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El dinero y malas hierbas
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Juan José Cercadillo

Miredondemire

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El dinero y malas hierbas

JuicyFields, como su producto, al final fue solo humo. Miles de damnificados, millones de euros perdidos por el uso del cerebro bajo el efecto de la droga que más engancha estos días: la de hacerse rico pronto y trabajando lo menos

Foto: Un joven observa una planta de marihuana. (EFE/Rungroj Yongrit)
Un joven observa una planta de marihuana. (EFE/Rungroj Yongrit)

El dinero es mala hierba. Crece más si hay más basura. Aunque no siempre da sus frutos, siempre hay quien recolecta. A todos nos llega esa semilla que podríamos decir del diablo. Unos nacen con graneros, otros siembran, riegan y cuidan los tres granos que le dejan jornadas largas de esfuerzos, trabajos de primavera, algún talento productivo o alguna brillante idea. El trato que todos le damos es, en el fondo, de Dios. De ente todopoderoso, eterno y omnipresente, cuya cercanía cuida y en su alejamiento condena. Capaz de perdonarlo todo o de mandarte al infierno, nos tiene a todos de rodillas, cabizbajos, suplicantes, a unos metros de su altar que representa el misterio. Sin dudas, si le llega el caso de sacrificar a su hijo, aunque sea el predilecto, dictamina los destinos de todos sus feligreses. De ponerte una gran cruz y clavarte en el Calvario donde exponer tu agonía, a resucitarte luego, con un chasquido de dedos, dejando una tela con cara, y con numerosos ceros, grabada con sudor y sangre donde pareciste muerto. Un sudario que es la perfecta alegoría de un billete al paraíso que si toca hay que cobrarlo, que ya predicaremos luego.

placeholder Un grupo de brokers opera en Wall Street. (EFE/Andrew Gombert)
Un grupo de brokers opera en Wall Street. (EFE/Andrew Gombert)

Hay algunos muy creyentes, pocos ateos veo yo en esto. Y cada vez son más los que creen a pesar de verlo todos, cada día que pasa, menos. El dinero se está volviendo espiritual, de virtual que resulta. Apuntes de contabilidad en esas nubes de datos que conforman nuevos cielos. Paraísos celestiales que se convierten en fiscales cuando tratas de esconderlo. El dinero mueve el mundo y vive Dios que va rápido. Es la medida del triunfo, es el oxígeno que quemas y que, paradójicamente, te deja seguir viviendo. Es el actual carbono del que todo estará hecho. Es ese santo grial que puede arreglarte la vida y perdonar tus pecados. Es esa materia oscura que reina en el universo que hemos querido crearnos para tratar de no vernos. Es el alfa de los machos y el omega del talento. Es el curso de los días. Es el músculo financiero que hace fuertes solo a algunos y que debilita al resto.

Es tantas cosas la "money" que da miedo hasta contarlo. Y placer, si no escasea, vistas algunas stories. Tíos Gilito de barrio o Rockefellers de provincias, Bill Gates de barrio pijo o Elons Musk del extrarradio nos invaden por las redes. No querrás ser como ellos, solo como te lo cuentan, mientras cuentan su dinero. Abundan las referencias de apóstoles del talonario. Disimulando sus vidas en filtros y trampantojos, chicas, chicos, coches, chuches, chonis y varios chorizos posan, se muestran entremezclados, y hasta se viralizan, en un aquelarre indecente de excesos premeditados.

Foto: Varios jóvenes durante el examen de la prueba de acceso a la Universidad. (EFE) Opinión
Víctimas y victimarios
Juan José Cercadillo

Esa fauna que presume del dinero en colorines son un imán atractivo para demasiada gente. Es tan banal ese gasto que no es capaz de justificar el esfuerzo de ganarlo. Y el razonamiento es claro. Buscar el dinero fácil para facilitar gastarlo. Si fulanito con Rolex, Lamborghini y barco hortera, redescubriendose Ibiza, se ha hecho rico en un segundo sin darle más palo al agua que caerse por la borda y flotar por el tequila de las últimas seis horas, seguro que encuentro en la red como poder monetizar la peligrosa autoestima del "porque yo lo valgo".

