El 'asesino silencioso' sigue en Moncloa

Doce años después de que estuviera a punto de abandonar la política y fuera convencido por su mujer en un viaje a Canarias, Mariano Rajoy es investido presidente

Foto: Ilustración de Mariano Rajoy. (Raúl Arias)
Ilustración de Mariano Rajoy. (Raúl Arias)

Corría el mes de septiembre de 2004, unos días antes de que tuviese lugar el 15 Congreso Nacional del PP que debería elegir a Rajoy presidente del partido. El recién derrotado en las urnas tras los atentados del 11-M, alérgico a las entrevistas y más aún a los posados, accedía a subir a la azotea de Génova 13 para la sesión de fotos de una entrevista con ABC. El fotógrafo hizo a Rajoy asomarse por la cornisa y, al verle desde la calle, comenzaron a llamarle: "¡Mariano, Mariano...!". Éste. eufórico, hizo ademán de saludar y, al momento, recibió un sonoro "¡Mariano, hijo de p...". Y el político, sin torcer un ápice el gesto, se retiró al tiempo que comentaba: "Vaya, uno que no es partidario...". Tranquilamente, bajó a su despacho y se fumó un puro bajo el maillot amarillo del Tour firmado por Miguel Induráin.

Hoy, Mariano Rajoy (Santiago de Compostela, marzo de 1955) doce años después de que estuviera a punto de dejarlo todo, acomete su segundo mandato como presidente del Gobierno tras un inédito periodo en funciones. Ungido por el dedo de Aznar en agosto de 2003 -a posteriori, el presidente de honor asegura en sus memorias que se decidió por Rajoy tras decirle Rodrigo Rato dos veces que no-, el hoy inquilino de la Moncloa estaba tan convencido de que el PP repetiría triunfo y mayoría absoluta el 14 de marzo de 2004 que, dando gusto a quienes le acusan de diletante, cuando no de vago, diseñó una campaña tan relajada que empezaron a dispararse las alarmas.

Rajoy, aplaudido por los diputados de su partido tras ser investido presidente del Gobierno. (EFE)
Rajoy, aplaudido por los diputados de su partido tras ser investido presidente del Gobierno. (EFE)


Tras los atentados del 11-M y la derrota, Rajoy marchó con su familia unos días a Canarias -donde coincidió precisamente con quien le cerraba las puertas de Moncloa, José Luis Rodríguez Zapatero-, y fue allí donde pensó seriamente en tirar la toalla, abandonar la política y hacer uso, por fin, de su plaza de registrador de la Propiedad en Santa Pola. Y fue su mujer, según él mismo confesaba en una larga comida con periodistas mientras daba cuenta del segundo puro de la sobremesa, quien le obligó a no abandonar: "Decidí seguir porque ella me lo pidió".

Desde entonces pareció hacer suya la frase de su paisano, el Nobel Camilo José Cela, de que "quien resiste, gana", y afianzado en su estrategia del percebe -agarrarse el más fuerte a la roca hasta que baje la marea de los problemas- fue sorteando las zancadillas que, desde dentro del partido, le fueron poniendo. Su Rubicón particular dentro del PP lo cruzó en 2008. Tras una nueva derrota ante Zapatero y cuatro años al frente de un partido hecho a imagen y semejanza de Aznar, con Eduardo Zaplana como portavoz del Grupo Popular, y Ángel Acebes en la Secretaría General, Rajoy tuvo que enfrentarse en el Congreso de Valencia a Esperanza Aguirre, la lideresa que, espoleada por Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, con Aznar en retaguarda, amagaba constantemente con lanzar su candidatura. Eran los tiempos del "joder, qué tropa" que soltaba Rajoy a cuenta de la guerra entre Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre.

Después de los atentados del 11-M y la derrota, Rajoy marchó con su familia unos días a Canarias y fue allí donde pensó seriamente en tirar la toalla

Amparado en el PP de Valencia -Francisco Camps y Rita Barberá, que le garantizaban mayorías absolutas en el entonces granero valenciano- y en las resistencias que generaba la ambición de Aguirre y la imagen del viejo PP, Rajoy ganó aquel Congreso y renovó el partido con Dolores de Cospedal (Génova) y Soraya Sánez de Santamaría (Grupo), aupó a Gallardón en detrimento de Aguirre y se dejó aconsejar por Javier Arenas, el 'campeón' que supo mutar de una época a otra y que sigue al lado del líder aunque no lograra asaltar, una vez más, la Junta de Andalucía.

