consejo, lo que reflejan es más la dificultad de acuerdo entre gobiernos nacionales que la falta de iniciativa de la Unión, materializada en propuestas de la Comisión.

En este contexto, no deja de ser importante el famoso 'relato', no sea que sucumbamos a la tentación de buscar y culpar al enemigo exterior y que, como en las décadas pre-Brexit, por no hablar de procesos más cercanos, la narrativa de culpar al otro termine en desafección, pese a no estar sostenida por datos objetivos. En tiempos de problemas que desbordan las fronteras nacionales, sean pandémicos, climáticos o de globalización, no parece inteligente menoscabar aquello que nos permite trabajar juntos.

*Juan Menéndez-Valdés. Director ejecutivo de Eurofound.

Tribuna
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