Errejón, el tercer tirador

Los espectadores, que mirábamos despistados a los protagonistas del sainete poselectoral, Sánchez e Iglesias, hemos tenido que girar la cabeza hacia el nuevo tercer hombre

Foto: Iñigo Errejón. (Ilustración: Raúl Arias)
Iñigo Errejón. (Ilustración: Raúl Arias)

En España, se tradujo como '¿Quién mató a Harry?'. En México y otros países de Centroamérica, por 'El tercer tiro'. La película de Hitchcock (iré con cuidado, hablar de una película que alguien no haya visto es uno de los crímenes socialmente más reprochables estos días) juguetea con la idea del 'tercer tirador'. Seguro que les resulta conocida de otras películas, o de muchas novelas. Cuando los dos protagonistas se enzarzan hasta anularse mutuamente, y la bala decisiva surge desde un tercer hombre.

Los aficionados al ciclismo recordarán la Vuelta a España de 1985. Robert Millar llegó como líder a la última etapa con 10 segundos de ventaja sobre el colombiano Pacho Rodríguez. Cuando le preguntaron cuál iba a ser su táctica ese día, Millar respondió con una arrogancia poco escocesa: “Es tan fácil como pegarme a la rueda de Pacho”. Ambos se marcaron al milímetro, sin concederse tregua. Ninguno de los dos se inmutó cuando se escapó un semidesconocido Pedro Delgado, que volaría por la sierra segoviana para hacerse con el maillot amarillo, y comenzar así a escribir su propia leyenda.

Estos días estamos viendo en la política española otro ejemplo de un tercer tirador. El partido de Íñigo Errejón ha anunciado su voluntad de concurrir a las próximas elecciones del 10-N. Los espectadores que estábamos despistados mirando a los dos protagonistas del sainete poselectoral, Pedro Sánchez e Pablo Iglesias, hemos tenido que girar la cabeza hacia el nuevo tercer hombre.

Mi madre tiene una memoria prodigiosa para recordar todas las veces que he acertado en mi vida. Imagino que piensa, sobre las otras, que siempre habrá alguien que me las recuerde. Voy a seguir su maternal costumbre para rescatar un artículo (en realidad, un pequeño cuento) que escribí allá por marzo de 2017. Acababa de celebrarse Vistalegre II (el congreso que arrinconó a Íñigo Errejón dentro de Podemos) y los socialistas se debatían todavía entre elegir a Susana Díaz o Pedro Sánchez en las elecciones primarias.

En aquel artículo tuve algunos golpes de fortuna (como anticipar que Sánchez tenía muchas papeletas para ganar la refriega interna y que su victoria conduciría a “una moción de censura con el apoyo de Podemos y los independentistas”) y en otras cosas demostré menos dotes adivinatorias (como que el PSOE retrocedería en apoyo electoral hasta el 20%), pero terminaba anticipando que Errejón recogería las cenizas de unos y otros para construir un nuevo proyecto político en la izquierda, al que bauticé (sin mucho lirismo y con menos dotes de marketing político) como “los Socialdemócratas”.

A Errejón, a quien a menudo se le reprocha su falta de colmillo, hay que reconocerle una cualidad que en estos días no abunda en la política española: la paciencia y la templanza. Su hibernación en los cuarteles de invierno le ha permitido, ahora, asomar la cabeza justo cuando el choque de machos alfa ha dejado a gran parte del electorado de izquierda buscando un nuevo caballo al que subirse. El recogimiento ha sido además perfectamente planificado: Errejón lleva meses trabajándose un perfil suave, de 'magdalenas', 'empanadillas caseras' y ofertas desinteresadas (como la que hizo para la investidura imposible de Ángel Gabilondo en la Comunidad de Madrid) que encajan como un guante de seda en el estado anímico de un electorado alicaído por la impúdica lucha por el poder a la que hemos asistido desde las elecciones del pasado mes de abril.

A Errejón, a quien se le reprocha falta de colmillo, hay que reconocerle una cualidad que no abunda en la política española: la paciencia y la templanza

¿Cuáles son las fortalezas de Errejón en la etapa que ahora se abre? ¿Cuáles son sus debilidades?

