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Quién quiere aislar a Pablo Casado
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Estefania Molina

Con V de voto

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Quién quiere aislar a Pablo Casado

La luz verde a los primeros presupuestos generales de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias confirma la tesis de que la izquierda prefiere aferrarse al bloque plurinacional antes que a Cs

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, en un acto en Girona. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado, en un acto en Girona. (EFE)

La luz verde a los primeros Presupuestos Generales de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias confirma la tesis de que la izquierda prefiere aferrarse al bloque plurinacional antes que a Ciudadanos, quizás porque solo pactar con ERC, PNV y Bildu podrá permitir a PSOE y Unidas Podemos aislar al Partido Popular del poder en varios años —como escribí hace semanas—, y ganarse así más cuotas de poder en varias comunidades (Cataluña, Euskadi, Galicia, Navarra…). Sin embargo, Pablo Casado podría convertirse en otro gran beneficiado de la estrategia aislante de Moncloa a largo plazo, curiosamente. Es decir, apareciendo como un PP solo, autónomo, frente al resto de rivales.

Eso es así porque Génova lleva semanas intentando cavar un espacio en el centro del tablero. Esto es, dejando a su izquierda al pack de Gobierno y plurinacionales, y a su derecha, a Santiago Abascal. Sucede que el centro no siempre se atribuye a una noción ideológica, o al partido más moderado. Al contrario, el centro político se ha vuelto algo mucho más posicional en esta España ultra fragmentada. El centro es ahora el partido que los ciudadanos aprecian como geográficamente en el medio del campo, en función de dónde se sitúen sus adversarios.

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado (d), y el presidente del PP andaluz y de la Junta, Juanma Moreno. (EFE)

De ese modo, los populares parecen dispuestos a emular la estrategia del expresidente José María Aznar para su victoria en 1996. El objetivo, como narra Aznar en sus 'Memorias I' de la Editorial Planeta, consistió en ofrecer una alternativa al desgaste y los escándalos (GAL, Filesa…) de las más de tres legislaturas socialistas de Felipe González. Aplicado a Casado, ello implicaría combatir en dos frentes. Primero, a partir del agotamiento que en adelante pudiera generar la oferta de Sánchez-Iglesias con su agenda de "guerra cultural" —véase la Ley Celaá—, el posible indulto a los presos independentistas... Segundo, partiendo peras con la ideología de Vox, como ya hizo Casado en la pasada moción de censura.

En ambos casos, la posible maniobra del PP supondría un golpe para la derecha porque obliga a asumir que, en realidad, no hay batalla ideológica que dar como se venía pregonando—. Lo más inteligente, en cambio, sería ahora todo lo contrario. Es decir, esperar a sus rivales se desgasten, como hizo el tan criticado Mariano Rajoy con José Luis Rodríguez Zapatero y adoptar un perfil sosegado, que en tiempos de polarización parece lo más revolucionario que ofrecer a los ciudadanos.

Sin embargo, Casado aún tendría algo más de margen de maniobra que Rajoy para imprimir su sello político personal. Esto es, reformulando una oferta que pase por alzar la bandera del pluralismo político. Es decir, enmendando la deriva intransigente que la derecha española había adoptado en estos años, a lomos de la crisis territorial catalana. Eso es clave porque, precisamente, Sánchez e Iglesias se benefician de que la mayor parte del bloque plurinacional no quiere pactar con el PP.

Hay que recordar que Ciudadanos introdujo la coletilla del "chantaje de los nacionalismos" para impugnar que en España se pactaba con nacionalistas porque en tiempos del bipartidismo no había ningún partido bisagra. Albert Rivera llegó a proponer una barrera de voto que habría podido provocar que no entraran los nacionalistas del Congreso. Luego apareció Vox, que sin complejos habló incluso de detener a presidentes autonómicos como Quim Torra o Iñigo Urkullu, cuando estos criticaron el Estado de Alarma centralizado en marzo.

