Las tonterías de Pedro Sánchez (III)

En todo este tiempo, la tendencia ‘metepatas’ del presidente se ha consolidado, y siempre en los peores momentos

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Dices que nada va a hacer cambiar tu voto, que ahora más que nunca tienes que luchar contra ‘el trifachito’, que es la única expresión que utilizas para referirte a la posible coalición del PP, Ciudadanos y Vox, pero yo noto en tus palabras una desgana, un desencanto, que solo resuelves mirando continuamente para otro lado. Exacto, sí, solo te vienes arriba cuando miras a la derecha, pero ya veo que no has superado aquello que te frustra desde que Pedro Sánchez llegó a la Moncloa, su capacidad inmensa para desconcertar al personal. Y sin necesidad alguna, sin que esté motivado por nada, en el momento más inesperado. Eso es lo peor, lo que te irrita desde el principio, nada más alcanzar la presidencia del Gobierno, que se trataba solo de no meter la pata en una legislatura corta, necesariamente corta, en la que el electorado socialista, otra vez reactivado, inesperadamente motivado, iba a conformarse con el ejemplo de una gestión distinta, de un discurso distinto, de unas formas distintas.

En ocho meses que ha durado la legislatura nadie le iba a exigir a Pedro Sánchez que disminuyese el paro en España o que acabase con los recortes sociales de la crisis. Dar ejemplo, solo eso. Y mantener viva la ilusión en el electorado de izquierda. Pero no ha ocurrido así, ya ves, comenzó con aquella foto ridícula, de pose kennedyana, con las manos entrelazadas, y ese mensaje cursi que lo remataba, “las manos del presidente muestran la determinación del Gobierno”, y ha acabado con lo del “relator o algo así”, como definieron aquel sindiós. ¿De verdad era necesario? Sabes que cuando lo preguntaste, los dos negamos a la vez. Pero ya ves que en todo este tiempo la tendencia ‘metepatas’ del presidente se ha consolidado, y siempre en los peores momentos.

Dices que no paran de llegarte a tu teléfono bromas sobre el libro que ha escrito Pedro Sánchez para arrancar la campaña electoral y cerrar su mandato, y que ya estás harta, porque es inevitable que, aunque no quieras, acabes el día preguntándote de dónde surge tanta banalidad, tanta impostura, tanto absurdo, revestido de profundos pensamientos de un hombre de Estado. ¿Cómo puede sentirse nadie orgulloso de decir que su primera decisión en la Moncloa fue cambiar el colchón?

Se trataría, sencillamente, de conservar intacto el sentido del ridículo, pero ya debes saber que pasa como con el sentido común, que es el menos común de los sentidos. En política, sobre todo, y en el caso de Pedro Sánchez y de su entorno de asesores, es que, sencillamente, no han debido conocerlo nunca. Todo libro de un presidente del Gobierno pasa a la historia, y sería curioso contemplar la cara de futuras generaciones cuando abran el libro de Pedro Sánchez y lean, en la sinopsis, que “el lector descubrirá el lado más desconocido del presidente” y, unas pocas páginas después, su primera gran decisión de la Moncloa, cambiar el colchón.

¿Podría ser ironía? En todo caso, la ironía está sobrevalorada, porque ni todo el mundo sabe utilizarla ni, desde luego, se puede usar siempre. Y esto de Pedro Sánchez es como usar la ironía en un velatorio, señal inequívoca de un inoportuno bocazas. Además, con un refrán mal utilizado, porque cuando se dice que “dos que se acuestan en el mismo colchón, se vuelven de la misma condición”, se refiere a la coyunda, a compartir lecho, no a utilizar la misma cama porque, entonces, los hoteles se convertirían en una especie de Matrix descontrolado.

Dices que, de todas formas, no serán las astracanadas de Pedro Sánchez las que frenen al Partido Socialista en las próximas elecciones, sino la torpeza con la que ha explicado el Gobierno su política con Cataluña, que a ti te parecía necesaria tras el desastre de Rajoy y las propuestas radicales de la nueva derecha, que es como pasar del inmovilismo a la involución. Yo también he defendido en muchas ocasiones que el independentismo hay que combatirlo desde las bases y que, para eso, es necesario acabar con la imagen de que el Gobierno se niega a dialogar.

Es así, puede ser una buena política, pero siempre que, en el fondo, seamos conscientes de que se trata solo de una estrategia porque los líderes independentistas, estos líderes independentistas, jamás van a modificar su posición. No van a admitir que Cataluña es una autonomía y que tienen que respetar la Constitución, con lo que se trata solo de mantener esa imagen de mano tendida y esperar a que la sociedad catalana que los apoya deje de confiar en ellos; esos dos millones de votantes que son los únicos que pueden ponerle fin a esta locura. Eso sí, lo que nunca puede suceder es que la estrategia se confunda con los principios, la defensa de España y de la Constitución: un Gobierno del PSOE no puede aparecer como temeroso o indeciso ante los independentistas y eso es de lo que no acaban de enterarse.

Dices que lo mejor que ha hecho Pedro Sánchez ha sido colocar las elecciones a finales de abril porque así, con la Semana Santa invadiendo la campaña electoral, habrá menos posibilidad de que hagan nuevas tonterías y que, entre la descomposición de Podemos y el temor a que en España gobierne ‘el trifachito’, el PSOE va a ganar las elecciones y puede tener opciones de mantenerse en el Gobierno.

No insistiré más en que me gustaría verte animada con tu partido, en vez de motivada por la reacción ante los contrarios, pero ya sé que aspirar a grandes liderazgos en la política actual es una utopía. No están los tiempos para que nos pase como a Antonio Machado, en su célebre anécdota de niño, cuando asistió a un mitin de Pablo Iglesias en el Retiro y se emocionó. “Al escucharle, hacía yo la única honda reflexión que sobre la oratoria puede hacer un niño: parece que es verdad lo que ese hombre dice”. Con los líderes actuales hay que bajar mucho las expectativas y, en tu caso, debes tener siempre presente que Pedro Sánchez es la mantequilla de la tostada de las leyes de Murphy.

Matacán

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