Un tupido velo al estado de la nación
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Antonio Casado

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Un tupido velo al estado de la nación

La España empobrecida que debe más de lo que produce mientras crecen las desigualdades y las colas del hambre, pasó inadvertida en el debate presupuestario la semana

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Rodrigo Jiménez)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Rodrigo Jiménez)

La España empobrecida por la pandemia que debe más de lo que produce (deuda pública por encima del 120% y al alza) pasó inadvertida en el reciente debate presupuestario. A falta de un debate sobre el estado de la nación, cuya costumbre se perdió en febrero de 2015, bueno ha sido el primer paso de las cuentas públicas por el Congreso (enmiendas de totalidad) como reflejo de una clase política con tendencia a alejarse de la España real: la del paro, la desigualdad y las colas del hambre.

Que la Cámara rechace la devolución del proyecto por amplísima mayoría (188 contra 156) es un triunfo político de Sánchez. Pero el estado de la nación no se refleja en unos Presupuestos del Estado que se apoyan en los enemigos del Estado (populismo de izquierdas y nacionalismos periféricos) y someten el interés general a la supervivencia del partido en el poder.

El rigor técnico se perdió en pugnas partidistas, cuestiones de imagen y exigencias clientelares que nos alejan de las cosas de comer. Por ejemplo, no es serio que la aportación del Estado a mejorar la calidad de vida de los catalanes quede condicionada a que Netflix fabrique tantas o cuantas bandas sonoras de sus series en lengua catalana. O que el portavoz de Bildu, Oskar Matute, matice su apoyo a los PGE de Sánchez con la advertencia de que el bienestar de los españoles le trae sin cuidado porque él se debe solamente a los ciudadanos vascos.

No deja de ser una anomalía que los Presupuestos del Estado se apoyen en los enemigos del Estado

Los grandes números aparecen escritos sobre la pauta movediza de unas reformas estructurales que siguen pendientes: mercado de trabajo, reforma fiscal, pensiones, energía, educación (formación profesional, específicamente) y administraciones públicas. Son reformas imprescindibles cuyo encaje en pautas de “seguridad jurídica” y “estabilidad institucional” exige Bruselas y reclaman los empresarios.

Sin embargo, la retórica política las ha convertido en un campo de batallas menores que, muy a menudo, empiezan y terminan en el titular de un periódico o la apertura de un telediario, como está ocurriendo con la reforma laboral. Incluso dentro del propio Gobierno, como vimos en el reciente conflicto de vicepresidentas (Díaz y Calviño).

El rigor técnico se perdió en pugnas partidistas, cuestiones de imagen y exigencias clientelares alejadas de las cosas de comer

Desde un punto de vista estrictamente técnico estamos ante unos presupuestos de una “expansividad” sin precedentes, gracias al volquete multimillonario que la UE pone a disposición del Reino de España (140.000 millones de euros). Incluye la monitorización de proyectos e inversiones condicionados a las reformas cuyo cumplimiento o incumplimiento abre o cierra el grifo de los desembolsos semestrales, según el “operational arrangement” (contrato de funcionamiento) que obliga al Gobierno ante la Comisión Europea y no se ha hecho público.

O sea, unas cuentas públicas dopadas. Y por tanto, engañosas respecto a la verdadera situación del país, de quebradiza salud política (debilidad parlamentaria), pero también económica, muy vulnerable frente las amenazas que aparecen en el horizonte: previsiones de crecimiento a la baja, inflación, subida de tipos de interés, desabastecimiento y, no lo descartemos, la posibilidad de una quinta ola de la pandemia.

Los grandes números aparecen sobre la pauta movediza de las reformas pendientes: laboral, fiscal, pensiones, etc...

Otra anomalía, en fin, es la España en blanco y negro ofrecida a la ciudadanía por quien gobierna (Sánchez y sus costaleros de UP y nacionalistas) frente a quien aspira a gobernar (Casado y sus compañeros de viaje situados al extremo derecho del espectro político). A un lado, el catastrofismo que pregona una España “quebrada”. Al otro, el voluntarismo que promete una “recuperación justa” cinco minutos después de saber que la pobreza se ha disparado durante el mandato de un gobierno de izquierdas cuyo mantra es no dejar a nadie atrás.

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