Sánchez, Iglesias y la centrifugación de la izquierda española

Las elecciones vascas y gallegas parecían destinadas a aclarar el panorama político en el centro-derecha y en cambio han dejado mensajes de más calado en la orilla izquierda

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y el vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y el vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. (EFE)

En la semana del retorno del Cádiz a la Primera División del fútbol español, han pasado también otras cosas igualmente importantes. Entre ellas, las elecciones vascas y gallegas, unos comicios que parecían destinados a aclarar el panorama político en el centro derecha (el papel de Núñez Feijóo o los resultados de la coalición PP-Ciudadanos en el País Vasco) y que en cambio han dejado mensajes de más calado en la orilla izquierda.

La principal conclusión es que el panorama en la izquierda española se encuentra mucho más abierto de lo que pensábamos. Que a pesar de participar en un Gobierno de coalición, los líderes de la izquierda no capitalizan su acción gubernamental (incluso parece al revés, que les desgasta), que basta una candidata relativamente aseada como la líder del BNG, Ana Pontón, para dar el sorpaso a los socialistas y dejar sin representación parlamentaria a la 'marea' gallega, y que hasta Bildu rompe su techo electoral y pesca en caladeros impensables hace tan solo unos años. Pareciera que, a fuerza de centrifugar su proyecto político, tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias han terminado por centrifugarse a sí mismos.

Es necesario establecer varias cautelas: los resultados en el País Vasco y Galicia no son fácilmente extrapolables al resto del país. La larga hegemonía de PNV y PP (en ambos casos, solo interrumpida por una breve y en cierto modo fallida legislatura), el eje nacionalista en las dos regiones y el contexto excepcional en que se han celebrado las elecciones obligan a echar el freno en cualquier análisis.

Sin embargo, hay una serie de elementos que parecen haberse decantado tras la doble cita electoral. El primero, ya evidente, es el desgaste de Sánchez e Iglesias. El segundo, su mutua interdependencia. En cierto modo, ambos elementos están estrechamente interrelacionados.

Uno de los mayores errores de cálculo de Pedro Sánchez desde su llegada a la Moncloa fue la repetición de elecciones en 2019, tras negarse a aceptar la propuesta 'in extremis' que le hizo el propio Iglesias en el hemiciclo (“las políticas activas de empleo”). En primer lugar, porque durante aquella negociación había conseguido apartar al propio Iglesias de la primera línea, tras renunciar este a entrar en el Consejo de Ministros; en segundo lugar, Sánchez se dejó varios jirones de credibilidad en aquel lance (“no dormiría tranquilo por las noches”, dijo, teniendo que desdecirse poco tiempo después), y todavía más importante, su imagen quedó incluso más maltrecha entre el propio electorado de izquierdas, que comprobó en directo la inapetencia de Sánchez por un Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Y, finalmente, el resultado de las elecciones de abril daba a Sánchez mucho más margen de maniobra; en caso de que ocurriese alguna catástrofe política (por ejemplo, una pandemia como la que nos ocupa) siempre podía cambiar de compañeros de coalición, al existir una mayoría alternativa con los 57 diputados que entonces tenía Ciudadanos. Sánchez quemó todas aquellas naves sin conseguir nada a cambio. Su botín tras la repetición electoral incluso se redujo en tres escaños, y su mayoría parlamentaria se hizo todavía más frágil.

En el caso de Iglesias, su desgaste político viene de más lejos. Las purgas dentro de su formación, el episodio de la compra de su vivienda y, más recientemente, sus contradicciones en el caso Dina han dañado gravemente su imagen política, convirtiéndolo, de manera sistemática en las encuestas, en el líder político que más rechazo provoca entre los adversarios, y el que menos entusiasmo despierta entre sus propios votantes.

De la debilidad política de ambos dan testimonio sus renuncias a lo largo de los últimos meses. Al llegar a la Moncloa, Pedro Sánchez dio muestras de querer formar un gabinete anclado en el ala moderada socialdemócrata, formado por reputados profesionales y con vocación europeísta. La realidad le ha devuelto un juguete estropeado: sus compañeros de Ejecutivo atacan sin pudor a jueces y periodistas, y contaminan continuamente la agenda con sus exabruptos y salidas de tono. En Europa, de hecho, parecen haber tomado nota. Es poco aventurado decir que, sin la participación de Podemos en el gabinete, Nadia Calviño sería hoy presidenta del Eurogrupo.

Incluso más larga es la lista de renuncias que ha dejado por el camino Iglesias: por mucho que gesticule y hable de “escudo social”, España está utilizando los ERTE de forma bastante menos generosa que la mayoría de países de nuestro entorno, debido a nuestras limitaciones presupuestarias. Se ha aprobado un IMV, pero es prácticamente idéntico al acuerdo entre PSOE y Ciudadanos de 2016, y desde luego mucho más parecido a aquel que a la propuesta original de Podemos. Quizá la demostración más palpable de su debilidad la estamos viendo estos días.

Un Iglesias en plenitud de facultades políticas estaría embistiendo como un jabalí contra la monarquía española, aprovechando las informaciones sobre el Rey emérito. Su contención no es una muestra de responsabilidad institucional. Es simplemente que Iglesias sabe que algunos extremos solo se tensan si se busca romper la cuerda. Y nada está más lejos de sus planes que hacerlo: es suficientemente inteligente para saber que cuando deje de ser vicepresidente, se habrá terminado su carrera política.

Un Iglesias en plenitud de facultades políticas estaría embistiendo contra la monarquía española, aprovechando las informaciones sobre el emérito

Sánchez seguramente tenga más recorrido que Iglesias, y su capacidad para mutar políticamente y reinventarse es ya legendaria, pero en su caso se enfrenta a una aritmética arisca e incontestable: el empuje de Vox en los últimos comicios sirvió para movilizar al electorado de izquierda, pero al mismo tiempo convierte en un vía crucis la formación de cualquier mayoría parlamentaria. Los 52 diputados de Vox y, por efecto reflejo, los 89 del PP prácticamente se autoeliminan para la formación de mayorías parlamentarias, de modo que el margen de maniobra de Sánchez es muy estrecho, apenas el angosto camino que le está ofreciendo Inés Arrimadas, o el que se le pueda abrir tras las elecciones en Cataluña.

Iglesias se ha agarrado a Sánchez porque no tiene estación posterior; y Sánchez lo ha hecho a Iglesias porque todavía no sabe cómo encontrar un billete que le lleve a la siguiente parada. Como bien han apuntado Ignacio Varela y Víctor Lapuente estos días, la izquierda se ha vuelto líquida, porosa, más pendiente de la gesticulación que de la gestión. Un campo abierto donde, como en el fútbol, todo puede pasar.

Así que no dejen de mirar hacia todos lados. A los anteriormente conocidos barones socialistas, porque alguno se habrá palpado la ropa al ver la suerte de sus siglas en Galicia y el País Vasco. A Yolanda Díaz, que empezará a escuchar cantos de sirena. O a Margarita Robles, que los seguirá escuchando. Pero también a Íñigo Errejón, mientras siga revoloteando por el cielo político madrileño. O, por qué no, a Manuela Carmena. Sorpresas mayores se han visto. Como ascender gracias a un portero de 41 años, Alberto Cifuentes, que hasta ahora no había jugado un solo partido en primera (por cierto, enhorabuena a él y a todos los cadistas: bien merecido).

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