La foto de la vergüenza de la izquierda española

No es solo que socialistas y Podemos hayan aceptado la presencia de Bildu en la Mesa. Parte del rocambolesco acuerdo pasa, previsiblemente, por la abstención de Bildu en la investidura de Chivite

Foto: La candidata a la presidencia del Gobierno de Navarra, María Chivite (c), pasa junto a la presidenta en funciones, Uxue Barkos. (EFE)
La candidata a la presidencia del Gobierno de Navarra, María Chivite (c), pasa junto a la presidenta en funciones, Uxue Barkos. (EFE)
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Se acaba de cruzar una línea en la política española que hasta ahora nadie se había atrevido a traspasar. El Partido Socialista Navarro ha alcanzado un acuerdo con los nacionalistas vasco-navarros de Geroa-Bai, votando a favor de su candidato para presidir la Mesa de la Cámara. El acuerdo, previsiblemente, permitirá que la socialista María Chivite se convierta en la próxima presidenta de Navarra.

El gran escollo de la negociación ha sido la participación de EH Bildu. Los nacionalistas exigían que Bildu estuviese representado en la Mesa, algo a lo que los socialistas inicialmente se negaban. En un acuerdo agónico y a varias bandas, aunque los socialistas no han votado directamente al candidato de Bildu a la secretaría segunda de la Mesa, han permitido su elección (los dos parlamentarios de Podemos han preferido abstenerse, con un resultado similar). No es solo que socialistas y Podemos hayan aceptado tácitamente la presencia de Bildu en la Mesa. Parte del rocambolesco acuerdo pasa, previsiblemente, por la abstención de los diputados de Bildu en la investidura de Chivite como presidenta navarra en las próximas semanas.

La foto de la vergüenza de la izquierda española

El acuerdo a varias bandas en Navarra reproduce, paso por paso, el que se alcanzó hace unos días en la constitución de la Asamblea de Madrid. Entonces Vox exigía estar representado en la Mesa para sumarse al acuerdo alcanzado por PP y Ciudadanos, que convirtió a Juan Trinidad, de la formación naranja, en presidente de la Asamblea. Ciudadanos no votó directamente al candidato de Vox en la Mesa, que fue elegido gracias al apoyo de los parlamentarios populares. Entonces la ministra portavoz, Isabel Celaá, manifestó que “en Europa no entienden la entrada de la ultraderecha en las instituciones”. Íñigo Errejón fue más allá y lo calificó como “pacto de la vergüenza” y “estafa democrática”. Fueron muchas las voces desgarradas que se escucharon desde la izquierda para denunciar la entrada de Vox en el órgano de gobierno de la Cámara.

Vaya por delante que ni siquiera creo que los casos de Vox y Bildu sean simétricos. Por muchos miles de kilómetros que me separen de los postulados ideológicos de Vox (y de Bildu), existe una diferencia fundamental entre las dos formaciones. Vox, que se sepa, nunca ha legitimado el uso de la violencia para defender sus postulados políticos; Bildu lo hizo aproximadamente hasta el año 2015, y desde entonces han sido varias las ocasiones en que ha titubeado para reafirmar esta sanción, o que ha intentado extenderla “a todo tipo de víctimas”, el eufemismo con el que el nacionalismo trata de situar en pie de igualdad a los que durante décadas sembraron el terror y a sus víctimas. En definitiva, no es que estemos ante el equivalente a la foto de Colón en la izquierda española (esa torpe foto con la que PP y Ciudadanos enterraron sus expectativas electorales). Es algo peor: es la foto de la vergüenza.

Los mismos que sermonean contra la entrada de Vox en las instituciones aceptan apoyarse en Bildu para alcanzar el Gobierno de Navarra

Hace unas semanas, escribía que la izquierda española se estaba volviendo cínica a ritmos acelerados. Que los estándares morales se han bajado drásticamente, de forma que los pecados que hace unos años se consideraban imperdonables ahora pasan casi inadvertidos (bastaría preguntárselo al ministro Borrell, que se vio obligado a dimitir a finales de los noventa por un caso nimio en comparación con la sanción por el uso de información privilegiada, que no le ha movido de la silla del Consejo de Ministros). Pero reconozco que nunca pensé que esta doble moral pudiese estirarse tanto. Porque los mismos socialistas que llevan días sermoneando contra la entrada de Vox en las instituciones aceptan sin rechistar apoyarse en Bildu (pactar, hablar, sentarse, irse de vinos juntos, llámenlo como quieran) para alcanzar el Gobierno de Navarra.