Quienes le conocieron de niño -el presidente ha mantenido de manera inalterable en Madrid una cena anual con antiguos alumnos de los Jesuitas de León donde estudió- le recuerdan alto y desgarbado, "con muy buena memoria para los estudios". Trasladado a los 15 años a Pontevedra, allí fue labrando su carrera política a la sombra de Manuel Fraga, que acabó por espetarle: "¡Vaya al Daniel (una conocida discoteca de la calle Daniel Sota frecuentada por la juventud gallega), cásese y marche a Madrid!". Y dicho y hecho: una tarde en San Xenxo, mientras bebía unas copas con José Manuel, uno de los hermanos Lorenzo, grandes amigos, decidió que le presentaran a una mujer que se divertía con otras amigas.

Elvira Fernández junto a Cristina Cifuentes (c) y Concepción Dancausa (d). (EFE)
Elvira Fernández junto a Cristina Cifuentes (c) y Concepción Dancausa (d). (EFE)


El 28 de diciembre de 1996 se casó con la pontevedresa Elvira Fernández Balboa en la pequeña capilla de las conchas junto al balneario de la Toja. Viri tenía 31 años y Rajoy diez más. Negando cualquier leyenda negra, ha asegurado que se casó cuarentón "porque hasta entonces no había encontrado a la mujer adecuada". Una leyenda negra cultivada en torno a viajes al Caribe con sus amigos, en búsquedas de Google y hasta en el accidente de coche que le desfiguró la cara y le obliga a llevar la barba que, para sus asesores de imagen, es un auténtico suplicio: detesta arreglársela tantas veces como aquellos le exigen.

Tras la victoria en el Congreso del PP de Valencia, Mariano Rajoy se preparó para el definitivo asalto a la Moncloa. Gestionó entonces los tiempos con precisión de relojero suizo y dejó que fueran los demás quienes se cocieran en la salsa de sus propios errores. La crisis económica y la mala gestión de la misma por parte del Gobierno de Rodríguez Zapatero, que llevó al país al borde de la intervención, poco menos que le entregó en bandeja la gran mayoría absoluta del 20 de noviembre de 2011.

Tras la victoria en el Congreso del PP de Valencia, Rajoy se preparó para el asalto a la Moncloa. Gestionó entonces los tiempos con precisión de relojero suizo

Rajoy estaba por fin en Moncloa, pero debía gestionar un país al borde de la ruina. Y en el PP, la corrupción minaba los cimientos del partido (Acuamed, Púnica, Taula...) precisamente en los grandes graneros de su voto: Valencia y Madrid. Cuatro años después, de las dos empresas ha salido Rajoy razonablemente indemne. Ni los sms de Bárcenas -"Luis, sé fuerte"-, ni la reciente declaración de Correa -"dejamos de hacer negocios con Génova cuando llegó Rajoy"- le han afectado directamente; y de la gestión de la crisis -"evitamos la intervención"- ha hecho su bandera en la campaña electoral.

Rajoy y Pedro Sánchez en el Congreso el pasado mes de agosto. (EFE)
Rajoy y Pedro Sánchez en el Congreso el pasado mes de agosto. (EFE)


Precisamente esa capacidad para que no le salpique el barro que ha enfangado al PP y a la vida política en los últimos años es la misma que le ha servido para ser calificado por algunos de sus 'compañeros' de partido como "el asesino silencioso": "Tiene una proverbial capacidad para ver pasar, uno a uno, los cadáveres de sus enemigos con sólo dejar pasar el tiempo", asegura uno de ellos, hoy alejado del poder en Génova 13. En este mismo periódico, José Antonio Zarzalejos glosaba las víctimas que, en el verano de 2014, había enterrado políticamente Rajoy: José María Aznar, Eduardo Zaplana, Ángel Acebes, Rodrigo Rato, Paco Camps, Esperanza Aguirre, Rodríguez Zapatero, Mayor Oreja, Alfredo Pérez Rubalcaba, Rouco Varela, Cayo Lara... Ni siquiera Juan Carlos I ha aguantado el tiempo político de Rajoy. Víctimas a las que hay que añadir al propio Alberto Ruiz Gallardón, Rita Barberá, empresarios del Ibex y de los medios de comunicación, hasta llegar a la última, de momento: Pedro Sánchez, con quien no tuvo ninguna química y es el rival que menos le ha aguantado.

El 'asesino silencioso' vuelve, eso espera él, cuatro años más a Moncloa. Allí, junto a sus dos hijos, Mariano (1999) y Juan (2005), se seguirá tomando su tiempo para todo y este enamorado del ciclismo se dedicará al único deporte que practica, tanto en los jardines de la presidencia del Gobierno como en la jungla de la política: "Nunca correr, andar deprisa; así no hay riesgos de caerse y se llega lejos...". 

Luna de Papel
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