En ese pantanoso ambiente, en el que los caimanes viven, es donde miles cada año acaban más que enfangados. Son las historias de siempre con mil sofisticaciones. Pirámides había en Egipto, ahora las llamamos Ponzi. En honor a aquel italiano que durante los felices veinte hizo que lloraran tantos. Ese que tras el desfalco acabó de asesor del Duce, demostrando su talento y la total falta de consciencia, de moral, y hasta de escrúpulos. Dame algo de dinero que lo escalo y lo mejoro mientras encuentre pardillos que se unan al sistema hasta que pare la música. Es el juego de la silla que siempre acaba en trompazo. También salen en los medios, Enron, Forum Filatélico y hasta el virtuoso Madoff.

placeholder La policía escolta a Bernard Madoff. (Reuters/Lucas Jackson)
La policía escolta a Bernard Madoff. (Reuters/Lucas Jackson)

Pero no resulta tan moderno. Viene de antiguo el sablazo. La hija de ese gran genio que fue Mariano José de Larra pasó a la historia por esto. Por ser la primera que obró el milagro de los peces que se comen unos a otros cuando el agua llega al cuello. Benito Perez Galdós lo cuenta en uno de sus impagables Episodios Nacionales y ya le llamaba entonces el fraude del banco popular dadas las características del montaje de la bribona Baldomera que humilló el apellido Larra. Ironías de la historia que se ríen en la cara de recientes accionistas que siguen buscando el valor de otro Banco Popular por las costas de Cantabria… y las plazas de Castilla.

Pero todo tiende a superarse y la última de las pirámides sí que ha sido de tamaño monumental: "JuicyFields, invierta en plantas de marihuana". La noticia de estos días de gente que se queda colgada superó mis expectativas del mal que está por hacer tanta criptomoneda. Sabía que la marihuana podría dejarte colgado a nivel intelectual tras usos repetitivos. También había oído a algún amigo de las bondades del cannabis en cuanto a gestión financiera ahora que resulta legal para el uso farmacéutico. Prometían generar margen del cincuenta por ciento trimestral dada la no desdeñable virtud de la planta herbácea y un poco oleaginosa de, con suficientes cuidados, dar seis cosechas al año de sus deseados cogollos. Esas inflorescencias femeninas con pelillos glandulares, capaces de sintetizar cannabinoides suficientes para ser más que rentables, captaron euros y avaricia en las mismas proporciones.

Foto: Las Arenas y La Malvarrosa atiborradas de bañistas. (EFE/Manuel Bruque) Opinión
El kilojulio
Juan José Cercadillo

JuicyFields, como su producto, al final fue solo humo. Miles de damnificados, millones de euros perdidos por el uso del cerebro bajo el efecto de la droga que más engancha estos días: la de hacerse rico pronto y trabajando lo menos. Gente que por afición al producto que vendían veía en su germinación la reproducción de los euros. Era hora del outsider del mainstream del cereal. Hora de ganar dinero mientras me divierto un rato. Ese alucinar un poco, que da la droga de la risa, con la que acabas llorando. La droga del estraperlo, del mezquino beneficio que seguro surge. A ojos cerrados. Cerrados para invertir, y ahora, más abiertos que unos platos.

El dinero es mala hierba. Crece más si hay más basura. Aunque no siempre da sus frutos, siempre hay quien recolecta. A todos nos llega esa semilla que podríamos decir del diablo. Unos nacen con graneros, otros siembran, riegan y cuidan los tres granos que le dejan jornadas largas de esfuerzos, trabajos de primavera, algún talento productivo o alguna brillante idea. El trato que todos le damos es, en el fondo, de Dios. De ente todopoderoso, eterno y omnipresente, cuya cercanía cuida y en su alejamiento condena. Capaz de perdonarlo todo o de mandarte al infierno, nos tiene a todos de rodillas, cabizbajos, suplicantes, a unos metros de su altar que representa el misterio. Sin dudas, si le llega el caso de sacrificar a su hijo, aunque sea el predilecto, dictamina los destinos de todos sus feligreses. De ponerte una gran cruz y clavarte en el Calvario donde exponer tu agonía, a resucitarte luego, con un chasquido de dedos, dejando una tela con cara, y con numerosos ceros, grabada con sudor y sangre donde pareciste muerto. Un sudario que es la perfecta alegoría de un billete al paraíso que si toca hay que cobrarlo, que ya predicaremos luego.

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