Margarita Robles, M. J. Montero: ¿hay más Salvadores Illa en el Gobierno?
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Ángel Alonso Giménez

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Margarita Robles, M. J. Montero: ¿hay más Salvadores Illa en el Gobierno?

Pedro Sánchez es uno de los políticos que mejor interpretan los 'momentos' electorales. Se dice que quienes le rodean ejercen de oráculo, pero no hay que olvidar que el rumbo lo elige él

placeholder Foto: Las ministras de Hacienda, María Jesús Montero (d), y de Defensa, Margarita Robles. (EFE)
Las ministras de Hacienda, María Jesús Montero (d), y de Defensa, Margarita Robles. (EFE)

Uno de los momentos en que un presidente del Gobierno percibe el tamaño de su poder es cuando decide el destino de otras personas. Eso es algo que Mariano Rajoy llevaba muy mal, especialmente si el destino era la irrelevancia. Tanto le costaba cesar a alguien y abocarle al ostracismo, sobre todo si el afectado era amigo o amiga, que a veces transmitía la decisión mediante elipsis. Cuentan que Ana Mato, ya en el despacho del presidente en Moncloa para recibir la noticia de su destitución como ministra de Sanidad, se adelantó a expresar la renuncia al comprobar que el presidente no concretaba.

Rajoy hizo pocas crisis de gobierno. Por ser más preciso: no provocó ninguna. Se dedicó a cambiar los cromos si las circunstancias no le dejaban otra salida. Se fue José Ignacio Wert de Educación y entró Íñigo Méndez de Vigo; se fue Alberto Ruiz-Gallardón de Justicia y le sustituyó Rafael Catalá; dimitió Mato y Alfonso Alonso ocupó su lugar. Decía el exlíder del PP en privado, y la verdad es que también lo decía en público, que no le gustaba nada hacer cambios, como si le apocara determinar las vidas de los demás, como si no se creyera el poder que tenía.

Foto: Reunión del Consejo de Ministros, el último de Salvador Illa como titular de Sanidad. (EFE)

Pedro Sánchez, su sucesor, lleva un camino parecido, al menos por ahora. Su primer Ejecutivo apenas fue descosido y vuelto a coser, a excepción de los hilos sueltos que se le quedaron con Màxim (o Máximo) Huerta y Carmen Montón. Este gabinete que dirige ahora, pese a integrarlo dos partidos, uno ajeno a él (ay, si pudiera decidir en Podemos), acaba de experimentar una leve remodelación, un intercambio de papeles que además de previsible resulta incluso anodino. Carolina Darias recala en Sanidad para gestionar una pandemia atroz y Miquel Iceta aterriza en Política Territorial para afianzar la cogobernanza y dar un toque federalista a las estructuras autonómicas del Estado, que ya son muy federales.

El poder de Sánchez se ha notado, sobre todo, en la salida de Salvador Illa, el ministro de Sanidad más mediático de la historia. Seguramente, será durante muchos años el ministro que recuerden todos cuando haya que tirar de memoria. Casi parece que no ha habido antes otros. Illa al principio e Illa al final. Esta dosis inmensa de popularidad es precisamente la causa de su marcha del edificio del paseo del Prado de Madrid. Como se ha sabido, Iceta se reunió con el presidente para decirle que su 'gancho electoral' estaba amortizado, que no subía. Solo Illa podía elevar el PSC al sueño de la Generalitat. Sánchez decidió entonces probar la dimensión de su poder: "Salva, a Cataluña", le dijo. Y Salva aceptó.

Carolina Darias recibe la cartera de Sanidad bajo la presión de las autonomías

La lógica que ha motivado el movimiento político es conocida tanto en lo teórico como en lo práctico. Lo teórico indica que si un ministro circula entre la opinión pública por un buen caudal de aceptación y valoración, será un revulsivo en el territorio que electoralmente quiera conquistar el presidente y líder del partido político, que en España siempre ha sido lo mismo. Lo práctico lleva nombres y apellidos. José Luis Rodríguez Zapatero hizo ministro de Industria a José Montilla en 2004 y dos años después lo desplazó a la candidatura a la Generalitat. La operación fue un éxito.

No siempre ha funcionado un plan así. Los matices explican las diferencias, sin duda. El mismo Zapatero intentó aprovechar el tirón de Trinidad Jiménez al frente de Sanidad (otra vez Sanidad) para asaltar el partido en Madrid y quién sabe si aspirar a la presidencia de la comunidad. La malagueña fracasó antes como candidata a la alcaldía, pero adquirió tanto brillo en la gestión de la gripe A y de la ley antitabaco que el presidente procuró aprovecharse de su tirón. No lo logró por culpa de un dirigente que parece que nunca estuvo, pero vaya si estuvo: Tomás Gómez.

