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El paralelismo Sánchez-Suárez que no les beneficia y las jaimas del imperio persa
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Juan Fernández-Miranda

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El paralelismo Sánchez-Suárez que no les beneficia y las jaimas del imperio persa

Esconder las miserias nacionales en el escenario internacional es una vieja estrategia propia de quien no asume que su tiempo ha expirado. Le pasó a Suárez, le pasó a González y le está pasando a Sánchez

Foto: Pedro Sánchez, en el Congreso en el día de la Constitución. (EP/Eduardo Parra)
Pedro Sánchez, en el Congreso en el día de la Constitución. (EP/Eduardo Parra)
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La política la hacen las personas y a veces una experiencia casual o una obsesión individual se sobreponen a la razón, a la lógica ideológica o a los intereses generales. Para bien o para mal, nadie está libre de la máxima que Ortega plasmó en sus Meditaciones sobre el Quijote (1914): "Yo soy yo y mis circunstancias". A pesar de que los políticos están rodeados de infinidad de asesores, la persona toma las decisiones influenciada por lo que Johan Cruyff llamaba el entorno. Son decisiones que al final se toman en soledad, como cuenta el documental "La última llamada" sobre los cuatro expresidentes del Gobierno. El problema es que en demasiadas ocasiones la persona puede haber sido devorada por el personaje. Es cuestión de tiempo, y por eso es tan importante creer en la limitación de mandatos. Sin embargo, a veces la experiencia regala oportunidades imprevistas. El éxito consiste en saber asimilar las distintas experiencias.

En 1971 se cumplieron 2.500 años del Imperio persa y el sha Reza Pahlavi celebró en Persépolis la que es considerada la conmemoración más fastuosa del siglo XX. Fue un intento de demostrar la modernidad de Irán, pero solo ocho años después el sha fue derrocado por la revolución islámica del ayatolá Jomeini. A aquellos fastos acudieron muchos grandes líderes internacionales, que fueron alojados en una "ciudad de las tiendas" construida para la ocasión para los dirigentes más poderosos del planeta. En pleno franquismo, en representación de España acudió el Príncipe Juan Carlos, que durmió en una enorme y lujosa jaima situada al lado de la de Rumanía, donde se alojaba Nicolae Ceaucescu.

—Si un día necesita de mí, acuérdese de que puedo serle útil -le dijo allí el líder comunista cuatro años antes de la muerte de Franco.

Cuando se produjo lo que la propaganda franquista llamaba el "hecho biológico" —magnífico eufemismo—, el recién proclamado rey de España se acordó de aquella oferta de Ceaucescu y decidió enviarle un emisario para pedirle un favor: que mediara con el líder del Partido Comunista de España (PCE), Santiago Carrillo, porque había recibido su plan reformista con enorme desprecio y bautizándole como "Juanito el breve". El rey le pidió que le transmitiera un mensaje: dame una oportunidad porque cuento contigo para las elecciones.

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Aquello funcionó, y fue una de las claves de la Transición. Todo se llevó con enorme discreción, porque si en aquel momento hubiera trascendido que el rey se estaba acercando a los comunistas probablemente el Ejército se habría levantado. Años después, el monarca se lo confesó a su jefe de la Inteligencia, Emilio Alonso Manglano: "Ceaucescu me sujetó durante un año al PCE, pero ¡no puedo decirlo!". De modo que la política la hacen las personas, y ahí operan tanto sus experiencias previas como sus obsesiones más íntimas, sus ambiciones o las influencias de sus entornos más cercanos. En este caso, la casualidad regaló una oportunidad que Juan Carlos I supo aprovechar. Pero la política no siempre es así, como el mismo rey Juan Carlos nos demostró en el final de su reinado.