Su principal fortaleza, como indicaba, es el momento político. Haber sabido interpretar lo que, con cierta pomposidad, podríamos denominar la 'fenomenología' del votante, o el 'espíritu del tiempo político'. Ofrecer un proyecto nuevo de perfiles suaves (ecologismo, políticas sociales, voluntad de acuerdos) precisamente cuando los votantes de izquierda andan menesterosos de estas cualidades. Poca cosa, dirán algunos. O mucha, según se mire. Porque si el actual presidente en funciones lo es y lidera cómodamente las encuestas, es justamente por haber hecho la lectura política correcta en el momento adecuado, cuando registró su moción de censura. Hay políticos que dejan pasar una carrera entera sin acertar nunca con esos cinco minutos de clarividencia.

¿Y cuáles son las debilidades de Errejón? Por un lado, están las más obvias. Las dificultades para armar un proyecto de ámbito nacional sin apenas tiempo, con un sistema electoral que premia la fuerte implantación territorial, especialmente en las circunscripciones más pequeñas. Errejón se enfrenta al difícil dilema de que si se presenta en muchas circunscripciones puede convertirse en el aldabonazo que entierre las posibilidades de gobierno para la izquierda; y si no lo hace, limitándose a presentarse en las provincias más grandes, que su aventura se quede en un episodio anecdótico por lo testimonial.

La otra gran debilidad de Errejón, aunque parezca una contradicción, es él mismo. Porque por mucho que aspire a presentarse como un soplo de aire fresco en la política española, no deja de ser uno de sus actores protagonistas en los últimos años. El propio Errejón parece ser consciente de esta arista, lo que explica su sobredosis de escrúpulos (ni siquiera participó en la asamblea que tomó la decisión de presentarse) y las dudas sobre si debe ser él, u otra persona como Manuela Carmena o Carolina Bescansa, quien encabece la candidatura.

¿Cuál es el mejor resultado al que puede aspirar Errejón en las próximas elecciones? Ese es su principal activo, que los hados de la aritmética están de su lado. Porque si consigue pegarle un bocado al reparto de escaños (digamos, 15 o 20 diputados) puede convertirse en decisivo en la negociación poselectoral. Puede elegir ser el socio más pequeño de un eventual tripartito de izquierdas (digamos, un PSOE con 135 escaños y un Podemos con 25). El más pequeño no significará el menos importante: será Errejón quien decida si apostar por una fórmula de coalición o permitir un Gobierno socialista en solitario. E Iglesias no tendrá más remedio que aceptar la decisión que adopte su antiguo lugarteniente.

Errejón, el tercer tirador

Errejón también puede hacer más digerible para los socialistas buscar otras fórmulas de cooperación más transversales, por ejemplo, incluyendo a Ciudadanos en lugar de a Podemos (otra cosa, claro está, es que el partido de Rivera se preste a este apareamiento). Pero la mera posibilidad de este escenario debilitará aún más la posición de Iglesias, que perderá el monopolio de las salidas para los socialistas, al que tan fuertemente se ha agarrado en los últimos meses.

Entre los cascotes del desastre en la izquierda, la única figura emergente será la de un "muchacho barbilampiño al que muchos dieron por enterrado"

E incluso cabe imaginar otros escenarios incluso más favorables para Errejón. ¿Qué ocurriría si los socialistas, en lugar de incrementar su apoyo, retroceden, aunque sea ligeramente, y caen por debajo de los 120 diputados? ¿O si los votantes de izquierda deciden quedarse en casa, como ocurrió en Andalucía, brindándole la mayoría a los tres partidos de la derecha? En ese caso, no solo Iglesias sino también Sánchez pasarían a mejor vida política. Y entre los cascotes del desastre en la izquierda, la única figura emergente será, como escribí hace dos años, la de un “muchacho barbilampiño al que muchos dieron por enterrado”. Después de todo, quizá “los Socialdemócratas” no es tan mal nombre para lo que nos aguarda a la vuelta de la próxima esquina electoral.

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