Carta de despedida a Pablo Iglesias Turrión
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Ángeles Caballero

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Carta de despedida a Pablo Iglesias Turrión

Hoy quiero confesar que estoy algo cansada. Por este juego, por la desidia, quizá también porque creo que nos has tomado el pelo, Pablo. Que lo tenías todo planeado desde el principio

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Pablo Iglesias. (EFE)

No he abierto una botella de Perrier-Jouët y tampoco lloro por los rincones. Pero no es equidistancia, es mucho peor. Es el sabor que se me ha quedado en el cuerpo con la marcha de Pablo Manuel, tan parecido al que me dejó la de Alberto Carlos.

¿Qué es eso que os pasó por la cabeza, amigos? ¿Es por la bofetada al ego tras la debacle electoral? ¿Es porque en el fondo os daba todo mucha pereza? ¿Quizás el ciudadano, simple y mortal, no entendió lo supremo de vuestras mentes y os pagó con la indiferencia? ¿No será, sin más, la crisis de los 40?

Foto: Pablo Iglesias, momentos antes de anunciar la renuncia de todos sus cargos tras el fracaso electoral del 4-M. (EFE)

Hoy quiero confesar que estoy algo cansada. Por este juego, por la desidia, quizá también porque creo que nos has tomado el pelo, Pablo. Que lo tenías todo planeado desde el principio. No es que te hayas rendido, no. Es pura estrategia.

Tenías ganas de asaltar los cielos, pero te faltó paciencia. Eras algo distinto, en el fondo y en la forma, en contenido y en continente. Lo curraste y convenciste. Enseguida te sacaron las costuras, vinieron las contradicciones y el chalé. Pocas veces una inversión inmobiliaria tuvo tantas consecuencias.

Y cuando casi te dábamos por muerto, cuando no dejabas que durmiera nuestro gran villano con traje y corbata, tocaste pelo. Vicepresidente del Gobierno. Sí se puede y puño en alto. Pero se te empezó a fruncir el ceño. Los sapos que tuviste que tragarte, el complicado paso de la teoría a la práctica. Lo bien que lo contaba Gramsci y lo difícil que resulta llevarlo al Consejo de Ministros, a la sesión de control.

Foto: Pablo Iglesias y Albert Rivera, en el debate electoral de las generales de 2019. (EFE)

Empezó a chirriar esa pose y esa actitud de caballero andante, plagado de ojeras, por la política y los bebés, que vinieron muchos y en poco tiempo. Eso no hay cuerpo que lo aguante. Empezó la indigestión. El cólico del lactante en un cuerpo de adulto. Y el aburrimiento. Y el ego tras tantas lecturas y tantas veces en que recordaron que como Marcial, eras el más grande.

Se te olvidó que para mantenerse hay que tener la actitud del novato, de la eterna primera vez con sus miles de dudas. Creo que fue Penélope Cruz la que dijo hace mucho tiempo que se enfrentaba así a cada una de sus películas. Ella al menos ganó un Oscar. Tú, solo disgustos.

Foto: Iglesias en su comparecencia tras la noche electoral. (EFE)

Una vez te tuve más o menos cerca. Salimos a la vez del Congreso, yo del gallinero de prensa y tú de tu escaño. Dijiste “Hola” y yo respondí lo mismo. Llevabas la camisa sin planchar y una mochila sujeta solo por un asa a la espalda. Aún mantenías las maneras de profesor universitario. Hace una semana también coincidimos en Vallecas. Había emoción en tu mirada y en tu postura. Hasta que saliste a hablar.

Yo te vi enfadado, el ceño fruncido de más y la coleta mucho más corta. Este último detalle se lo mandé a un periodista al que admiro. Su respuesta fue: “Debe significar algo, pero no sé el qué”. Ya, no es el diálogo más profundo al que te has enfrentado. Ahora, en cambio, quiero creer que era una pista de lo que estaba por venir.

Pedías barricadas a gente con más ojeras que las tuyas y mucho menos sueldo. Es cansancio, como el que sentiste hace mucho por la política

Enfadado, algo furioso. Pedías barricadas a gente con más ojeras que las tuyas y mucho menos sueldo, que vive en un distrito con una edad media de vida inferior a otros distritos por las condiciones a que se enfrentan a diario. Pisos pequeños, sueldos precarios. Gente que quiere paz y tú les pides guerra. Es cansancio, Pablo, como el que sentiste hace mucho por la política que has dejado.

Permíteme que te advierta: lo de los niños irá a peor. Llegará lo que los americanos denominan 'terrible two', esa etapa de los dos a los cuatro años en los que ya no hay carrito en el que sujetarlos. Llegará la preadolescencia, que en casa empezó a los nueve años. Llegará el pavo en todo su esplendor y tú tendrás una granja entera en casa. Así que ármate de templanza. La que no tuviste con la política.

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