Un exiliado en Bélgica: Puigdemont se queda sin presidencia, sin partido y sin patria

Es un hombre sin cargo y sin partido. Le han apeado de la presidencia por obra y gracia del 155 y carece de complicidad alguna con el PDeCAT

Foto: El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. (EFE)
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. (EFE)

No hay épica. Los libros de historia no glosarán el 'procés', ni el carillón del Palau sonará en recuerdo de la declaración de independencia del 27-O. Puigdemont ha fracasado en su asalto a los cielos. Ha logrado sin quererlo que el españolismo esté más movilizado que el independentismo. Los suyos lo llaman ‘botifler’. Quieren tirarlo por el barranco.

El secretario de Estado belga de Migración y Asilo, el nacionalista flamenco Theo Francken, debe temerse lo peor y ha ofrecido asilo político al 'expresident'. Aunque algunos dicen que es por si lo detienen las autoridades españolas por su insistencia en seguir adelante con el proceso de independencia, otros nos maliciamos que es más para defenderle de los suyos. ERC y la CUP lo quieren colgar de los pies y su partido, el PDeCAT, busca ya día y hora para el entierro. No hay peor cuña que la del mismo palo.

Puigdemont es un hombre sin cargo y sin partido. Le han apeado de la presidencia por obra y gracia del 155 y carece de complicidad alguna con el PDeCAT. La imagen de los alcaldes golpeando sus varas de mando contra el suelo en apoyo a la declaración de independencia apenas serviría para ilustrar una escena en Hogwarts, el colegio de magia y hechicería de Harry Potter. Por si fueran pocas plagas, falta un suspiro para que la Fiscalía le presente una querella en la Audiencia Nacional por rebeldía.

La debacle es total. Los sondeos sitúan a PDeCAT en quinto lugar en unas elecciones catalanas, por detrás de los comunes y muy cerca ya del PP

Si por algo tiene que pasar Puigdemont a la historia será, primero, por ser el presidente cuyas ensoñaciones llevaron a Cataluña al desastre, y segundo, por ser el hombre que se cargó Convergència, hoy PDeCAT, una formación histórica salida en 1974 del magín de Jordi Pujol, nacionalista de derechas, que lo fue todo y hoy navega en la irrelevancia.

Prueba de la decadencia de la otrora todopoderosa CDC es la encuesta de Sigma Dos para 'El Mundo' de este domingo, según la cual el PDeCAT sacaría un pírrico 9,8% de voto en unas catalanas, que lo situaría en quinto lugar, por detrás de Esquerra, de Ciudadanos, PSC y los comunes, y muy cerca del PP.

Esta y no otra es la épica de Puigdemont, un personaje de “escasa enjundia intelectual” que, como escribe Carlos Sánchez, ha arrastrado a Cataluña a una “tramposa y demencial declaración de independencia”, y a España, a “una de esas crisis finiseculares a las que acostumbra cada cierto periodo de tiempo”.

Puigdemont ha sido el tonto útil del 'procés'. De él se han valido ERC y la CUP para destruir Convergència y llevar a Cataluña a una situación límite. Lo explicaba muy visualmente un antiguo líder de CDC: no puedes ser el dueño de una pastelería con dulces perfectamente emplatados, tartaletas de frutos rojos, turrones para Navidad, y luego aliarte con quien te quiere romper el escaparate de un ladrillazo, esto es, con los republicanos y 'cupaires'.

En aras del discurso soberanista, los convergentes se encamaron con quien no debían y traicionaron sus principios fundacionales, aquellos en los que se veía reflejada la burguesía catalana. ¿Acaso no se percataron de que el objetivo último era canibalizarlos y acabar con ellos?

Se daban cuenta de que les estaban dando el abrazo del oso, pero no lo interiorizaban. La pulsión independentista les impedía tomar la iniciativa, hasta el punto de traicionar su modo de vida, su pensamiento... Se dejaban arrastrar”, explica el exlíder de CDC. “Cuando me reunía con compañeros y empresarios, me decían que lo habían hablado con sus hijos, con los herederos, y que no había ningún problema, que estaban dispuestos a arriesgar su patrimonio si ese era el precio que había que pagar para ser libres. Pero no ha sido así. Están menos libres que antes, las empresas se han ido y el escaparate de la pastelería está hecho trizas”.

Porque el drama económico en Cataluña está ahí: las empresas que se han ido, recordaba Juan Rosell en 'Espejo público', suponen el 30% del empleo total en esta comunidad; las únicas ventas minoristas son las de los supermercados; la compra de bienes duraderos se ha desplomado; la industria manufacturera no recibe pedidos; las inmobiliarias para grandes patrimonios han pasado de 30 llamadas diarias a prácticamente ninguna, y el turismo se resquebraja, como se lamenta Joan Gaspart, presidente de Turismo de Barcelona. Primero fue ‘turistas go home’, luego el atentado de la Rambla y ahora esto. Gaspart sabe que la gente que se va de vacaciones, se va para descansar… no para proclamar la república.

Drama económico: primero fue el ‘turistas go home’ y ahora la república. Las empresas que se han ido son el 30% del empleo en Cataluña

Por una cuestión de piel, el PDeCAT se ha mostrado notoriamente incómodo con el discurso económico de Junqueras (ERC) y con las malas formas de Anna Gabriel (CUP). Aun así, por miedo o por indolencia, prefirieron callar. Ahora, quien se erija como cabeza de cartel para las elecciones del 21 de diciembre, —ya sea la 'exconsellera' de Presidencia Neus Munté, la alcaldesa de Sant Cugat, Mercé Conesa, o el 'exconseller' de Territorio Josep Rull— tendrá que romper las cadenas que le ataban de manera insana a las formaciones antes mencionadas.

Si el PDeCAT quiere remontar, deberá abandonar el realismo mágico de Puigdemont y adentrarse en el posibilismo que tan bien le ha funcionado durante tanto tiempo. Se puede ser nacionalista e independentista, pero lo que no se puede hacer es dinamitar las reglas unilateralmente y echarse en brazos de quienes pretenden romper Cataluña. En definitiva, si el PDeCAT quiere sobrevivir, deberá volver a los orígenes y recuperar el ‘seny’.

Caza Mayor

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