No a la resignación europea frente al matonismo de Trump
Aciertan en la Moncloa cuando, frente al derrotismo de Von der Leyen, piden respeto al derecho internacional, pero sin hacerlo extensivo al nacional (Constitución y Ley de Defensa)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (Reuters/Pool/Abdul Saboor)
Sostiene Ursula von der Leyen que el viejo orden global ha saltado por los aires y no vale la pena rezar por él, sino adaptarse a lo que viene. Adiós a las reglas, hola a los caprichos del más fuerte. Así que toca rearmarse militarmente para ser competitivos en las relaciones de fuerza (fuerza bruta, se entiende) y aprender a verlas venir.
¿No es desolador?
Demasiado derrotista como para dejarlo pasar, como ya ocurrió hace un mes con el primer ministro alemán, Friedrich Merz: "No es que el viejo orden se esté tambaleando, es que ya no existe". Vaya con los agoreros. Sin embargo, sorprende el escaso oleaje del discurso claudicante en las alturas de la UE, con expresa renuncia al derecho internacional.
Aquí el oportuno contrapunto viene del Gobierno. En respuesta al derrotismo de la presidenta de la Comisión, insiste la Moncloa en la vigencia del derecho internacional. Acierta, pero tan virtuosa posición debería hacerse extensiva al derecho nacional que, entre otras cosas, exige la autorización parlamentaria de acciones militares, aunque sean defensivas, como el envío de una fragata al escenario próximo al conflicto en Oriente Medio.
Ha sido el presidente del Consejo, António Costa, quien ha cuestionado al máximo nivel el derrotismo de la presidenta de la Comisión. Costa emplaza a las cancillerías a "garantizar un mundo basado en reglas". No hay mal que cien años dure. No es pensamiento utópico la esperanza de que, antes o después, decline la infausta memoria de Trump y alguien ponga la fuerza de la razón donde ahora manda la razón de la fuerza.
Una voz tan autorizada como la de Josep Borrell, que hasta hace poco fue el máximo responsable de la política exterior europea, anuncia que "se avecina un punto de inflexión en el trumpismo". A la baja, se entiende, porque han descendido notablemente los índices de popularidad de un personaje absurdo que ha puesto al mundo al borde de un ataque de nervios.
Las elecciones de medio mandato (noviembre de 2026) tampoco pintan bien para su causa. Pueden ser precursoras de su caída, aunque acertarán ustedes si, además, ven mi apuesta como la expresión de un deseo. Lo que toca es recuperar el espíritu y la letra de la Carta de las Naciones Unidas: cooperación, multilateralismo, renuncia a la guerra como medio de resolver los conflictos y otros valores que la insensata Von der Leyen da por muertos.
También es expresión de un deseo que la Europa de las tres colinas (Gólgota, Capitolio y Acrópolis) siga reconociéndose en el humanismo, el derecho y la democracia, aunque las bravatas del matón nos metan el miedo en el cuerpo.
Josep Borrell opina que "se avecina un punto de inflexión del trumpismo". A la baja, se entiende
Trump quiere un mundo en llamas y ofrecerse como bombero. Saberlo es suficiente para vencer a la resignación. Y para plantarse frente a quienes dicen que Europa no puede ser guardiana del viejo orden porque la caótica gestión de Trump ha venido para quedarse.
Antes o después funcionarán los sensores del tejido institucional norteamericano frente al capricho, el populismo, el desplante, la bravuconada o las irreflexivas decisiones en caliente que se retiran en horas o en días. Como eso de dar la guerra por "casi terminada" cuando sonaron las alarmas del sistema que ha visto venir una grave crisis energética en la que USA tenía mucho que perder.
Sostiene Ursula von der Leyen que el viejo orden global ha saltado por los aires y no vale la pena rezar por él, sino adaptarse a lo que viene. Adiós a las reglas, hola a los caprichos del más fuerte. Así que toca rearmarse militarmente para ser competitivos en las relaciones de fuerza (fuerza bruta, se entiende) y aprender a verlas venir.