Sintámonos orgullosos de que el Estado funcione

En cualquier otro momento de la historia de España, una situación como lo que ocurre en Cataluña habría provocado una guerra civil, un golpe de Estado o un terrible baño de sangre

Foto: Manifestación en favor de la unidad de España en Barcelona. (EFE)
Manifestación en favor de la unidad de España en Barcelona. (EFE)

Arrojemos algo de tiempo sobre el escenario, tres siglos para contemplar lo que ocurre en Cataluña con un algo más de amplitud mental. Y constatemos que, en cualquier otro momento de la historia de España, una situación como esta habría provocado una guerra civil, un golpe de Estado o un terrible baño de sangre.

Sin embargo, esta vez no. No, a pesar de una rebelión dirigida por élites enloquecidas, regada con dinero corrupto, alimentada por la mentira del pensamiento único, amplificada por el sectarismo en los medios de comunicación y brutalmente empujada por los violadores de la convivencia.

Esta vez no. Nada de armas, a pesar de la debilidad del Gobierno, la fragmentación del Parlamento, la crisis en el sistema de partidos, la carencia de líderes con suficiente autoridad moral. Resulta que, a pesar de todo, el sistema está siendo capaz de tronchar la amenaza sin que nadie recurra a la violencia.

Sigue habiendo ruido, claro. También incertidumbre. Pero estamos ya en otra fase. Aunque los regates de Puigdemont continúen siendo tan impredecibles como los de cualquier desquiciado, lo cierto es que el independentismo catalán está más dividido que nunca y que la vía unilateral ha quedado cegada. Habrá Gobierno nacionalista porque lo han querido las urnas. Y habrá cárcel o destierro para el fugado porque así lo dice la ley. Queda mucho para recomponer todo lo que se ha roto. Pero queda más para seguir comprobando que la democracia funciona.

Quizás hagan falta décadas para que apreciemos la escala del desafío que estamos empezando a superar sin alterar las reglas del juego. Es toda una lección para todos, porque casi toda nuestra historia viene marcada por la pulsión fratricida.

Espero que lo asuman los del pensamiento testicular. Todos, quienes niegan que buena parte de la crisis tiene su origen en la incomprensión hacia Cataluña y quienes ni siquiera admiten que no cuentan con la mitad de los catalanes. España es un país fuerte porque toda la fuerza y todo el límite del Estado están en la ley.

España es un país fuerte porque toda la fuerza y todo el límite del Estado están en la ley

Pero sobre todo deseo que mi generación aprenda que la democracia funciona. Aunque pueda y deba mejorarse, nada funcionará mejor que la base misma de nuestra civilización.

Nosotras y nosotros, que recibimos de nuestros padres la Constitución, compartimos la responsabilidad de entregar ese legado a nuestros hijos. Me pregunto si hasta el momento hemos estado a la altura de esa tarea. Creo que no.

Los que no hemos conocido la guerra, ni el hambre ni la opresión, que hemos podido estudiar y ver mundo, no hemos actuado como cortafuego de los virus. Hemos difundido el nacionalismo y el populismo. Hemos propagado la peste.

El hecho de que el sistema funcione tendría que ser algo más que una mala noticia para los antisistema. Hay en esa certeza una razón para el aprendizaje y la maduración política, aunque sea tardía, como casi todo lo que nos ha llegado a nuestra edad adulta.

Fue una equivocación confiar en el populismo, olvidarnos de que todas las experiencias populistas han terminado mal

Quizá se acerque la hora de aceptar los errores cometidos por nuestra generación sin sentirnos fracasados, aprendiendo de la experiencia propia, madurando. Fue una equivocación confiar en el populismo, olvidarnos de que todas las experiencias populistas han terminado mal.

Hoy, Podemos no sirve ni para asustar. Está fuera de todas las posibles combinaciones de gobierno. Es una fuerza parlamentaria lateral. Ha perdido relevancia en Cataluña. No tiene capacidad de movilizar en la calle a la sociedad. Y, como consecuencia de todo lo anterior, se ha quedado sin capacidad de marcar la conversación política y con anémicas perspectivas electorales.

El problema morado no es de marca ni de liderazgo. Cambiar de nombre o de dirigente no valdrá para solventar lo que, sencillamente, es una crisis de producto imposible de reciclar. El partido morado ha extraviado su sentido y su utilidad. Ni puede superar al PSOE ni puede sumar con él. Está desactivado como alternativa de poder, como opción revolucionaria y como canal para encauzar el malestar social. Si Podemos no se ha convertido ya en un postizo de Izquierda Unida, es porque Sánchez decidió confundirse con el populismo en lugar de combatirlo. Por eso el éxodo: 750.000 exvotantes socialistas emigrando hacia Ciudadanos, uno detrás de otro.

Lo mismo puede decirse del nacionalismo. Fue un error entrar en su lógica, dejarnos fascinar por una maquinaria levantada para hacernos olvidar que primero recortaron y que después robaron, pero que las dos cosas las hicieron con la misma crueldad. Fallamos al tolerar que el debate público se redujese a la identidad, al permitir que parasitasen la fibra moral y sentimental catalana. Luego vino el victimismo, más tarde el supremacismo, y al final nos echamos las manos a la cabeza porque no estaban dispuestos a frenar. Infravaloramos su determinación.

Fallamos al tolerar que el debate público se redujese a la identidad, al permitir que parasitasen la fibra moral y sentimental catalana

Ha hecho falta un destrozo para visibilizar que el separatismo no tiene funcionalidad real porque no es un proyecto político, sino un proyecto de poder basado en el enfrentamiento perpetuo. Después de tanto quebranto, quizá merezca preguntarse por la funcionalidad del independentismo. ¿Para qué sirve Puigdemont?

Mi generación ha permitido que el nacionalismo y el populismo converjan en una única forma de hacer política. No solo aquí, por supuesto, pero la peste también aquí. Sería bueno que lo admitiésemos. Y sería todavía mejor que trabajásemos hasta dar con la vacuna. Todo lo que han podido los mayores es encontrar un contraespejo: Tabarnia, recurso inteligente pero herramienta insuficiente para reparar nuestro futuro.

Hablaba antes de nuestra madurez política, seguramente tardía. Estamos a tiempo. Cansados de ver lo mismo, quisimos romper el bipartidismo. Si esa es la opción, habrá que ser consecuentes. Si de verdad queremos un marco político multipartidista, habrá que liberarse del dogmatismo y despedir a los falsos voceros de la pureza. Aceptemos que entendimiento no es traición, promovamos la cultura del acuerdo. Esforcémonos por crear las condiciones necesarias para que España sea un país gobernable. Y, por favor, sintámonos orgullosos de que el Estado funcione. Valorar, querer a la democracia, es el mejor principio para protegernos y para seguir creciendo.

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