Gracias a ese casual encuentro en Irán, un año después el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, pudo tomar la decisión más arriegada, audaz e importante de su carrera política: legalizar el PCE. Lo hizo de la noche a la mañana, en la que fue la primera decisión relevante que tomó por su cuenta en política. Cuando el Rey le reclamó que preparara al Consejo Superior del Ejército "para la legalización", Suárez le respondió que no: "Esto hay que hacerlo de sopetón". Y así fue como se legalizó el Partido Comunista y como Suárez empezó a volar solo y a dar rienda suelta a sus ambiciones. Casualidades de la historia, en una especie de efecto mariposa político, todo empezó gracias al sha de Persia.

Un par de años más tarde, y cuando ya había hecho suficiente para pasar a la historia, ese mismo presidente Suárez ya había dado rienda suelta a sus ambiciones. "A medida que ganaba elecciones, me hacía menos caso", confesó Juan Carlos I a Manglano años después: "Hacía de jefe de Estado", se quejaba. Así, después de ganar por segunda vez las elecciones, en 1979, Suárez decidió empezar a cultivar su imagen internacional, en una estrategia que recuerda demasiado a la que hoy lleva a cabo Pedro Sánchez. En 1979, en plena Guerra Fría, España participó en la VI Cumbre de los Países no alineados (MNOAL) en La Habana. La teoría era que España asumiera un liderazgo entre los dos bloques, redujera la influencia de Estados Unidos y mejorara las relaciones con el tercer mundo; la práctica mostraba otra realidad: era el presidente Suárez quien buscaba mantener un liderazgo fuera de España que estaba perdiendo a borbotones en su país. Sus circunstancias.

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No es casual que la primera biografía sobre Suárez publicada justo en esos tiempos fuera un cáustico relato periodístico que el recientemente fallecido Gregorio Morán tituló "Historia de una ambición". Porque aunque el éxito se le agotó, Suárez no lo quiso ver y, cuando en 1982 ya no era nada más que un diputado raso se obsesionó por canalizar su ego en otra dirección. ¿Cuál? Erigiéndose en el protagonista del conflicto armado que ocupaba las portadas de la prensa internacional: la guerra de las Malvinas entre Argentina y el Reino Unido. El diputado Suárez quiso que el rey le propusiera como mediador en ese conflicto militar, algo que no sucedió, porque su tiempo había pasado.

Más de cuarenta años después de aquello, el séptimo presidente de la democracia actúa de forma similar. En su estrategia personal para mantenerse en el poder está la construcción de un personaje internacional que solape sus miserias nacionales. Finalizada la Guerra Fría y caído el Muro de Berlín, el paralelismo es doble: la búsqueda de resquicios para poder ser protagonista, sea Gaza, China o Venezuela, pero siempre tratando de situar a España en posiciones que le permitan mantener un liderazgo. Al coste que sea.

Cuando su tiempo había acabado,¿dónde podía ser Suárez protagonista? En Palestina, fuera de la OTAN o en las Malvinas. ¿Y Sánchez? En Palestina, siendo la voz discordante en la OTAN o convirtiéndose en el socio prioritario de China en la UE. El dirigente, y sus circunstancias, por encima del interés general. A veces la experiencia te regala oportunidades, a veces te condena inflando tus peores defectos. Pero la historia enseña que saber irse es una virtud en manos de muy pocos. Poquísimos.

La política la hacen las personas y a veces una experiencia casual o una obsesión individual se sobreponen a la razón, a la lógica ideológica o a los intereses generales. Para bien o para mal, nadie está libre de la máxima que Ortega plasmó en sus Meditaciones sobre el Quijote (1914): "Yo soy yo y mis circunstancias". A pesar de que los políticos están rodeados de infinidad de asesores, la persona toma las decisiones influenciada por lo que Johan Cruyff llamaba el entorno. Son decisiones que al final se toman en soledad, como cuenta el documental "La última llamada" sobre los cuatro expresidentes del Gobierno. El problema es que en demasiadas ocasiones la persona puede haber sido devorada por el personaje. Es cuestión de tiempo, y por eso es tan importante creer en la limitación de mandatos. Sin embargo, a veces la experiencia regala oportunidades imprevistas. El éxito consiste en saber asimilar las distintas experiencias.

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