Hay también una lectura de los acontecimientos en Navarra en clave interna del Partido Socialista. No es la primera vez que los socialistas navarros flirtean con el apoyo de los nacionalistas radicales para acceder al Gobierno. En 2007, el candidato socialista Fernando Puras negoció un acuerdo programático que fue frenado en seco por Ferraz, provocando la dimisión del líder navarro. Es sintomático que entonces la línea roja la pusiera Ferraz en Nafarroa Bai, que fue con quien Puras negoció el acuerdo. Negociar directamente con Batasuna era algo que a nadie se le pasaba por la cabeza. En 2014, los socialistas navarros amenazaron con una moción de censura contra Yolanda Barcina, que hubiese salido adelante si el entonces líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, no la hubiese detenido (la moción fue finalmente presentada por Bildu y Aralar, y no salió adelante gracias precisamente a que los socialistas se abstuvieron).

Los socialistas navarros han aguantado el pulso con Sánchez y le han doblado la cerviz, algo que no pudieron ni con Zapatero ni con Rubalcaba

Tal vez no sorprenda que lo que era inasumible en 2014 para los socialistas ahora se acepte sin más. Los estándares morales de Rubalcaba eran a los de Sánchez lo que un huevo a una castaña. Pero esta lectura es precipitada: porque lo cierto es que el pacto navarro va en contra de los intereses del propio Sánchez, que ve cómo muere la vía navarra que se abrió con la predisposición mostrada por UPN de votar a favor de su investidura. Así que la única interpretación posible es que los socialistas navarros han aguantado el pulso con Sánchez y le han doblado la cerviz, algo que no pudieron ni con Zapatero ni con Rubalcaba.

Dice Andrés Trapiello, en la entrevista que le hace Daniel Gascón en el último número de la revista 'Letras Libres', que no hubo nunca dos Españas, sino en realidad tres: “La tercera España es la que acabó sometida a las otras dos”. Trapiello se refiere a que, tras la Guerra Civil, la derecha administró la victoria real, la de los campos de batalla y los ministerios, la de los centros de poder. Al mismo tiempo, la izquierda se hacía con la victoria moral, la de la legitimidad histórica. Desde entonces, la derecha española se echa al monte cada vez que pierde un Gobierno, como si un sentimiento patrimonial del poder tradujese cada pérdida del mismo en una especie de convulsión física. Después de la traumática pérdida del Gobierno en 2004, la derecha se echó a la calle. Y después de perder el Gobierno con la moción de censura del año pasado, los votantes de derecha hicieron algo parecido: votar a Vox.

La izquierda española vive en una burbuja moral: lo que hacen sus adversarios traspasa los límites de la dignidad. Lo que hace ella misma se justifica

Por su parte, la izquierda española vive en una especie de burbuja moral: todo lo que hacen sus adversarios traspasa los límites de la dignidad. Todo lo que hace ella misma se justifica en aras del principio moral superior a todos, que es tener a un presidente de su tribu en el Gobierno.

Hay algo, sin embargo, en lo que discrepo de Trapiello. Él dice que la tercera España es mayoritaria. Yo creo, en cambio, que siempre ha sido una minoría. Pero no por ello vamos a dejar de decir lo que pensamos. Así que déjenme decirlo de esta manera: no me gusta que Vox esté en las instituciones. Que esté Bildu es otra cosa: me da asco. Aunque sea una repugnancia democrática con la que haya que tragar. Basta ya de hacer política con las cunetas de hace 80 años, mientras se insiste en pasar página con las que estaban calientes hasta anteayer. Basta ya.

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