La maniobra que Rufián oculta a Ayuso

Gabriel Rufián ha empezado a tejer esta semana el que podría ser el relato de Esquerra Republicana para devolver al independentismo a la gobernabilidad de España a largo plazo

Foto: El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, en el Congreso. (EFE)
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, en el Congreso. (EFE)
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Gabriel Rufián ha empezado a tejer esta semana el que podría ser el relato de Esquerra Republicana para devolver al independentismo a la gobernabilidad de España a largo plazo, si como es de esperar, ERC gana las elecciones en Cataluña. La idea parece que apunta hacia venderle al soberanismo que, en adelante, el nuevo enemigo no será el "Estado español" como tal, sino la derecha política, o mejor dicho, el Partido Popular. Eso es así, porque los republicanos necesitan de un enemigo común que le pueda comprar una parte amplia del independentismo. Y eso pasa por servirse de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para triangular un frente amplio de izquierdas fraternas, españolas y catalanas, contra el PP.

Ese "España ya no nos roba. Nos saquean las políticas del PP en Madrid" asoma así, porque la maniobra más difícil para ERC en el medio plazo es que sus bases asuman el regreso a su condición autonomista. No porque los republicanos no hayan expresado hasta la fecha su apoyo a los presupuestos generales del Estado, o su voluntad implícita de convertirse en una especie de Nueva Convergencia independentista. Lo que ocurre es que las elecciones del próximo 14 de febrero se están haciendo largas, y ERC necesita ir afianzando cada paso para que Junts per Catalunya no les coma la tostada.

Está por ver el recorrido del pacto entre Rufián y Sánchez sobre la armonización fiscal, pero que haya saltado ahora augura un hilo musical de fondo. Si el partido de Pere Aragonès se impone en febrero y logra depender en menor medida de Junts, sería de esperar el retorno a medio plazo de Cataluña a los foros multilaterales del Estado. Es decir, a la conferencia de presidentes autonómicos —de la que el Govern llevaba años apeándose—, o incluso, a participar quizás de una nueva reforma del modelo de financiación, caducado desde 2014. La crisis, la inestabilidad política y luego el 'procés', hasta ahora impedían acuerdo alguno.

De ser así, la jugada sería 'win-win' para Moncloa y la futura Generalitat. De un lado, ERC podría justificarse dando una dura batalla contra el PP y la Comunidad de Madrid, en lo relativo a la fiscalidad y la financiación, al ser el bastión principal de la derecha. Ocurre que el resquemor contra el PP y Vox es en la actualidad un pegamento muy amplio dentro del independentismo, incluso llegando al electorado de Junts. De hecho, comparte causa fiscal con una buena parte de los barones socialistas, y de antiguas confluencias moradas, como Compromís en la Comunitat Valenciana.

Por su parte, la izquierda de PSOE y Unidas Podemos gana al aferrarse al bloque plurinacionalcomo expliqué hace semanas— por la tesis de que ello permitirá tener al PP alejado del gobierno durante unos años. España cada vez depende más para la gobernabilidad en el Congreso de los partidos regionalistas e independentistas. Estos garantizan amplias cuotas de poder a la izquierda. Los populares, en cambio, solo pueden pactar con Vox —pese a haber puesto pie con pared con estos—, con un Ciudadanos desplomado y con pocos regionalistas. Asimismo, el polvorín podría incluso generar malestar y división dentro del propio PP, si la financiación llega a negociarse en serio, puesto que no es lo mismo el tejido productivo de Galicia y Andalucía que el de Madrid.

La realidad es que ERC encuentra una coyuntura favorable a corto plazo para su relato, frente a un Junts desmovilizado. Las primarias de JxCAT se celebran este fin de semana sin expectación. Es probable que se imponga Laura Borràs a Damià Calvet por su perfil más cercano a Carles Puigdemont. Sin embargo, la apuesta de los 'junteros' por reivindicar las esencias del 1-O cae en saco roto, incluso, para una buena parte de su nicho de voto. Esto era, presentar los comicios catalanes como un plebiscito sobre el referéndum ilegal de octubre de 2017 con el objetivo de hundir el programa posibilista de Oriol Junqueras.

Pero no parece que Junts esté triunfando hasta la fecha. En primer lugar, porque algunas encuestas demuestran ya que un porcentaje importante de independentistas siguen secundando la secesión, pero dudan realmente de que esta vaya a producirse en un plazo de tiempo cercano. En segundo lugar, porque no es de esperar que ningún candidato se atreva a aplicar el llamado "mandato del 1-O" a riesgo de más penas de prisión. En tercer lugar, porque Junts se había acostumbrado a sacar rédito de las maniobras efectistas en un caldo de cultivo de crispación, pero ese no es el actual. Tal vez en 2021, cuando se dejen ver las consecuencias económicas reales de la pandemia.

A la postre, ello supone de facto un triunfo de las tesis de ERC, que no renuncia al ideario independentista, pero busca rentabilizar la visibilidad que le ofrecen las instituciones de poder: si gana la Generalitat, y sobre todo, rentabilizando el trato de favor de Moncloa. Para ello, es necesario que Sánchez e Iglesias no dejen tirada a Esquerra en adelante. Sin embargo, es llamativo que a esa misma conclusión pactista haya llegado un partido como Bildu. La izquierda abertzale ha decidido integrarse en la gobernabilidad de España, bajo la creencia de que cuantas más partidas saque al Ejecutivo de turno, más poderío podrá exhibir frente a su electorado.

Pero a fin de cuentas, la maniobra de Rufián frente a Ayuso es la realidad que se ha impuesto esta semana con los presupuestos. España está hoy dividida entre dos bloques, izquierda-derecha, y los primeros van a la cabeza con el 'pack' plurinacional. Por eso, Ciudadanos ha saltado de la entente del gobierno. Y de la importancia de los partidos regionalistas-independentistas parece que se ha empezado a dar cuenta el PP. Curiosamente, Casado ahora pretende aproximarse al PNV, quizás tratando de rentabilizar el agravio que les provoca el acercamiento de Moncloa a Bildu. E incluso, asumiendo ya que el debate de las izquierdas sobre la fiscalidad salpicaría muy perjudicialmente al concierto vasco en Euskadi. Es decir, al PNV que hizo caer a Mariano Rajoy con solo cinco escaños.

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