Iceta: ''Illa nos ha enseñado cómo se ejerce con dignidad y eficacia una función pública''

Hay más casos, por ejemplo, Javier Arenas, quien tras su periplo por los sucesivos gobiernos de José María Aznar, desembarcó en Andalucía (2004) para bregar por la Junta. Casi lo logró en 2012, pues ganó las elecciones, pero como no alcanzó la mayoría absoluta, los demás sumaron y el PSOE retuvo San Telmo gracias a Izquierda Unida.

La operación tiene sus riesgos, por tanto, pero Sánchez ha apostado fuerte en la campaña catalana que empezará dentro de unas horas. Las encuestas apuntan a un desenlace feliz para él (no tanto para su aliado preferente en el Congreso, que es Esquerra). Sin embargo, tanto el presidente como su candidato a la Generalitat quizá deban repasar los fracasos similares que ha habido antes, el de Arenas sin ir más lejos, un político que solo mediante perseverancia rozó el objetivo y ni por esas.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el candidato del PSC a la Generalitat, Salvador Illa. (EFE) Opinión

Pedro Sánchez es uno de los políticos que mejor interpretan los 'momentos' electorales. Se dice que quienes le rodean ejercen de oráculo, y sin duda generan influencia en sus decisiones, pero no hay que olvidar que el rumbo lo elige él. La inteligencia que demostró al regresar a la lucha por la Secretaría General del PSOE no está en el anuncio de la decisión en sí, ni siquiera en el lugar elegido, al lado de la residencia de Susana Díaz, sino en el tiempo que esperó para hacerlo: tras unos meses casi encerrado en casa, leyendo todo, hablando con muchos, preparándose. La llamada a Salvador Illa para decirle "Salva, a Cataluña" proviene de varios estudios internos y varias proyecciones, pero también de su intuición.

Se puede equivocar, como se equivocó al repetir las elecciones el 10 de noviembre de 2019. Ahora estaría gobernando sin Pablo Iglesias y con Vox sumido en la irrelevancia parlamentaria con poco más de 20 escaños. No obstante, ha dado una patada al tablero político catalán. Corre riesgos, claro. También los asume. Su carrera política está fabricada con ese material, justo con ese: el del riesgo.

Otros territorios están marcados en rojo en su mapa electoral: Madrid y Andalucía. Pensará en Margarita Robles y en María Jesús Montero seguro

Otros territorios están marcados en rojo en su mapa electoral: Madrid y Andalucía. El primero es simbólico para él porque es madrileño, porque su trayectoria comenzó en el ayuntamiento junto a Trinidad Jiménez y porque se posicionó a su favor para controlar el PSM y apartar a Tomás Gómez. Fracasó Jiménez y él tuvo que aguantar la ira del líder de los socialistas madrileños cuando le condenó a un puesto lejano de la lista del Congreso, elecciones de noviembre de 2011. Aquí se fraguan las cuentas pendientes: basta recordar a qué dirigente se cargó Sánchez tras ser elegido líder del partido. Andalucía, por su parte, resulta especial porque es la casa de Susana Díaz; no hay que explicar mucho más.

En ambas comunidades, la apatía socialista es clara y preocupa. Isabel Díaz Ayuso y Juanma Moreno gobiernan y parece que se consolidan. Cuando llegue el momento de competir por estos cetros de poder, el presidente estudiará sondeos y se preguntará qué hacer. Pensará en Margarita Robles y en María Jesús Montero seguro. ¿Llamará a las dos ministras para comunicarles sus nuevos destinos? ¿Margarita a por el ayuntamiento? ¿María Jesús a por la Junta? Que suceda es improbable. Fuentes de la dirección del PSOE lo descartan. Lo que no admite duda es que tirón tienen. El presidente decidirá. Tiene ese enorme poder.

Uno de los momentos en que un presidente del Gobierno percibe el tamaño de su poder es cuando decide el destino de otras personas. Eso es algo que Mariano Rajoy llevaba muy mal, especialmente si el destino era la irrelevancia. Tanto le costaba cesar a alguien y abocarle al ostracismo, sobre todo si el afectado era amigo o amiga, que a veces transmitía la decisión mediante elipsis. Cuentan que Ana Mato, ya en el despacho del presidente en Moncloa para recibir la noticia de su destitución como ministra de Sanidad, se adelantó a expresar la renuncia al comprobar que el presidente no concretaba.

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