A la sazón, el PP asumiría que solo huyendo a la estridencia y abrazando la Constitución podría convertirse en una alternativa plausible a largo plazo. A fin de cuentas el pluralismo político se basa en romper los bloques, o rechazar reformas del Poder Judicial a medida, pero también en aceptar la legalidad de otros actores en el juego político, que hasta ahora la derecha intransigente criticaba.

De hecho, el PP ha empezado a desandar la deriva, ya que, por ejemplo, votó en contra en el Congreso ante las ilegalizaciones de partidos secesionistas que proponía Vox. La realidad es que solo así podrá el PP atraer algunos socios periféricos que serían clave a largo plazo. Empezando por el PNV –ahora con la izquierda– hasta Teruel Existe o Coalición Canaria.

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)

Para ello, el PP tiene una coyuntura favorable. Ciudadanos es hoy un partido residual en el Congreso y Casado tampoco piensa amortiguar su caída electoral el próximo 14-F en Cataluña. Génova se niega esta vez a elaborar una "España Suma" como en Euskadi. Asimismo, la entente de Esquerra Republicana con Moncloa —como expliqué en esta columna—, podría calmar la situación en Cataluña a medio plazo, más aún si ERC gana los comicios. La ausencia de crispación soberanista haría que un partido como Vox dejara de tener tanta influencia en el predicamento de la derecha.

Tanto es así, que incluso sería de esperar que Casado dejara a Vox la batalla ideológica más combativa contra la agenda de "guerra cultural" de Moncloa para que el PP puede barrer en otros flancos. Por ejemplo, capitalizando el desplome de Ciudadanos; pasando por un votante socialista que no comulga con el gobierno actual; hasta el elector de derechas que se fue a Vox y ahora empieza a entender la diferencia entre el PP y el populismo —ahora que Casado ha partido peras con ellos—.

placeholder Santiago Abascal se dirige a Pablo Casado desde la tribuna del Congreso. (EFE)
Santiago Abascal se dirige a Pablo Casado desde la tribuna del Congreso. (EFE)

Como todo, el plan presentaría fisuras. Hay tantos partidos en el bloque de izquierda y plurinacionales, que es difícil que el PP lograra superarlos a todos juntos en solitario. Sin embargo, no sería necesario superarlos estrictamente, sino que bastaría con que el PP ganara las elecciones y que el bloque contrario no sumara suficiente. De un lado, ello devolvería a España al escenario de 2016 del abstencionazo del PSOE. La segunda opción es que el PP sumara con Vox, asumido que no tienen por qué ser vasos comunicantes, sino que pueden actuar de opciones de voto que sumen de forma complementaria. Expliqué aquí que, si el PP falca su espacio por todo el centroderecha, Vox puede quedar relegado a la categoría de partido protesta, con la de réditos que cosecharía en un escenario de crisis económica.

Por todo ello, pareciera que Casado lo ha fiado todo a aislarse frente a los dos bloques. Aunque curiosamente, aislar al PP viene siendo la estrategia exitosa de Sánchez por ahora, con un bloque plurinacional que no tiene por qué ser monolítico, ni inalterable, si Casado se centra, y se aísla también de la intransigencia de algunas derechas.

La luz verde a los primeros Presupuestos Generales de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias confirma la tesis de que la izquierda prefiere aferrarse al bloque plurinacional antes que a Ciudadanos, quizás porque solo pactar con ERC, PNV y Bildu podrá permitir a PSOE y Unidas Podemos aislar al Partido Popular del poder en varios años —como escribí hace semanas—, y ganarse así más cuotas de poder en varias comunidades (Cataluña, Euskadi, Galicia, Navarra…). Sin embargo, Pablo Casado podría convertirse en otro gran beneficiado de la estrategia aislante de Moncloa a largo plazo, curiosamente. Es decir, apareciendo como un PP solo, autónomo, frente al resto de rivales.

Pablo Casado Pedro Sánchez Moncloa